jueves, 27 de marzo de 2014

Literatura líquida. Novela. Día 7 Entrada 10.

El día que me fui de casa tenía siete años de edad, me fui sin saber si volvería o no y la excusa que me daba mi padre para echarme de su lado era la mejor y más loable que podía haber aprobado cualquier heraldo de la moral y de las buenas costumbres y cualquier estado decidido a hacer cumplir las normas con el disfraz de las buenas intenciones. Papá quedaba de este modo como el más bondadoso de los hombres y como el príncipe de todos los padres. Todo lo que llevaba a cabo era por mi propio bien, no por  el suyo en ninguno de los casos, sino por el mío. Y yo lo que deseaba llevar a cabo era encontrar la fórmula para envenenarlo con cianuro y que la policía nunca llegara a descubrirme.
Nunca llegué a envenenarlo y la verdad es que al fin llegué a quererlo a pesar de este berrinche en la infancia, pero el día que me fui quedó tan grabado en mí que durante años sólo estuve yéndome de allí una y otra vez; incluso cuando la situación real haya sido que yo estaba llegando a algún sitio, si la lograba leer de modo correcto en su textura psíquica profunda sólo estaba yéndome. He estado yéndome de los sitios durante años; tanto tiempo y tantas experiencias acumuladas que parecen repetir una y otra vez aquel día.
El sol estaba momentáneamente oculto y yo estaba embargado por tal antipatía hacia mi padre que si hubiera tenido un revólver lo habría matado de un tiro allí mismo, sin dilación y sin piedad ninguna. Salí a la calle con los ojos y la cara ardiendo del llanto y de la rabia, el sol parecía ocultarse de vergüenza detrás de unas nubes negras que se desplazaban con bastante velocidad detrás de los chalets de nuestros vecinos. Nadie salió a la calle a despedirme, ninguna persiana se movió en nuestro barrio de chalets de estilo californiano y calles anchas como pequeños campos de fútbol infantil, tachonadas de grandes árboles que a veces caían víctimas de la sierra eléctrica cuando se propasaban con sus raíces y amenazaban los cimientos o la estructura de alguno de los chalets. Miré todo ese mundo idílico y limpio y me sentí asqueado y sucio. No sentía que hubiera verdad emocional pura en lo que me estaba haciendo papá, realmente sentía que papá quería matarme de un modo muy cruel. Subí al taxi que me llevó a la estación del ferrocarril, ni siquiera me acompañó hasta la puerta del vehículo que me alejaba no se sabía por cuánto tiempo de mi hogar. Mi equipaje ya estaba colocado en el maletero trasero del coche cuando me instalé en el asiento trasero; aquel hombre intentaba mostrarse simpático conmigo, se ve que mi  cara de pocos amigos era una imagen poco menos que deleznable, no me miraba más que de reojo a través del espejo retrovisor y emitía algún que otro suspiro y algún sonido más o menos gutural. No sonreía. Sabía en el fondo que el horno no estaba para bollos. Arrancó y al hacerlo se elevó aquel coche largo, largo, con un bramido de caimán, subió la trompa, roncó un ratito y se precipitó adelante a lo largo de mi espléndida calle llena de florecitas caídas de los árboles tachonando el camino. El taxi se desplazaba sobre aquella mullida alfombra de tiernas flores esponjosas que nos suavizaban el sonido y el camino. A nuestro paso se mezclaban el caliente aroma de los neumáticos quemándose contra el macadam ardiente y el dulce aroma procedente del puré de flores que se deslizaba por debajo del coche. Las nubes, cubriendo el sol, semejaban un cortinado extendido subrepticiamente por un mayordomo cuidadoso de las buenas formas.
Miraba el paisaje que recorríamos intentando grabármelo en la memoria, tenía la sensación de que no lo volvería a ver en mucho tiempo, y por eso lo hacía.
No sabía a dónde iba y todo lo concerniente a mis próximos pasos se cernía por encima de mi cabeza como un gigantesco paisaje oscuro. Nada temía porque nada sabía sobre el futuro y las personas que allí me encontraría. Lo que me inquietaba de alguna manera era saber si mi amigo imaginario, una presencia constante y monótona de mi vida a esta altura, podría llegar a donde yo iba, si allí habría, por decirlo de alguna manera, buena conexión para poder estar con él y para que él se pudiera adaptar y vivir a mi lado en ese contexto. Este dilema me hacía reír, se me presentaba como un fenómeno técnico, como preguntarse si el ancho de banda o el Wifi de la zona alcanzarían para que mi amigo pudiera conectarse y vivir a mi lado.  No lograba entender a cabalidad cómo se daba nuestra extraña comunicación pero me la imaginaba como un problema o situación de “conexión inalámbrica”. Esas cosas que los padres no pueden comprender.
Al llegar a la estación de trenes que en su día construyeron los colonialistas el taxista continuaba mirándome con carita de pena, parecía querer una propina o quizás un azote. Se lo habría dado de buen gusto; me sentía muy tirano y serlo era un placer en ese momento. Necesitaba que el universo entero me prestara atención y se rindiera ante mis órdenes.  El hombre intentó resultar simpático y lo hice fracasar con método y una sonrisa fría y cruel de insoportable cretino. Permití que depositara mi maleta en el suelo y no me acerqué a la misma hasta que el hombre, campechano en definitiva, no se alejó, como si fuera la víctima de una infecciosa y mortal peste contagiosa. El me miraba y en cierto momento sus ojos parecían evaluarme como objeto de su ira, parecía decir con los ojos: “¡Pedazo de niño cabrón, maleducado! ¡Ya te enseñaría yo con cuatro azotes bien pegados!” Algo así me llegaba desde su cerebro destartalado de taxista. Y lo miraba en consecuencia con un desprecio que le hacía aumentar más aun la intensidad del odio en sus ojos. A la gente para hablarle no se necesita dirigirle la palabra, a veces, con dirigir adecuadamente la antena emisora alcanza y sobra. Ese era el tipo de ataque que yo le estaba realizando al sector hipotalámico del cerebro del taxista. Y él me respondía con sus resoplidos y sus bufidos de hombre airado y con deseos de descargar su malestar.
Me habría ocupado de él pero ahora no podía, podría haberle encargado a mi amigo imaginario procedente de otras dimensiones intergalácticas, pero, ahora, que lo pensaba, mi amigo no estaba. ¿Se habría quedado en la casa junto a mamá? Dónde estabas en ese momento querido amigo, compañero de todas las horas.
Empezaba a hilvanar un hilo de pensamiento de este estilo cuando el ruido inmenso y abrumador de los grandes paquidermos de hierro comenzaba a rugir en la bóveda colonial de la estación y ese ruido me llenó de miedo, me convertí en un enano del tamaño de Gulliver en un país de gigantescas máquinas de oscuro metal.
Me introduje entonces en el vientre de la gigantesca construcción imperial y busqué con la mirada cuál era el tren que me conduciría a mi destino y en qué vía estaba listo para partir.
Aún faltaba un rato y lo aproveché para sentarme en un banco de hierro y madera bastante sólido que allí había y dejé que mi mente comenzara su ronroneo habitual, que siguiera con su renegar continuo de los últimos días. Empecé a oír las quejas que tenía contra mi padre, contra mi madre, contra todo el universo entero que no quería moverse en el mismo sentido en el que yo deseaba. Mientras escuchaba a mi mente despotricar, la gente pasaba arriba y abajo, algunos trenes empezaban a calentar motores y avanzaban con tímidos movimientos de arranque. Solo amagaban, no acababan de hacerlo. Yo dejaba a mi cabeza que se dejara aturdir por la música de las gigantescas máquinas.
Con ese sonido me sumergí en una espera que me depositó en nuevas playas, una espera que me hizo ver por primera vez, en aquella tarde nublada, que sí existían posibilidades de olvidar, cambiar y pensar en qué posibilidades habría de diversión y pasatiempo en el nuevo lugar de vivienda. Este paisaje nuevo se me aparecía de momento como un paraje hueco e incoloro donde aún no lograba colocar objetos ni adivinar presencias. Donde aún no sabía quién sería al funcionar en ese contexto, y una parte de mí apostaba a que retornaría pronto, con lo cual no acabaría de formarse una personalidad nueva en mí, adaptada a esa circunstancia. Sólo sabía que en el sitio hacia donde me dirigía se encontraba viviendo una tía abuela por parte de mi padre que, si no me equivocaba, era monja y por algún motivo caritativo en lugar de alojarse en su convento correspondiente con otras monjas, se encontraba en esta casa en el campo que mi padre mantenía ocupada con diferentes personas y con el objeto principal de que se la cuidaran. Nunca la había visto, y sabía que tendría que llegar a un pueblo enfrente al océano Atlántico y que si la suerte me acompañaba con la puntualidad del tren, allí debía tomar un camión que tenía en la zona de carga hasta cuatro banquetas atadas con cadenas para que la gente viajara al interior de las casa del campo más alejadas, dando saltos y todo tipo de tumbos en caminos de barro seco o mojado según la hora del día. La certeza que tenía además era la de que el mejor modo de llegar era con el territorio a recorrer en estado de sequedad, porque de lo contrario nos podíamos ver atrapados en un légamo gelatinoso de donde quizás no pudiéramos volver a salir sin riesgo de volcar en toda una noche de lluvia. Esta perspectiva me animaba de varios modos, en una de las versiones que más me animaba, moría, moría aplastado por el camión, atrapado allí mientras me devoraban unas fieras desconocidas. Moría de un modo bien cruel para mayor castigo de mi papá, por lo que me había hecho. De esa manera aprendería mediante el dolor lo que era no haber visto lo que es tener un hijo digno de tal nombre y tratarlo como si fuera una bolsa de papas. Con mi muerte me vengaría de la falta de amor a que había sido sometido; ya verían.
En estos pensamientos estaba cuando se acercó un circunspecto revisor de boletos del tren para preguntarme a dónde me dirigía. Le dije que a Magnolia, la ciudad de la costa atlántica. Me inquirió acerca de si ese era mi destino final. Me sentó un poco tremenda esta pregunta. ¿Destino final? Si enlazaba con algún otro tren en dirección a alguna otra ciudad del interior del país. ¡Ah! Vaya torpeza la mía, queriendo oír frases con trascendencia y el revisor sólo me preguntaba acerca de transbordo. Cuanta ilusión la mía, cuanta creencia en un destino más digno dentro de la existencia humana. Empezaba a no entender bien qué hacía en medio de todo este trasiego. No, le respondí, me quedo allí, luego tomaré el camión de Echeverry. ¡Ah! Exclamó el hombre como si conociera a Echeverry de toda la vida y como si eso explicara algo crucial acerca de mi persona y mi aspecto. Me refistoleó de arriba abajo y me preguntó si iba a alguna “estancia”, esa era la manera en que llamaban a las grandes fincas de terratenientes. En ese momento y ante tal pregunta decidí que debía disimular por seguridad, decidí que debía responder que no, que iba a una pequeña casita de una finca pequeña, una “chacra” para que no pensaran que yo andaba transportando dinero por millones en mi maleta o que si me secuestraban obtendrían algo por mi cuerpo escueto. No, insistí, voy a una modesta chacra.
El hombre entonces preguntó: ¿La de quién?
—No sé el apellido porque no soy de esa familia, respondí, estoy invitado.
            El hombre entonces acabó de mirar mi boleto y me indicó en qué vagón debía subir y me indicó asimismo que estaría paseando arriba ay abajo y que cualquier cosa que necesitara no vacilara en pedírsela a él. Me dijo su apellido y agregó que estaba para servirme.
            Subí entonces en mi vagón inglés con mullidos asientos forrados con un terciopelo verde oscuro y me instalé allí dispuesto a vivir aquel viaje de ocho horas hasta la costa del océano Atlántico del mejor modo posible. Quería mirar el paisaje y llenarme del mismo, sentirme una persona nueva y dejar que poco a poco el aire y la visión del campo extenso me limpiara del dolor vivido en los últimos días antes de mi partida.

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