Mostrando entradas con la etiqueta D'Alessandro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta D'Alessandro. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Sobre el libro “Viaje a la ficción”, un viaje a ninguna parte. El Sr. Vargas Llosa ha llegado a la avanzada edad del tarambanismo intelectual. Héctor


Sobre el libro “Viaje a la ficción”, un viaje a ninguna parte.
El Sr. Vargas Llosa ha llegado a la avanzada edad del tarambanismo intelectual.
Héctor D’Alessandro

Ayer llegó a las librerías, anoche lo leí; lo que suponía, un bluff. Uno mas del Sr. Vargas. Seré breve, quizás en los próximos días lo relea y piense exactamente lo contrario.Se anuncia como un libro que analiza los sutiles mecanismos que relacionan vida y ficción. Esto es hacer de vicios virtudes, tras redactarlo el Sr. Vargas vio que a ese tipo de analisis del cual no puede escapar ("Orgia perpetua", "Historia de un deicidio", quizás el más escolar y simple de sus libros)es a lo que había llegado y lo justifica a posteriori con un prólogo muy muy aburrido en el que basicamente explica como se le ocurrió a él la novela "El hablador".
El caso es que este libro es una estafa en toda regla. Fue anunciado como un estudio del estilo de Onetti. No lo és. Para estudiar el estilo de alguien hay que poseer un estilo propio y Vargas no lo tiene, mal que le pese. El Sr. Vargas sabe crear espléndidas estructuras totalmente injustificadas por la trama. Ha aprendido a crear persones redondos con el paso de los años (muchos años). Pero su estilo aún no ha llegado, chupar un clavo, como dicen en Uruguay, posee más encanto para las papilas gustativas.
Sólo hay un pasaje en este interesante libro informativo (eso es lo que es) que va de la página 116 a la 119. Allí define la voz más usual de los relatos y novelas de Onetti como a una voz crapulosa, pero no le llama “voz” sino estilo.
Conocedor de sus carencias, el sr. Vargas se justifica al final del libro diciendo qué es lo que no quería hacer. Dice que “no es un libro de erudición” sino “una lectura personal”.
El Sr. Vargas es deudor una vez más de la vieja escuela de estudios literarios centrada en la temática y en la relación entre el libro y la vida del autor. Está enchalecado en sus propias represiones. Vargas, que a esta altura de la vida, con más números en el otro mundo que en este, no va a desarrollar un estilo que no posee y jamás lo verá en otro aunque se lo pongan señalizado y etiquetado. La pruieba de que este libro es un bluff, es que hasta llegar a la página 32 no se menciona a Onetti sino que se habla de una vaga teoría del narrador junto al fuego y el origen de la ficción y otras memeses en las cuales Vargas no cree pero ahora finge creer. El sólo cree en las ocho horas junto al ordenador.
Insiste mucho, Vargas, en que este narrador, Onetti, es valorado en su país, el Uruguay, por la izquierda y por la derecha. Una estupidez, es incomprendido a izquierda y a derecha y por ello respetado. La ignorancia se ha distribuido democráticamente en ese país. Lo que le sucede a Vargas es que a esta altura de la vida se ha dado cuenta que no posee un estilo, sus frases, las mas bellas, extrapoladas, no levantan vuelo. Es que el arte es un secreto a voces. Y Vargas lo conoce, tanto que ha escrito una obra maestra que se llama “La ciudad y los perros”. Pero luego se le ha ocurrido querer meterse en todo. Por mucho que se vista de seda...
En fin, que el mundo ha cambiado de manos, las influencias culturales predominantes están cambiando de eje al igual que los polos financieros y Vargas no quiere bajarse del tren (lo cual es muy legítimo), no se va a fingir un izquierdista, pero está dando el giro táctico para reconquistar al público de izquierda que ya hace años lo crucificó. El caso es que fingirse inteligente analizando a un autor inteligente no le va a rescatar ni a un lector inteligente, que estos seguramente jamás lo abandonaron. Son los mismos que saben que de aquí a cincuenta años Vargas será olvidado, se leerá “La ciudad...”, Se recomendará mucho como un libro menor “Pantaleón...” y de su obra ensayística literaria se recordará que se parecían mucho a unos ejercicios juveniles de estudiantes de bachillerato. “La verdad de las mentiras” será la excepción por su gran contenido informativo y por el acierto de algunos pasajes. El futuro siempre es de los mandarines, y Vargas no lo es.
Quien quiera aprovechar al máximo este libro, que vaya a la librería y lea las páginas indicadas en el tercer párrafo de esta nota. Así habrá aprovechado lo que Vargas aun puede dar y se puede ir a gastar sus 17,50€ a otra parte.
Este libro no obstante me ha hecho pensar, me ha hecho pensar que todos los juicios negativos acerca de la prosa y el estilo de Onetti, son verdaderos, sí que es pastosa su prosa, sí que está afectada por las malas traducciones, sí que plagia mucho a Faulkner, pero aún así es el creador de un mundo, y lo es porque tenía una concepción de éste, negativa, pero concepción al fin, algo de lo que carece Vargas Llosa. Un autor extraño donde los haya, constructor de artefactos literarios de complejísima arquitectura no siempre justificada, un neoliberal a ultranza que podría continuar negando el derecho del autor a intervenir en la praxis histórica y política, mientras él, como buen derechista, lo hace, y ahora, en plano malabarismo final, intentando dar un giro a la izquierda que quizás lo ponga en la posición más ridícula: la del que finge arrepentimiento.
Un mundo vacío, incluso cuando escribe ensayo, el del sr. Vargas, ni siquiera hay en él la suciedad que tanto admira en Onetti, un mundo de estudiantes que tratan acerca de temas pero nunca tocan la verdadera carne bullente de la vida. En el fondo quizás lo teme, quizás sea sólo palabras este señor, quizás nunca existió, quizás la CIA le escribió todas sus novelas para infiltrarlo en determinados sitios, como lo hizo con Jackson Polock, o quizás la explicación de todo esto sea lisa y llanamente que el Sr. Vargas que argumenta sobre Onetti con un informe del economista E. Iglesias es del signo de Aries y no hay ninguna otra explicación. Al fin y al cabo, en una encuesta ya antigua se demostró que a largo plazo (diez quince años) los barrenderos de N.Y. acertaban más sobre economía que los más extraordinarios economistas.
Sr Vargas, no intente vender gato por liebre. Hace feo. Y usted ya es grande. Cuando quiera saber algo sobre “estilo” llámeme y nos tomamos un café, según la hora que sea, hasta quizás sea mejor que se pase por casa.
Un saludo.

H.D.

P.S. Si se me ocurre un nota que diga exactamente lo contrario, mañana la publico, si no, es que estoy muy ocupado leyendo a De Quincey.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Puedo. Héctor D’Alessandro

Puedo. Héctor D’Alessandro

Puedo darme todas las respuestas posibles.

Puedo preguntarme eternamente cómo supe que te querría.

Puedo preguntarme y responder con acierto acerca de un sinfín de cosas.

Pero me pregunto a cada instante qué me trajo hasta aquí.

Cómo llegué a esta ciudad, a esta costa, a este cuerpo palpitante que te desea.

Puedo responderme por ejemplo con una frase

Que estoy aquí por algo que desconozco

Por un destino anhelante de luz

Por una idea una frase una convicción.

Por una casualidad.

Preguntar por ejemplo al infinito murmullo de las rocas en la ciudad

A las palabras de sus poetas.

A los muros de agua que se desploman en la cambiante costa.

Cómo es que lo caminos me trajeron hasta aquí.

Viajar es quizás buscar una palabra una frase un verso que defina ese viaje

Esa búsqueda.

De todo cuanto es posible escribir en un muro, en el agua, en las líneas de tu mano

Escojo una

Sólo una que resume el sentido de mi arribo a estas costas a esta vida a esta palpitación constante

“Tots els camins son bons per fer camí”*.

* Este último, maravilloso, verso es del poeta Miquelt Martí i Pol

domingo, 2 de noviembre de 2008

La noche de la cena del reparto de la herencia. Héctor D’Alessandro.

La noche de la cena del reparto de la herencia.
Héctor D’Alessandro.


Este relato está editado en la antologia El Cucaracho

sábado, 30 de agosto de 2008

El aullido de las hormigas. Héctor D’Alessandro

El aullido de las hormigas. Héctor D’Alesasndro

Cuando yo era un niño, mataron a mi primer amor. Se la llevaron un día, la torturaron y la violaron y luego la enviaron lejos, muy lejos. A un lugar de donde ya no se vuelve. Yo tenía ocho años y ella ventiocho, pero me había enseñado a jugar al ajedrez y era mucho más divertida que mi familia entera. Decía que había que escuchar al propio corazón, a las cosas y a las plantas y animales. Mi amor por ella era fervoroso y sexual, se saciaba con diálogos a solas en mi habitación, practicando con la almohada qué cosas le diría para que al fin se diera cuenta cuanto la quería. Se saciaba en un restregarse fervoroso contra la almohada, con tensión, sin descarga y al fin con una larga meada de facundia tropical.

Yo aprendí que mi país era un terreno apto para la infamia, que mi país era horrible y mortal, que no hay otro igual.

Luego un día se llevaron de noche a mi dentista, lo lanzaron por el balcón de la cuarta planta donde vivía, metida su cabeza en una bolsa de arpillera, ese detalle tuvieron, para que no se mareara al caer.

Qué les voy a contar que no sepan, que les voy a contar que no hayan visto suceder en las calles más civilizadas de Montevideo.

En la tele salía un perro facineroso que vociferaba con el movimiento de sus cejas y proponía con enorme educación meter más gente presa, a los niños, a los padres de los niños, por sus ideas, por ser padres de esos niños con esas ideas. Con el tiempo se hizo presidente de la renovada democracia. Como un premio por sus innovadores proyectos. Yo no lo voté, pero el ganó y nos volvió a joder a todos.

Un vecino mío, esquizofrénico de profesión, decía: “no entiendo nada, yo voto a tal pero gana el otro, este país gira en círculos”.

Sí.

Durante años me dediqué a recomponer el pasado, esas imágenes y esos recuerdos. Los sacaba de noche cuando se oían la sirenas lejanas del país sin igual plagado de perros policía y los ponía todos sobre la mesa, los combinaba entre sí, intentaba sacar de ellos una respuesta o solución que me explicara todo y justificara ante mis ojos le regla de la inopia y de la maldad. Pasaba entonces de una explicación a otra y no lograba salir de la inútil cárcel que se extendía a través de todas las mentes.

Abrir la puerta para salir a la calle podía ser abrir la puerta para ir a dar directamente a la cárcel.

Pero la cárcel venía igualmente a visitarte. Una señora que limpiaba y cocinaba en casa, está pelando unas papas y se le caen, papas y cuchillo de las manos, se sienta en la silla, apoya la cabeza en las manos y llora. Tiene nauseas de los nervios que pasa desde hace una década. Su hijo está preso. Todo el mundo está preso. A todos se les cae el cuchillo y las papas de las manos.

Vuelvo a mi cuarto y meto todos los recuerdos y las imágenes en su caja, no volveré a marearlas en días. Todos estamos presos.

El año que viene será presidente de mi país un señor que se pasó trece años preso, nueve de ellos en un pozo húmedo con el agua pudriéndole el cuerpo. A veces durante el día miraba las hormigas, las oía trajinar, las oyó, en medio de aquella inmensa desolación, aullar. Las hormigas gritan, dice. Yo le creo. En las noches montevideanas la soledad es ancha y el horror puede ser inmenso, las hormigas pasan en fila aullando.

Quiero saber porqué lo hacen.

Sincronicidad: una de Nabokov y Kubrik. Héctor D'Alessandro

Sincronicidad: una de Nabokov y Kubrik. Héctor D'Alessandro

Los narradores que se inventa Nabokov suelen ser gruñones antifreudianos. Un recurso, Borges, más positivo, fingía la creencia, por parte de sus narradores, en la teoría de la voluntad como representación, de Schopenhauer. La filosofía, así como la ciencia, funcionan como variedades narrativas, resultan muy próbidas a la hora de nutrir el discurso de un narrador o de un personaje.

Los narradores que se inventa Nabokov nunca son, por ejemplo, antijunguianos, “ser” eso requiere un lector de elevadas miras y además muy entrenado. Sin embargo, la sincronicidad, o teoría acausal del universo, nutre buena parte de sus ficciones y de su vida.

Una anécdota acausal nabokoviana.

1916. Vladimir Naboov hereda de su tío Vasili Rukavíshnikov una enorme fortuna que lo libera de por vida. Fortuna que pierde al año siguiente a manos de la revolución bolchevique.

Entonces tiene un sueño que anota en su cuaderno: El tio Vasya, su voz, le dice “Volveré a ti con el nombre de Harry y Kuvyrkin”. Harry y Kuvyrkin son, en el sueño, dos payasos, inexistentes, aludidos por las palabras del tío pero nunca vistos por el soñador.

En 1959, ya ha salido “Lolita” y él se encamina hacia la fama y la prosperidad definitivas, no obstante, aún le falta “aquel” cheque definitivo que lo saque de la monotonía absurda de sus días como profesor. Un día lo están entrevistando para la ñoña revista “Life” cuando recibe una llamada de un amigo que le dice si ha leído el New York Times. Casualmente aquella mañana no lo había leído aún y eso que a diario lo hacía, debido a que seguía con interés y pasión el caso del niño Nimer que muy probablemente había asesinado a su familia.

La noticia, aquella mañana, de interés para Nabokov, era que Harris y Kubrik habían comprado los derechos de “Lolita” por 150.000 dólares, más 15 % de la recaudación.

El tió Vasili había cumplido, volvía y lo hacía con vibrante fuerza monetaria.

(*) La anécdota que nutre a este texto está narrada por Brian Boyd en su excelente biografía "Vladimir Nabokov", en el segundo tomo ("Los años americanos" , pagina 449. Editorial Anagrama, 2006)



lunes, 16 de junio de 2008

Testigos. Héctor D’Alessandro

Testigos. Héctor D’Alessandro

Para que nada sea en vano, se inflan las palabras, para que estas caigan como cascadas, como piedras, como rocas rodantes por la montaña, despeñándose con estruendo.

Para que nada sea en vano, el rugir de la batalla expresa lamentos de moribundos y gritos jactanciosos de matadores.

Y de la tierra mana sangre.

De la tierra mana sangre para que la vea, la guste, la oiga aullar el testigo.

El pastor de cabras a la puerta de su choza tranquila. El señor que por allí pasaba. Todo lo hace Homero con arte, con sorprendente habilidad, con viveza y con intuición. No escribe para el órgano del templo ni para los grandes corifeos.

Su verso va a dar como un cauce breve que se hace hilo de agua rica al oído de un pastor, un pastor perdido en la montaña que oye desde lejos el rugiente clamor de la batalla.

Todo se hace por un pastor.

La poesía toda. La pasión. La luz de la tarde, el verdor y la sangre se harán por un pastor.

De nada vale, para nada sirve el rugiente clamor y la gritería despeñándose por los barrancos como un eco inmenso de la carnicería infinita si no lo escucha alguien, alguien como tu, alguien que pasa por allí, el pastor, el señor ese que anda por ahí.


: , , , ,

miércoles, 4 de junio de 2008

La mano del novelista

La mano del novelista donde más se ve es en las fotos. Sostiene su cabeza, esa cabeza pensadora, preocupada por el destino humano o por las cifras de ventas, pero preocupada al fin. Siempre he reflexionado acerca de esa mano que sostiene a esa cabeza hipervalorada. Y me ha asombrado que pocos se hayan decidido a romper el rito de fotografiarse de esa manera tradicional. Pienso en unos pocos. García Márquez tumbado en aquel sofá con las manos encima de la cabeza, sonriendo con claros signos de disfrute. Recuerdo a José Donoso tumbado en una hamaca con un perro en las cercanías o encima suyo. Tomasi de Lampedusa acariciando campechanamente otro perro.¿Por qué los escritores se sostienen la cabeza? Podría uno pensar que les duelen las muelas pero ciertas sonrisitas conspiran a toda costa contra esta suposición.A veces la cara apoyada parece decir ¿habéis visto lo que he hecho? Pero son los menos.La duda permanece. Es de esos misterios que viven mejor sin respuesta.Cuando paseo por la Rambla Cataluña, a veces, pienso que un día veré allí el mejor homenaje de los ayuntamientos y la escultura al mundo del escritor; no se tratará de un libro ni una pluma, será una mano, una mano enorme para sostener cualquier cabeza, ligera o pesada, una cabeza, dos cabezas, un sinfín de cabezas apoyadas en esa mano enorme, cabezas de novelista.
Episteme: , , , , , ,

martes, 20 de mayo de 2008

Nuestro cónsul en Pekín. Héctor D’Alessandro

Nuestro cónsul en Pekín. Héctor D’Alessandro

A mí me gusta
muchísimo jugar; debo confesarlo. Con cuarenta años me gusta disfrazarme de bombero y correr por la casa con un extintor en las manos echándole espuma a la mujer con la que haré el amor.

Esta veta búdica de alegría e irresponsabilidad me permite mantener la cordura.

En todo caso es mi propio guión.

Tonto pero personal y, de algún modo, sabio.

Este ápice excéntrico no me impide tener mis sentimientos. El dolor ajeno me duele en mi corazón.

Hace muchos años que planeo retirarme y prometerme una vida sistemática, disciplinada, elevada.

Por una u otra razón que no me confieso postergo esa decisión.

Hace años, cuando comencé mi carrera diplomática, gastaba mucho dinero en llamadas a viejos amigos en otras partes del mundo.

Un día, leyendo una entrevista a Keith Richards, algo cambió profundamente en mí. Decía Keith, a quien por cierto conozco, es sumamente divertido, que él tenía amigos en todos los sitios donde llegaba y que quien no tenía amigos era, en realidad, un imbécil.

Yo soy orgulloso, a mí no me gusta ser considerado un imbécil; pero, sobre todo, no me gusta considerarme a mí mismo como un imbécil.

A partir de aquel momento algo cambió profundamente en mí; no sólo empecé a reconocer los síntomas indelebles de la amistad en mucha más gente sino que, además y para mi gran asombro, comencé a tomar conciencia de la innumerable cantidad de personas que había en mi vida pasada a quienes consideraba, de un modo asaz pedante, como "meros conocidos" y que, sin embargo, me profesaban un cariño y me habían obsequiado de modo desinteresado con unos sentimientos y unas experiencias compartidas que eran algo tan sencillo, escaso y, al mismo tiempo, abundante (cuando uno lo quiere ver) como la amistad.

Alberoni, con quien un tiempo tuve una relación epistolar, cuando yo estaba en Grecia, lo dice claramente: "el mundo está lleno de amigos" cuando uno levanta la vista.

Esta simple conciencia me ha hecho más vulnerable y rico al tiempo.

Un síntoma claro se manifiesta cuando me llaman por la noche. Algún despistado que no recuerda la diferencia horaria o, simplemente, un desesperado.

Las experiencias que me narran en la madrugada suelen desgarrarme el alma. Lo que sucede es que quien sufre se vuelve egoísta y antisocial. Sólo desea ser escuchado y no existe horario ni regla que no pueda quebrantar.

Siempre que llego a un nuevo lugar de destino procuro enterarme cuántos antros de ruido y desahogo hay, con esto me hago una idea de cuánto sufrimiento acumulado existe en esa población. Cuánto alcohol se consume y otros detalles similares contribuyen a orientarme en mi primera inspección.

Algunas noches en que estoy en vena irónica y que telefonea algún desesperado borracho con morriña, le corto de entrada su lastimosa confesión de medianoche:

"¿Cuántos bares por calle hay allí dónde estás?"

Y me contesten lo que sea, siempre finjo creer que son muchos y le respondo:

"No te preocupes. Estás siendo víctima de un efecto ambiental."

"¿Tú crees? Me preguntan, muy curiosos, olvidados momentáneamente de su pena."

"Sí, sí. Es más, deberías abandonar tu hogar ahora mismo e ir a ponerte a tono en el primer bar que encuentres. Algo de absorción del color local hará que se te pase todo."

Estas bromas no pueden ocultarme el hecho de que esa persona concreta está sufriendo. Unos creen tener un cáncer mortal. Otros creen que su mujer les abandonará de un momento a otro. Otros creen que hay una trama lejana que los va a destinar a sitios desagradables; probablemente en guerra. Otros simplemente, se acordaron de mi simpática persona en esta apacible noche. Otros creen que su padre o su madre, lejanos, han muerto o están graves y nadie quiere decirles nada. Otros creen haberse vuelto alcohólicos o impotentes. Y, unos pocos de todos estos, te llaman porque, realmente, les sucede alguna de estas cosas.

Soy suficientemente perspicaz para enterarme de inmediato cuándo el sufrimiento exquisito es verdadero.

En general, lo percibo por una opresión en el pecho que se me hace de inmediato y la escasez de palabras de ánimo que se me ocurren. Por regla, comienzo a hacer chistes estúpidos que no me acordaba siquiera que los sabía.

Esto me sucedió anoche con Gilbert, nuestro cónsul en Pekín. Somos amigos desde la época en que él era hippie y yo recién había dejado de serlo.

Su padre fue compañero de estudios del mío y, de algún modo, nos condenaron a ser como somos. Yo tenía y tengo tendencia a paternizar a Gilbert; por el simple hecho de ser mayor que él y haber llegado a los cuarenta años de edad. Su dolor tiendo a sentirlo de una manera más potente que el de cualquier otra persona. Por eso anoche no pude dormir.

Siempre hemos sido un poco locos y él era bastante más alcohólico que yo. El síndrome de Geoffrey Firmin; el síndrome del cónsul. El peregrino ecuménico que arrastra una insidiosa y siempre cambiante pena.

Esta parte romántica de la profesión siempre pareció amargar a Gilbert. Cada vez que llegaba a un nuevo destino en los últimos quince años telefoneaba para decirme que como la tierra de uno no hay que le gustaría estar conmigo ahora en el barrio Sur tomándose un vino tinto. A lo cual, invariablemente, le he respondido, con un tono de voz digno de la serie "Dallas", "Calma, Gilbert, los ricos también lloran. Posterga tu pena hasta el verano que viene y ya nos veremos".

Ahora mismo hace tres años que está en Pekín y parece haber llegado a un momento decisivo. A menos que la borrachera que tenía anoche fuese tan aguda que le hiciera desvariar de un modo dramático y convincente.

Se acerca a pasos agigantados, según su particular óptica de los hechos, a los cuarenta años y su mujer le ha dejado. Se largó con los niños.

Cuando me lo dijo le contesté "Estaría harta de chinos". Y pensé "ha pasado lo que tenía que pasar".

"Quizás se vaya por un tiempo a reflexionar", dije.

Y pensé "ahora es el momento de ella. Ahora será ella misma y le obligará a transformarse".

Pensando en su posible alcoholismo consular, le sugerí practicar Tai–chi pero no quería oír hablar de chinos. "Vete de putas." "Ya lo hice."

Y seguía igual.

Entonces me evadí en la imaginación, lo recordé joven y evadiendo cualquier ejercicio físico, cansándose pronto cuando nadábamos en la piscina y deseando irse de una buena vez al bar a tomarse un whisky, "Que es, decía, bueno para la circulación". Lo recordé saliendo del gimnasio con su pulcro traje azul y su corbata apretada que parecía mantenerle la columna recta, como estaqueado, el flequillo airoso cayéndole sobre el rostro. Su cuidado aspecto de seducción. Su mal humor cuando las chicas lo mandaban a paseo. Y la recordé a ella; la mujer deseada. Suavemente asiática y morena; inteligente y cauta, libre y maternal. Sirviéndome una taza de té en su casa de la playa. Preguntándome cosas imposibles.

Hubo un año muy duro. Yo estaba de vacaciones y Gilbert desesperaba por un destino, Clío le llevó, como a un niño, a una bruja umbandista que le dijo cosas sorprendentes y acertadas pero, lo más importante, es que le otorgó seguridad en su futuro y su destino.

Y lo que la bruja dijo se cumplió.

Así llegó hasta Pekín.

Clío y Gilbert desconfiaban, más él que ella y la umbandista, con sólo tocarle el pecho le dijo. "Tu viajarás mucho. Tienes la misma profesión de tu padre que vive muy lejos de aquí junto a una mujer que no posee el vientre que te parió."

A su madre le habían extraído el útero.

Ambos me miraron serios, apuntalando con sus miradas la certitud de la bruja.

Yo pensé y dije: "Macbecthiano".

Gilbert: "¡No te rías!".

Clío: "En medio de un drama también se puede reír".

Gilbert, aquella noche, se enfadó y se hundió, como un niño compungido, en su vaso de whisky .

Cuando se enfadaba parecía hacerlo para siempre y con todo el mundo.

Y anoche, el timbre de su voz delataba una pena infinita, compungida, agónica, una pena de amor dolorido, inconsolable. El Gilbert de muchos años atrás, malhumorado e infantil, renacía esta madrugada de entre las cenizas de los años y unos compromisos aparentemente tan bien estructurados.

Probablemente mañana o pasado me llame, cuerdo, sobrio y tonificado y me pida que olvide todo o quizás más vulnerable, me pida que hable con Clío, quizás el próximo verano nos volvamos a ver en el país, en la playa lejana de nuestra infancia.

De momento no llamo a nadie; tengo mis propias, divertidas taras con las que entretenerme mientras no me arriesgo a tomar una decisión que implique un cambio de aires.

Me prometo hojear mañana Macbeth una vez más; ese guión glorioso que sirve algunas noches para intentar comprender la estela de sentido de nuestro propio argumento misterioso. Al otro lado del planeta el hijo del hombre ("el hombre que vive con una mujer que no posee el vientre que lo parió") ha de tomar una decisión que me reservo con recato y pudicia, viejo conocedor de la aguda agonía que queda en el alma cuando cuelgas el teléfono y sólo queda silencio hueco y bip... bip y hueco silencio del Servicio Internacional.

jueves, 15 de mayo de 2008

Borges y los Tupamaros. Héctor D'Alessandro


Borges y los tupamaros.

Héctor D’Alessandro

Imaginen una tierra una tierra que tapona y cierra la lucha entre imperios. Entre el Imperio portugués y el español, entres las castas criollas descendientes de unos y otros. Entre el pujante imperio inglés y el débil imperio francés. En medio una tierra “purpúrea” que marca el linde y establece el horizonte. Están imaginando el Uruguay. Allí nacen y crecen seres con una conciencia no desagarrada de su identidad; una autoconciencia fría y clara. Somos un resultado; buen método para estar sobre la tierra.

En ese lugar nace la guerrilla más elegante que conoció Occidente.

Con una identidad inabatible; pero con una conciencia de que esa identidad sólo es una función de una acción mayor, una representación necesaria.

Los toques de ironía de su accionar entró en concordancia clara con el desarrollado sentido del humor de la población.

Al otro lado del río un hombre, un hombre ciego, maquina sus visiones, las manipula a un lado y otro y vengarse de la realidad parece su objetivo. Pone sus manos delante del rostro y no las ve. Existe pero sabe que no es. Sabe que no es. Que desconoce y desconocerá los secretos designios del Universo. Circunstancias y el fanatismo de una historia violenta le llevan a desertar de sus creencias juveniles. Calla y observa, no habla de nadie que no haya muerto hace cien años.

A ambos lados del río, los jóvenes son asesinados a tiros, los lanzan desde helicópteros. El hombre ciego estrecha la mano de un dictador horrendo.

En el fondo de un pozo, un guerrillero tupamaro recita para sus adentros un poema del poeta ciego. La belleza es propiedad de la raza.

Pasan los años; los antiguos guerrilleros desbaratados gobiernan la tierra purpúrea.

Con el tiempo, no serán lo mismo, Borges y los guerrilleros, a ambos lados de la moneda de la historia; no, no lo serán; aunque en secreto se habrán visto mutuamente como materia de sus sueños.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Borges y yo. Héctor D'Alessandro

Borges y yo, por Héctor D'Alessandro

Murió mi madre y sufrí, pero no lloré, estaba dentro de lo posible y por motivos médicos, lo esperaba. Murió mi padre e hice un amago de llorar; mi mejor amigo, que aún vivía en aquella época me dijo “no lo intentes porque parece falso”. Pero cuando murió Jorge Luis Borges lloré, lloré de verdad porque había muerto el escritor que más significado tenía dentro del contexto de mi vida. Mis padres, como todos los padres del planeta, con todo el amor que les tuve, sólo me trajeron a este mundo. Jorge Luis Borges me transportó a otros mundos donde vivir resulta más interesante que hacerlo en este lugar tan extraño que nos ha tocado. El día de 1983 en que pude estrechar fugazmente su mano, no salió ninguna palabra de mi boca, sólo un agradecimiento silencioso corría por mis venas, aun siento la suavidad de su palma tocando la mía y la emoción, tan fuerte, que experimenté aquel día, al estrechar la mano del maestro más grande en siglos que la humanidad había dado. Sólo por eso la vida es brillante y colorida y se parece a la felicidad. Yo también soy feliz por haber conocido hombres sabios; las experiencias que viví leyendo sus libros y la felicidad de sus frases forman parte tan íntima y clara de mi memoria personal, que a veces creo ser un personaje de su mente fabuladora y cuando experimento esto y a modo de broma que me gasto a mí mismo, digo que ojalá sea cierto.

h.d.

El secreto del arte. Por Lawrence Durrel.

El arte es un secreto a gritos.
Lawrence Durrell

Principio de ataque uno cada vez. Héctor D'Alessandro

Efecto Stormtrooper.
Storm trooper effect o Stromtrooper syndrome. Así se define a un cliché narrativo que definió el critico Roger Ebert. Consiste en que los antagonistas, a pesar de su superioridad numérica son irrealmente inefectivos en el combate. También lo llamó Ebert “Principio del ataque de uno-cada-vez” y lo explicaba así: “En cualquier situación en la que el héroe esta rodeado por docenas de enemigos, estos lo atacarán uno cada vez”. Muy común, desde Macbeth en adelante, sobre todo en películas de artes marciales, llega a su cenit en las películas de Bruce Lee y su parodia se puede ver en Kill Bill, de Tarantino. (Refundido de Wikipedia)

lunes, 12 de mayo de 2008

La realidad de las ciudades. Por Héctor D'Alessandro


La realidad de las ciudades. (1994) Por Héctor D'Alessandro Sala

Mi deplorable condición de argentino

me impedirá incurrir en el ditirambo

–género obligatorio en el Uruguay–,

cuando el tema es un uruguayo.

Jorge Luis Borges

Dilucidar el arduo problema que tengo entre manos me proporcionará el denuesto y la apología en ambas orillas del río más ancho de la Tierra; el Río de la Plata.

El carácter real de esta historia ha de quedar, necesariamente supeditado a la conmoción de primera línea que ha de iniciarse en otros órdenes.

No me presentaré con mi nombre verdadero; ésta circunstancia no me afectará. Diré, sólo por fijar de algún modo mi identidad para el lector, que soy la encarnación material y concreta de aquel poeta de segundo orden al que también cantó mi querido amigo Borges. En mi persona real se inspiró para aquellas escrituras. Me exornan, asimismo, otras cualidades de las que aquí doy cuenta. He estado, a lo largo de mi ya extensa vida, compartiendo cátedras de importancia. Llegué a mi cumbre en un verano asaz luminoso de California del año 1976 o 1977. En aquella aula me flanqueaban, a la izquierda Jorge Luis y a la derecha Rodríguez Monegal. No diré más. No deseo revelar mi personalidad concreta y cuido cada término y cada dato con la finalidad de impedir el montaje del rompecabezas.

Siempre faltará una referencia.

Nací en 1902 en una de las más bellas, luminosas y oxigenadas ciudades de la geografía: en la marítima Montevideo. Una ciudad preñada de egolatría. Una ciudad que cada amanecer parece desperezarse como un animal joven pletórico de respiración. La bibliografía mundial la enumera distintamente. Fue o es sucesivamente "la nueva Troya" de Alexandre Dumas. "La Atenas de Plata." "La tacita de plata", en competencia con Cádiz. "El otro Monte" de Isidore Ducasse, significada como un Parnasso. "Capital de la Suiza de América". Denostada casi exclusivamente por sus propios hijos (Julio Herrera y Reissig) no diré con qué palabras.

A fines de la década del 40 conocí por segunda vez a Jorge Luis Borges en la cafetería "Sorocabana" ubicada en el centro de Montevideo. No hacía mucho que Borges había tenido un accidente bonaerense; en la oscuridad de una escalera se dio un golpe en medio de la cabeza que lo dejó sin sentido hasta su despertar a la conciencia días luego en el hospital. Aquella experiencia sería trascendente para el desarrollo de su persona y, lo que es más importante para la humanidad instruida, su apertura a nuevos mundos fantásticos.

En el mismo hospital Borges solicitó lápices y cuadernos donde comenzó a anotar lo que su imaginación se había encontrado de un modo, a todas luces, no casual.

Aquella tarde, polemizamos hasta el atardecer acerca de la enmarañada genealogía del antiguo virreinato del Río de la Plata; las equívocas circunstancias que nos "juntaban" según el perdido lenguaje de los criollos o que nos "hermanaban" si nos atenemos a las palabras de las castas políticas de las dos orillas. El fervor del patriotismo no es, claramente, patrimonio de Jorge y tampoco forma parte del mío, aunque me duela.

Ambos éramos, aquella tarde, de similar parecer. La forma que le aporta el medio no debe oprimir a la persona; pensaba yo, algo más adentrado en materias de la Ciencia Política –ciencia que en nuestro días lleva un nombre más parecido a la designación de una vacuna antimicrobiana que al de un saber–. Jorge, más pobre, menos leído, simplemente modesto, quizás irreal, distanciado u orientalizante, consideraba estas circunstancias como irreales y el ego como una vicisitud cimentada por el vacío.

Todo aquello que nos rodeaba podía ser distinto; la ciudad se cambiaría por otra y las relaciones entre colectivos humanos radicalmente otra, sólo permanecerían dos egos que hablan sobre el destino y las características de sus pueblos.

El halo de la Gloria ya acompañaba a mi tranquilo amigo. Yo lo podía ver y aquello me modificaba. En aquella época leía mucha historia de las diversas patrias, combinaba aquello con la inquietante consulta a la Blavatsky y al supernumerario Leadbeater. En todo podía ver el diseño oculto de un significado; éste estado sólo había sido cantado por Paul Claudel aunque hay sobrados motivos y referencias acumuladas para hacerlo obvio.

Las circunstancias todas del accidente referido por Borges, componían una cosmología particular plena de sentido y profundidad. Él ya no era el que había sido; pero de un modo radical. Aquel accidente que puede ser "pequeño" o una "nimiedad" a los ojos de los profanos, tiene un hondo significado.

Reconstruido como un acto de dramaturgia, paso a paso, compone, en todos sus detalles, una maravillosa metáfora casi esotérica del inicio, umbral o entrada en el camino que nos conduce al centro de nuestro ser y nuestra vida. Los caminos son circunstanciales; todos llevan al mismo lugar.

Jorge había ido a visitar a una mujer amada. Se comunica con ella través del interfono. "Ella abre las puertas." "Él atraviesa el umbral." Cuando se dirige al ascensor, un repentino y a mi parecer, nada casual, "corte de luz" le deja sin medios mecánicos, tecnológicos, normales y fáciles de ascenso. "En la oscuridad busca a tientas, sin luz, guiado por la memoria y la intuición una ruta de ascenso." Una escalera. La subida es prolongada y dificultosa y "en círculos". En uno de los pisos, con la seguridad que le han dado ya varios minutos de ascenso se despreocupa, se olvida de sí, con la plena soberanía sobre sus sentidos más mecánicos, con fuerza y entusiasmo se ciega más aún a cualquier eventual dificultad. Entonces, de pronto, tropieza, se golpea la cabeza con el marco de hierro de una enorme ventana abierta a la noche en medio de aquel ascenso circular y homogéneo. No es una casualidad que fuera justamente una "ventana", con el enorme contenido simbólico y arquetípico de que este inocuo elemento de la cultura humana está cargado.

Tras aquel imprevisto golpe, la oscuridad total y la inconsciencia.

Caía la tarde en Montevideo y la atmósfera se tornaba irreal. Jorge y yo sentados en aquellas añejas sillas del café "Sorocabana". Él bebía una grappa con miel, yo degustaba un café; la última exquisita mezcla traída del Brasil.

Inevitablemente debimos hablar de tango. Una vez más se debatió en nuestra austera y marmórea mesa la pintoresca versificación de Santos Discépolo. Una vez más juntamos en espíritu a Razzano y a Homero. Inevitablemente nos divertimos, entre elegantes y cáusticos, fingiendo polemizar acerca de la filiación de Carlos Gardel. Aún estaba escondida en el tiempo la tesis de Sebreli que confirmaba el nacimiento de Gardel en el Uruguay y las abstrusas y sórdidas razones de su nacionalización como argentino.

Borges reía en aquel atardecer, entrecerraba sus ojos con sorna. Nunca hubo en él una ironía bien definida; apenas una dulce insinuación más similar a la compasión que otra cosa.

Como dice nuestra gente "una palabra trajo a la otra" y terminamos hablando de nuestro propio parentesco. Pertenezco a una estirpe de españoles y portugueses que dio entre otros al primer aviador del Uruguay, Don Larre Borges. Este es, justamente, el momento que vincula nuestra sangre. No diré más.

Muchas ocasiones, a lo largo de la vida, el significado profundo de una conversación no se hace claro hasta mucho tiempo luego. Ninguna conversación es inocente; todas están, permanentemente, deslizándose al borde de una verdad o una realidad con la que tiene una secreta conexión.

Aquella tarde hablamos de la escondida filiación de Gardel; en realidad, hablábamos de otras cosas con las cuales aquella antigua polémica tenía una relación de espejo vagamente deformante.

Borges hablaba, esperábamos a alguien –no recuerdo a quién– y comenzaba a sentirme extraño, como si buscara algo inquietante en mi memoria.

Todo atardecer es raro; y en Montevideo, esta peculiaridad, parece acentuarse.

Con los muchos años y el trabajo del olvido y la memoria, aquella tarde se modificó de modo sustantivo.

Llegué a pensar ¿hablé con Borges alguna vez, sentados a una mesa de mármol, en elegantes sillas de madera muy antigua?

Las alternativas excitantes de nuestra ciudad, el ir y venir, las nuevas inquietudes, el reverbero intelectual, no me impedía volver, cada tanto, a repasar aquella tarde.

Hasta que un día, en casa de Haedo, me di cuenta y casi me sobrecogí. Una foto muy antigua hecha en el departamento de Soriano me mostraba a mí, a mi madre y a otro niño. Interrogado mi tío Alberto, casi centenario, me lo confirmó.

"Ese, hijo, es Borges cuando todavía era uruguayo. Oriental, como le gusta decir a él."

Borges, exornado de su halo de fama, que ya apuntaba al futuro, sus recurrentes temas de conversación, la dignidad de su persona actual, me ocultaba un hecho antiguo.

En la finca de campo de Soriano, cerca de las misiones jesuíticas, acariciado por el aire eterno de los pinos y las acacias, vivía, a comienzos de siglo, un niño que era mi amiguito y que se llamaba Jorge Luis; huelga pronunciar su apellido.

No lo había soñado. Había allí una foto.

Aquel niño del campo hablaba inglés, francés y se defendía muy bien en portugués.

Nada más llegar a Montevideo le escribí a Borges; le narraba la inmensa alegría de saber que mi sensación de "dejàsvu" tenía un sustento material en el pasado.

Contestó. Cuatro líneas agradeciendo mi epístola pero no mencionó, en ningún pasaje, el hecho de que en el pasado nos hubiésemos conocido en tales circunstancias.

Pensé, un poco audazmente, "no desea dejar rastros de su pasado uruguayo". Pensé, incluso, que quizás el pasaje en que se lo mencionaba no estaba suficientemente claro. Llegué a creer que aquel pasaje, mágicamente, se había borrado. Pensé "ser Borges y, además, ser uruguayo, es, casi, un pleonasmo".

Y guardé el secreto.

Lo guardé hasta que casi treinta años luego volvimos a encontrarnos y le vi hacer algo similar a la magia ante un público anglosajón. Nuestra patria estaba sometida por el terror de una feroz dictadura y los emigrados y exiliados éramos miles.

De entre el público salió una señora de aspecto inocuo que no hizo ninguna pregunta de alto contenido intelectual; simplemente le dijo, casi gritando, desde la platea:

–Borges, soy yo. Soy Olga, la hermana de Panchito. Se acuerda... del Uruguay.

Y él, entre la sorpresa, el agrado y algo similar a una equívoca confusión, respondía como un médium:

"Sí... Panchito... caramba... claro, claro que me acuerdo... En el Uruguay."

Y así divagaba creando una atmósfera de reconocimiento pero sin llegar a decir nada concreto, moviéndose en el recuerdo de la realidad como si recordara imágenes literarias.

Entonces no me aguanté más, en medio de aquella conferencia llena de público admirador, apoyé mi mano en la suya y acercándome al ciego poeta le susurré al oído:

–Borges, a mi no me engaña, usted nació y se crió en el Uruguay. Nosotros, de pequeños, en verano éramos compañeros de juego. No lo declara por modestia, ¿verdad?

Él rió y me susurró al oído.

"Eso son detalles, circunstancias. No es la primera vez que me lo dicen. Los mitos son más fuertes que la realidad."

¿Qué quería decir? ¿Qué se sentía, en lo hondo de su corazón, tan uruguayo como argentino? ¿Que el mito de su origen argentino era más fuerte que la realidad de su nacimiento? ¿Que el mito uruguayo de considerar propio todo lo más granado y excelso era más fuerte que su posible origen argentino?

Lamentablemente, habían pasado más de setenta años. Aún así, con pocas esperanzas, viajé a Soriano en busca de pruebas, de documentos. De algún modo me comporté según prescribe el mito del escritor de segundo orden que alimentó Borges en su poema inspirado en mi persona. Invencible al fracaso ante la realidad, incapaz de demostrar la majestad de su genio, se inclina por la obra meticulosa, trabajada, documental, probatoria de algo.

Fui en busca de una partida de nacimiento.

Y la encontré, el 23 de agosto de 1900 había nacido un niño en Soriano con su nombre. Allí estaba. Los nombres de sus padres estaban borrosos, pero podían restituirse en la caligrafía emborronada por el tiempo, con algo de imaginación, los nombres de sus progenitores.

Fui a casa de nuestros antepasados. Casi nadie lo recordaba pero suponían que era "ese escritor tan famoso". Nuestros antecesores no estaban al tanto de las novedades literarias; apartados, vivían del material rumiado por su propia memoria.

Mi tesis demostrativa se quedaba coja; mi tío Alberto Haedo tampoco se atrevía a afirmar con seguridad la identidad de aquel niño y el hombre actual.

¿Quién puede asegurarme que corrí tras una fantasmagoría? Borges era un experto en fantasmagorías y en la redacción de anécdotas fantásticas. El uruguayo que se hizo pasar por argentino. Narraba con inocencia auténticas mitologías mediáticas entre éste y los otros mundos; dejó lo mejor de sí en conversaciones misteriosas construidas con un sinfín de sobreentendidos. Sólo yo poseo el secreto, la hermenéutica de su ascenso a la luz en una torre oscura con todas y cada una de sus claves cabalmente ocultas.

Poseo un documento y la contumaz convicción contraria a la de una generación entera en el ancho mundo. El tiempo es nuestro único aliado; cae la noche en Montevideo, sólo yo sé que Borges era otro uruguayo y, como dijo un gran poeta, "sólo es real la niebla"*.


(*)El “gran poeta” es Octavio Paz.

sábado, 10 de mayo de 2008

lunes, 5 de mayo de 2008

Lo que el criado no rompe, no lo puede ver Madame Bovary. Ideas sobre la cohesión narrativa. Por continuidad y por contigüidad

Cohesión narrativa. Por continuidad y por contigüidad

Héctor D’Alessandro

Si la reducimos a su mínima expresión posible, la cohesión narrativa puede derivarse y sobre todo buscarse en los elementos fundamentales de la oración. Sí, como lo enseñaban en el colegio. Sujeto, verbo y predicado.

Las preguntas por la cohesión a la hora de corregir en este nivel elemental, son:

. ¿Esta oración tiene el mismo sujeto que la anterior?

. ¿El sujeto de esta oración es el predicado de la anterior?

. ¿El predicado de esta oración es el sujeto de la anterior?

. ¿Esta oración tiene el mismo predicado que la anterior?

. ¿El sujeto de todas estas oraciones está unido por algún nexo significativo?

Son preguntas fundamentales a la hora de analizar la cohesión. El verbo, en cambio, raramente se convierte en sujeto o predicado; casi siempre está supeditado a un sujeto inmanente a la serie de frases. Su uso como vehículo narrativo fundamental (primer lugar en las frases) no es imposible pero es raro y narrativamente poco frecuente, por no decir inútil. Hay excepciones muy honrosas, se trata de novelas cuya técnica central de narración consiste en el resumen; son trepidantes pero también agotadoras. (Un ejemplo con méritos evidentes es "Vida de una maligna".)

Veamos ahora este espléndido pasaje de Madame Bovary.

“El aire del baile estaba viciado; las lámparas palidecían. La gente refluía a la sala de billar. Un criado se subió a una silla y rompió dos cristales; al ruido de los vidrios rotos, madame Bovary volvió la cabeza y divisó en el jardín, contra los barrotes, unas caras de campesinos que estaban mirando. Entonces le vino el recuerdo de Les Bertaux. Vio la casa, la charca cenagosa, a su padre en blusa debajo de los manzanos, y se vio a sí misma como antaño, desnatando con el dedo los barreños de leche. Pero, en las fulguraciones de la hora presente, su vida pasada, tan clara hasta entones, se difuminaba toda ella, y Emma dudaba hasta de haberla vivido. Estaba allí; después, en torno al baile, no había más que sombra, extendida sobre todo lo demás. Estaba tomando un helado de marrasquino, que sostenía con la mano izquierda en una concha de esmalte, y entornaba los ojos, con la cuchara entre los dientes.

Junto a ella, una dama dejó caer el abanico. Pasaba un bailarín.

– ¿Me hace usted el favor, caballero –dijo la dama– de coger mi abanico, que está detrás de este canapé?

El caballero se inclinó y, cuando hacía el movimiento de extender el brazo, Emma vio la mano de la dama echando en su sombrero una cosa blanca doblada en triángulo. El caballero levantó el abanico y se lo presentó respetuosamente a la dama; la dama le dio las gracias con un movimiento de cabeza y se puso a oler su ramillete.”

Las tres primeras frases poseen un nivel de cohesión (contigüo) fuera de la frase. Su cohesión radica en otro conjunto de frases que sabemos anterior y que hablan de un sujeto que es “el baile” y la “sala del baile”. El lugar donde se desarrolla la acción. Flaubert en este momento no se extiende más por un motivo concreto. Estas dos o tres frases las necesita para mantener la acción sujeta al sitio que ya largamente describió en párrafos anteriores. Necesita, narrativamente, apoyarse en la sala y en alguna característica actual de esta (su aire esta viciado, por ejemplo) para continuar.

Aquí tenemos respuesta a una pregunta y a dos problemas. Uno, el sujeto común a todas las frases descriptivas (descriptivas en este caso concreto. Pero puede tratarse de un pasaje escrito con la técnica de la “corriente de conciencia” y los problemas serían otros. En este caso, el lugar que se describe no importaría sino el lugar “desde donde” se “emite” el discurso). En el ejemplo de Flaubert se da por supuesto (al lugar) porque ya antes se habló in extenso acerca de él. Lo que no puede hacer Flaubert y ningún otro autor, es extenderse en la descripción de actividades con un sujeto externo y anterior al conjunto de frases; a menos que se den señales claras de que se está dilatando el tiempo narrativo por algún motivo necesario (una pausa es la figura narrativa mas frecuente, muchas veces se hace con finalidad paródica*).

La serie de frases con un mismo sujeto suelen producirse en las novelas cuando algo aparece por vez primera. Presentación de la trama, primeras páginas, aparición de un personaje nuevo o un nuevo entorno. (El resumen es el caso extremo al punto de que el sujeto deja de mencionarse y todas las frases comienzan por el verbo.) En nuestro ejemplo se da por sobreentendido que todas las frases hablan del mismo sujeto o “tema”. Para tener esto claro imaginen lo que sucedería si Flaubert en esta escena antes de volver a introducir a Madame Bovary, que hace ocho líneas estaba en primer plano de la acción, continuara describiendo la fiesta, el baile, los vasos que se rompen, la servilletas que se ensucian; lo que sucedería sería desastroso para el autor y es que el lector dejaría el libro.

Bien, volviendo a los niveles de cohesión en este nivel elemental que propongo y que es muy útil a la hora de corregir, esa tarea tan ingrata para muchos narradores. Observen ahora la magistral manera (cohesiva y continua) que tiene Flaubert de reintroducir a Madame Bovary en la acción principal:

“Un criado se subió a una silla y rompió dos cristales; al ruido de los vidrios rotos, madame Bovary volvió la cabeza y divisó en el jardín, contra los barrotes, unas caras de campesinos que estaban mirando”.

("Un domestique monta sur une chaise et cassa deux vitres; au bruit des éclats de verre, madame Bovary tourna la tête et aperçut dans le jardin...")

Flaubert pasa de lo que sucede en la fiesta a la focalización en lo que ve Madame Bovary en dos frases con el mismo predicado dispuestos de manera magistral.

Primera frase: “Un criado se subió a una silla y rompió dos cristales.

Segunda frase: “Al ruido de los vidrios rotos Madame Bovary volvió la cabeza y divisó”.

Ambas frases en su orden natural tienen el mismo predicado: los cristales.

1. Un criado (...) rompió unos cristales.

2. Madame Bovary oyó un ruido de vidrios rotos y volvió la cabeza.

Pero Flaubert lo pone de este modo para que la transición resulte más fluida. Flaubert era un autor visual y sabía perfectamente que lo que está “próximo” o en la cercanía parece lógicamente vinculable. Más si es el mismo material. Por eso escribe:

“Un criado... rompió dos cristales; al ruido de los vidrios rotos... Madame Bovary”

De este modo se puede apreciar claramente cómo invirtiendo el orden natural de la segunda frase la transición permite ir desde el criado hasta Madame Bovary pasando por una serie de cristales repetidos (unos rotos y otros que se oyen).

De este modo la cohesión se logra incluso a nivel visual.

Si Flaubert hubiera optado por escribir la segunda frase en su orden natural, la transición entre una y otra sería por los predicados y la aparición de Madame Bovary al comienzo de frase produciría en la mente del lector un impasse en el cual la atención naufraga.

Vamos a la serie siguiente.

“... divisó en el jardín, contra los barrotes, unas caras de campesinos que estaban mirando. Entonces le vino el recuerdo de Les Bertaux. Vio la casa, la charca cenagosa, a su padre en blusa debajo de los manzanos, y se vio a sí misma como antaño, desnatando con el dedo los barreños de leche. Pero, en las fulguraciones de la hora presente, su vida pasada, tan clara hasta entones, se difuminaba toda ella, y Emma dudaba hasta de haberla vivido”.

Aquí las modalidades de conexión de Flaubert muestran a las claras el grado de complejidad que este autor logró superar. En algo tan simple como un recuerdo despliega una sofisticación que muy pocos autores han superado. Esto se puede ver sólo haciendo un análisis nuclear, frase a frase y deteniéndose en algo tan sencillo como el sujeto el verbo y el predicado. El sujeto de la serie completa de oraciones es en este caso Madame Bovary. Ellas es quien “divisó” en el jardín unas caras de campesinos y a ella le “vino el recuerdo de Les Bertaux” y aquí la transición entre una frase y otra está clara obedeciendo al conocimiento de otra serie de frases previas que permiten al lector encontrar lógico narrativamente hablando que al ver caras de campesinos detrás de los barrotes mirando una fiesta, ella recuerde su vida pasada. Luego, el recuerdo no ofrece dificultad, está narrado limpiamente y ella es el sujeto de los distintos verbos. (“Vio la casa...y se vio a si misma, desnatando...”) Y ahora viene la sofisticación, Flaubert debe volver al momento presente y dejar atrás las rememoraciones. Antepone el “fulgor” de la hora presente ( "Mais, aux fulgurations de l'heure.")y sólo luego continúa con el mismo sujeto. El ("mais")“pero”, tratándose de un conector natural funciona aquí más como una excusa. Aparentemente "conecta" aunque la conexión real se está realizando en otro nivel y entre sujetos y predicados. El uso del "pero" aquí da cuenta de la altísima sofisticación de Flaubert. "Finge" conectar pero está colocado de tal manera que es sólo un breve preámbulo para reintroducir el marco de la acción principal.

Este somero análisis nuclear de las frases narrativas permite afirmar:

. En narrativa toda frase está conectada con la anterior a través del sujeto y del predicado y muy raramente a través del verbo.

. Esta es la conexión significativa más importante, además de la conexión hecha mediante los llamados “conectores” y otros elementos.

. Esta conexión es la que permite al lector seguir sin dificultad una narración y entender cuál es el sujeto subyacente o manifiesto y cuál es el marco, el tema u otros elementos de la narración.

. Los narradores clásicos, sobre todo el narrador omnisciente, poseen una alta cohesión. Los más cohesivos son los narradores en los que prima la acción sobre el pensamiento, como el caso de Stevenson, los de cohesión, por momentos, dificultosa son los narradores “pensadores” como Dostoievski, debido a las enormes digresiones que insertan en sus novelas. De esto se puede deducir “más acción mas cohesión”.

. He decidido llamar a esta cohesión entre frases clásica como “cohesión por continuidad”. En tanto los elementos de una frase guardan relación con alguno de los elementos nucleares de la frase anterior.

. Las técnicas modernas de “corriente de conciencia” y las narraciones con focalización variable que utilizan la corriente de conciencia y el pensamiento escrito en estilo indirecto libre o directo libre, alternando unos y otros, son la otra cara de la modalidad de “cohesión por continuidad”. Puede no haber ninguna relación entre los elementos nucleares de una y otra frase. Las frases están asociadas simplemente porque están agrupadas unas al lado de las otras.

. La cohesión en este tipo de discursos narrativos está dada por la coherencia. En muchos casos del narrador. Si se supone un narrador protagonista detrás del discurso de conciencia será más coherente y más cohesionada. En el caso de un narrador omnisciente el caos de cohesión puede resultar mayor y si la novela es coral puede ser estrepitosamente caótica. De ahí que este estilo sea más proclive a aparecer en manifiestos como “Pez soluble” de los surrealistas, texto clásico de este tipo de asociación al que llamaré “por contigüidad”.

. Llamo a este tipo de secuenciación de frases “cohesión por contigüidad”. Es decir que las frases están asociadas simplemente porque están la una al lado de la otra, como la Biblia y el calefón o el paraguas y la maquina de coser. Al lado de este tipo de agrupamiento de frases se encuentran las vanguardias y todos aquellos escritores que piensan que la prosa es una especie de sonajero literario por el cual lo que hace el mismo ruido debe estar cerca de aquello que hace un ruido parecido.

(*) La más disparatada y rara, extraordinaria, humorística y a la vez profundamente dramática de estas dilataciones narrativas que yo haya leído está en la obra de John Barth, “La opera flotante”, el eco de la batalla napoleónica en que “participa” Fabrizio del Dongo flota en esta parodia pero al mismo tiempo tiene una contundente identidad narrativa. Dos “enemigos” un estadounidense y un alemán se encuentran de sopetón frente a frente dentro de una trinchera luchando mano a mano. Intentan en vano y con mucha mala pata matarse y defenderse. El narrador es protagonista y es norteamericano es un pacifista por escepticismo, es un personaje descreído que no quiere luchar. El enemigo alemán intenta vanamente “clavarle un poco” la bayoneta y él quiere detenerlo para explicarle, gritarle que no tiene nada contra él. Luchan agotados hasta que aceptan, sin entender los respectivos idiomas, compartir la trinchera y el tabaco y permanecer dentro de la misma, uno en cada extremo.

viernes, 2 de mayo de 2008

LA excepción y las reglas. Héctor D'Alessandro


De último momento. Héctor D'Alessandro

Han descubierto que las "excepciones" no confirman a las "reglas" sino que las disconfirman, las niegan, las someten a la abolición. Hasta ahora no se había podido observar esto debido a un sindrome llamado "automatismo verbal del sentido común".