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sábado, 11 de abril de 2015

"Los ojos de mi madre" en la Librería RAYUELA




                                            En las fotos con Aydee Mora Perdomo, propietaria de la librería, y con Elizabeth Bonilla Barroso y Julian Campos, miembros del equipo de Rayuela, que en todo momento me apoyaron durante la performance. Mi eterna gratitud.

jueves, 24 de abril de 2014

lunes, 14 de abril de 2014

Literatura líquida Novela. Día 25. Entrada 26.

Aquellas lágrimas me devolvían cada poco tiempo al ciclo de permanente duda en que vivía por esos días. Me desorientaban por completo y me ponían en una situación emocional insoportable porque no sabía a qué atenerme, yo preguntaba de continuo si estaba pasando algo que debiera saber y nadie me acababa de responder.
De modo que sólo pude responder que deberían habérmelo dicho antes y que no estaba bien que estuviera tan alejado de mi madre el día en que la tía abuela me agarró por los mofletes y mirándome directo a los ojos me dijo.
—     Escúchame bien, tengo que decirte algo. Tu mamá se fue al cielo.
              En el momento en que me lo dijo me quedé inmediatamente mudo y no supe realmente qué responder. Un sinfín de imágenes superpuestas las unas a las otras pasó por mi mente en fracción de segundos y mis ojos se congestionaron hasta que las lágrimas se abrieron paso, me derrumbé y al hacerlo me zambullí en los brazos de la tía abuela Teresa. Recuerdo que por un extraño momento vi en la cámara de mi mente a mi madre con forma de pájaro volando al cielo. Como una blanca paloma inmaculada. Estas extrañas imágenes contribuían a confundir más y más a mi atribulado cerebro. Todo en mí se disolvió de pronto, no tuve conciencia de tener un cuerpo, mis piernas flojas y mi vientre experimentando la centrifugación de un vacío y un vértigo tremendos, mi mente sin ocupación alguna y el mundo a mis pies que se abría como el vacío gigante de una abismo.
            ¿Cómo sería un mundo sin mamá? ¿Cómo sería un mundo con la conciencia de que ya no estaba mamá? De hecho, hacía casi un año que no la veía y mi padre tampoco venía demasiado a verme, con lo cual tenerlos o no, era un evento que para mí ya estaba zanjado: no tenía padres en los hechos, pero sabía sí que podía contar con ellos allá en la lejanía de la ciudad, de la capital, o al menos imaginarme que contaba con ellos. Ahora en cambio no sabía que podía pasar, ni siquiera sabía qué iba a pasar con papá que a todas luces pensaba vivir muchos años más y a quien empezaba a odiar un poquito y a reclamarle internamente que se muriera también, como si tuviera la culpa de la muerte de mi mamá. Lo acusaba de separarme de ella e impedir así que con mi amor y a fuerza de besos y abrazos la curara. Sí, me decía mi mente, mi papá es un asesino. Y yo mismo me veía como un santo con poderes sobrenaturales, un dechado de bondades al lado del maligno, que estaba encarnado por mi papá. Yo habría podido salvar a mamá con la fuerza que emana de mi corazón, mis manos habrían emitido un rayo poderoso y curativo que la habría levantado de entre los muertos y las habría devuelto a la belleza y a la vida. ¡Ay, qué linda era mi mamá! Y ahora imaginarla devorada por los gusanos. En mi mente le pedía a los bellos gusanitos —sólo podían ser bellos los gusanitos que devoraran a mamá— que lo hicieran con delicadeza y cariño. ¡Vaya pedido! Y los imaginaba como a personajes de unos dibujos animados con caritas rechonchas y sonrisas diciendo que la carne de mamá era deliciosa y muy sana para sus cuerpecitos. Esas eran mis maneras de imaginar que mamá contagiaba su dulzura y su riqueza al mundo, a la naturaleza y a la vida. Era mi manera de encontrarla vinculada a la vida que yo podía apreciar en todo el alrededor: plantas, ríos, tierra, fango, mierda de caballo, plantas, frutas, decadencia y vitalidad. Yo había venido a la vida a convertirme en un observador de la transformación y ahora la vida me daba el golpe más grande que nadie pueda imaginar. Me arrancaba la más poderosa y contundente de mis conexiones con todo lo vital: a mi madre.
 Sólo quería ir a verla, aunque estuviera cadáver no me importaba, quería verla, abrazarla, darle un gran beso. Y mi tía en ese momento no me servía porque se mostraba evasiva, en realidad no sabía que iba a planificar mi padre y estaba esperando a que él resolviera. Mi primo Alberto estaba depresivo y mustio y en su cara se dibujaban sus preocupaciones acerca de la famosa herencia. Unas preocupaciones que ahora además tenía que disimular porque mi tía le había dicho que no era momento de aparecerse con esas reclamaciones, que quedaba muy mal y lo hacían aparecer de una manera que él no era. Él era un hombre muy generoso y lleno de cariño por los demás, decía mi tía, y era verdad, lo que pasa que el primo no acababa de entender, siempre según mi tía, los mecanismos de la vida. Yo no acababa de captar a qué se refería exactamente la tía con esa expresión pero no era algo que en ese momento me interesara, luego sí empecé a comprenderlo cuando vi que el primo se desmoronaba por la culpabilidad al corroborar que mamá había muerto. Si en ese momento le hubiera dicho que se trataba de un asesino, él me habría dado la razón, aceptando todas sus imaginarias culpas. Andrés Juárez en cambio estaba en un circunspecto papel secundario. Yo lo miraba con una extraña inseguridad y respeto hacia su persona. A esta altura no sabía qué pensar. Me amedrentaba un poco cuál pudiera ser su juicio acerca de mi persona. Me asustaba la posibilidad de que me hubiera oído decir que era un fantasma y que estaba muerto. Y al tiempo me aterraba la posibilidad de que pasados unos años preguntara a mi tía abuela acerca de Juárez y me contestara que de quién hablaba. Estas posibilidades eran y no eran reales para mí. Todo estaba en cualquiera de los casos, en la existencia. De modo que cuando empacamos todo para viajar a la capital y nadie mencionó a Juárez y ni siquiera dijeron que se quedaría solo a cuidar la casa a mí no me pareció que fuera un detalle sospechoso sino lo más normal, tratándose él de un fantasma inexistente.
Todo, todo me pesaba enormemente, y trasladar mis pies caminando era como arrastrar pesados muebles antiguos que se negaban a ser cambiados de sitio. Mi cuerpo estaba más seco aún, y mi cerebro espeso como si estuviera lleno de arena. ¿Cómo se puede pensar con el cerebro lleno de arena? Al volver de la playa hay que lavar el cerebro. A alguien puede parecerle raro o chistoso pero pensaba este tipo de pensamientos sin rumbo; del mismo modo que antes me había pasado meses en un bosque interrogativo haciéndome preguntas y más preguntas. Y justamente creo que aquella larga práctica en preguntármelo todo, fue lo que me sirvió de preámbulo a este nuevo estado donde aterrizaba sin más un chiste como para despejar el panorama de agobio y aplastante tristeza.
En los mejores momentos imaginaba a mi mamá muerta y le juraba con todo mi corazón que sería animoso, bien humorado y feliz en su nombre. Que ser feliz era lo que ella me había regalado, y eso era lo que más me levantaba el ánimo y lo que más me estimulaba a seguir por la vida poniendo un pie delante del otro. Y eso que también había aprendido de ella a encerrarme en mi habitación y tumbarme en la cama a oscuras, algo que no podía aguantar durante mucho rato, a diferencia de ella que pasaba días y días a oscuras. Como niño competía en todas las competencias y esto lo convertía en una competencia más, pero no era en la que pudiera ganar.
Me resultaba mucho más fácil ser feliz.

Hector D'Alessandro Sala, en Mundo 40 (+lista de reproducción)

domingo, 13 de abril de 2014

Literatura líquida. Novela. Día 24. Entrada 25

Yo no quería que nadie se ocupara de mi bien, no quería en absoluto que la sombre del bien comenzara a dañarme, ya conocía, desde muy reciente tiempo, las consecuencias, nefastas en principio para mí, obtenidas por mi papá en su intento por practicar la bondad. Mientras estaba allí pensando estas cosas, todas las palabras que mis parientes soltaban se iban vertiendo como plomo fundido en mis llagas más abiertas.
Mamá, no te mueras.
Eso es lo que me hubiera gustado exclamar, pero tenía que atenazar la lengua y todo mi interior porque se me hacía que me iba la vida en ayudarlos a ellos a mantener ese secreto ante mí.
Me puse a llorar desconsolada, interminablemente.
Mi mente se llenó de imágenes horribles de mi mamá muriendo sin mí, allá sola en la ciudad. La veía en su habitación haciendo girar sus ojos en círculos sempiternos. Sola y atontada a consecuencia de los medicamentos; sufriendo pero sin saber en superficie que está sufriendo. Sufriendo en el fondo pero con una postergación eterna inducida por los medicamentos; me sentía uno con ella, creía que si me dolía a mí su dolor, ella podría salvarse. Exclamaba en silencio en mi mente y en mi corazón. “Dios mátame en lugar de a mamá, llévame contigo”. Quería fundirme en un abrazo con ella y hacerle sentir mi amor como nunca antes lo hubiera sentido, hacerle sentir mi amor de modo tal que no pudiera menos que curarse con la descarga monumental de la energía de mi gigantesco amor.
Entonces, me puse de pie y me alejé de las casas en dirección otra vez al medio del campo, mi amigo me perseguía, callado e inmutable, ahora se parecía a la muerte, y llegando al medio de una llanura detrás de un cerro, abrí los brazos, los extendí al cielo y sentí que de las palmas de mis manos apuntadas hacia el cielo salía una energía que se conectaba directamente con la energía poderosa del dios del rayo. Que dios y yo éramos solo uno y que toda la energía del universo estaba pasando a través de mi cansado, seco y cambiante cuerpo y que todo el dolor del mundo pasando a través de mi cuerpo subía al cielo en un intercambio sagrado.
Estaba seguro de que mamá desde su cama sentía le fuerza invencible que allí se estaba produciendo y que ésta reponía de manera vibrante su  salud en todas las venas y en todas las arterias de su cuerpo.
—Dios, volví a gritar, ahora con toda mi voz, deja que mi mamá viva un tiempo más.
Entonces la luz del rayo me fulminó con un estampido ensordecedor y caí desmayado no sé cuánto tiempo, y al caer vi a mi amigo que se fundía con la oscuridad del horizonte en una nube que se acercaba como un tornado y se lo llevaba, tragándolo en su remolino con extrema violencia.
Me recogieron un rato más tarde y me llevaron a la casa, mi tía abuela estaba preocupada por mí. Me cuidaba con mucha aprensión y ansiedad, no era lo normal en ella, dueña de un pasmoso aplomo. De lo cual se debía suponer que su preocupación por mi salud y mi vida era intensa y verdadera.  
Estuve casi dos semanas en cama. Durante ese tiempo, Teresa y yo nos hicimos más amigos y llegué a quererla todavía más.
Se sentaba largas horas a la orilla de mi cama y me miraba, oraba, en otros momentos miraba a la pared absorta y continuaba moviendo los labios. No sabía yo que se podía llegar a preocupar tanto por mi pequeña persona, y lo encontraba por momentos excesivo a aquel movimiento de afecto en el padecimiento.  La miraba orar y cansarse mientras lo hacía y mientras sus ojos se entrecerraban los míos querían acompañarlos, a veces me daba la impresión de que empezábamos a soñar juntos. Varias veces al despertar le dije que estaba soñando que volvía a mi vida una serie de personas que hacía tiempo que no veía y que junto con ellas venía la sombra de un amigo mío imaginario que ahora se había largado de mi vida, y ella me contestaba que estaba soñando lo mismo. Yo no me lo podía creer pero por amor aceptaba sus palabras; luego también me entraba la duda acerca de sus afirmaciones pero volvía a concederle crédito a sus palabras. Así hasta que un día la vi que dormida me decía a todo que sí, que ella también, que por supuesto y eso me enojó mucho, me dio la sensación de que me trataba como a un niño pequeño, y yo ya no era un niño pequeño, era algo mayor y no me gustaba que me siguieran la corriente por quedar bien ni que me dieran la razón como a los locos.
Le grité que no me hiciera eso y su respuesta fue abrazarme y disculparse, y al soltarse y levantarse de la cama con la excusa de que iba al baño la vi que se secaba las lágrimas.

Narrar es un modo de pensar. Pensamiento narrativo con Héctor D'Alessandro

Narrar es un modo de pensar, de razonar.
Y sus razonamientos están estructurados en forma de frases.
En el nivel más elemental las frases son unidades de sentido que dan forma a imágenes, sensaciones y audiciones internas del escritor o la escritora.
El resultado final de todas esas imágenes, sonidos y sensaciones se traducen en frases, de modo que las frases narrativas son los razonamientos del escritor.
La opción por unas frases y no otras y su combinatoria constituyen el modo de razonar de cada escritor en concreto
Hasta ahora, este proceso se veía desde otras ópticas: estilística, narratología.
Pero, observado y sobre todo experimentado como razonamientos o pensamientos narrativos, permite acceder al autor al abc real de su modo especializado de usar el pensamiento, la prosa y el discurso.
El pensamiento narrativo es un proceso básico del cerebro, que ordena de este modo la totalidad de la experiencia perceptiva y representacional.
Por ello, el pensamiento narrativo está en la base del pensamiento creativo.
Todos los otros modos de pensamiento, surgen y se basan en este.
Por eso, acceder de nuevo a este modo de pensamiento, activarlo otra vez como una capacidad real y primigenia, no solo permite escribir creativamente.
Facilita el que pensemos pensamientos de mayor calidad y claros, eficaces, diferenciados y excelentes.
Esa misma claridad permite filtrar todo el material sobrante y por tanto la memoria comienza a trabaja de nuevo en un nivel de máximo desempeño.
En mi libro “Aprender es recordar. Una introducción al pensamiento narrativo” despliego y explico las bases de este pensamiento y cómo se estructura en tu cerebro, quieras o no.
En mis talleres entreno a tu cerebro para que recupere esta capacidad que te permite estar creativa en todos los momentos de tu día.

Héctor D’Alessandro

Con Paty


Aproximándome al fin de la novela.

Llevo días, en concreto seis, en que bajé el ritmo, o mejor sería decir que la novela, desarrollada, me lo ha bajado a mí. Todo el planteo necesario para llegar a esa escena cumbre que debe haber en cualquier novela, ya está puesto. Y luego, la bajada final la tengo completamente en mi imaginación. Las últimas frases del libro las sé de memoria. 
Quizás incluso termine antes del día calculado y ya podré comenzar a releerla con el objetivo de corregirla, recortar, pegar, toda una parte que hace años, antes de aprender coaching, me aburría y que ahora disfruto tanto como del mismo proceso de escritura.
La librería cerrará el día 18, que aprovecharé a tomármelo de descanso y el 19 concluiré. 
           Es decir que en los seis días que quedan se escribirán entre unas treinta y cincuenta páginas que nos llevarán directamente a la llanura donde pace la palabra FIN. 

viernes, 11 de abril de 2014

Entrevista en el Telebachillerato Canal 22 Megacable.

                                   Link para ver el vídeo

Literatura líquida Novela. Día 22 Entrada 23.

Lo único que animaba mis expectativas de cambio era la presencia de mi amigo oscuro. Pensaba que con él a mi lado aunque mis familiares y mi amigo Juárez se entregaran a disputas o a otros menesteres polémicos yo al menos podría divertirme y no descartaba en absoluto la posibilidad de que mi amigo de oscura sotana me hiciera reír con algunas de sus trampas para adultos, cambiando de lugar el sombrero de Juárez, cambiándole de hornalla la sartén a la tía, haciéndole bailar en la oscuridad su traje claro al primo Alberto.
Sólo deseaba que por Dios pasara alguna cosa que alterara nuestras vidas, puesto que me encontraba como en un larguísimo impasse del que quería salir y no sabía a esta altura cómo hacerlo. Iba a un lado y otro con mi amigo y al mismo tiempo deseaba que mi tía, a quien consideraba el puntal de mi nueva familia, saliera de la obsesión en que estaba metido con problemas de herencias con mi primo segundo, deseaba que saliera de ese estado de preocupación constante y me hiciera más caso. Al darme cuenta de que le exigía nada menos que esto, me di cuenta también que la consideraba poco menos que sobre humana, alguien que estaba a un nivel por encima de los demás, y que podía decretar desde su corazón y su mente opiniones tan contundentes que a los demás no les quedaría sino obedecer o aceptar sus interpretaciones. Probablemente la consideraba de aquella manera porque necesitaba en ese momento a alguien muy fuerte que me respaldara y sin embargo estaba solo una vez más, acompañado de mis amigos imaginarios, bueno, en realidad, de mi único amigo imaginario desde hacía un tiempo a esta parte. Un amigo extraño y patoso, se caía y se le rompía un brazo o se lo arrancaba intentando abrir la puerta de un coche en marcha y se lo volvía a pegar como si fuera goma. ¿Qué quería decir con este lenguaje en escenas? ¿Me hablaba quizás de la posibilidad de reírnos de los cambios dramáticos? Cuando me estoy poniendo muy loquito se me ocurren este tipo de ideas.
Con mi madre enferma y mi padre autista comunicacional sólo me quedaban mis parientes del campo como apoyo y estímulo, si ellos se vuelven locos también y se entreveran en una trifulca emocional sin sentido, yo me encuentro de veras perdido. Al comienzo me rescató mi amigo de ese caos, que es al tiempo una caída, y luego mi tía salió al fin de la absorción total en la pelea que dirimía en lenguaje cifrado con mi primo y pareció retomar cierto interés en mi persona ya no tan pequeña; persona que comenzaba a crecer, de a poquito pero sin pausa. Y mientras yo pegaba ese estirón ella intentaba mantenerme alejado de una discusión que mantenía con mi primo segundo, seguramente por temas de herencia ya antiguos en la familia pero que ellos no acababan de soltar como si se tratara de un remordimiento.
—Tú no te preocupes, los niños han de permanecer ajenos a estas cosas y no deben afectarte, y si tú ves que yo dejo de hacerte caso, me lo dices y lo solucionamos. Pero cuando tú me veas amargada o triste, es algo momentáneo y exclusivamente mío, tienes que saber que nada tiene que ver contigo y esos asuntos en nada van a cambiar el cariño que aquí recibes. Incluso del primo, quien, aparte de estar momentáneamente con un humor desagradable, siempre te quiere. El señor Andrés también te quiere. No olvides que estás rodeado de amor por todas partes.
—Pero el señor Andrés es un espectro, ¿cómo me va a querer?
—Con mayor razón, él te quiere para siempre, no puede alterar su emoción, se quedó fijado.
—No lo había pensado.
—Pero es así.
Cuando Andrés se presentaba nosotros seguíamos con nuestro juego y el no se daba cuenta de nada.
De lo único de lo que no me daba noticias mi tía era sobre mis padres. Ninguna novedad acerca de la actualidad o caducidad de sus afectos.
Me sentí, durante muchos meses, seco por dentro, cómo si la carne de mis músculos quisiera acabarse y utilizara para hacerlo la deshidratación sin motivo. Cuando lo consultaba con mi tía y luego lo consultábamos con el médico, a quien tardábamos tres horas en ir a visitar, la respuesta era siempre la misma. Que el niño no tiene nada. Que todo es mental. Aquella sequedad, sin embargo, me estaba señalando un cambio raro que se estaba produciendo en mí. De noche no me cabían los huesos de las piernas dentro de las vainas de los músculos. Se convertían éstos en unas medias muy apretadas que ya no contenían a los huesos y parecía por momentos que se iban a romper con la misma facilidad con se rasga un calcetín. En mi mente, la sensación era de que yo ya no cabía en mí mismo, en cierto modo, no me soportaba, estaba asqueado y harto de dar vueltas sin rumbo, lo que hacía un par de semanas me parecía lo más adecuado para mi existencia, ahora resultaba un estorbo molesto en mi ánimo y en mi cuerpo, fue en esa época en que comencé a sentirme rebelde y enojado la mayor parte del tiempo, amargado era la palabra más adecuada para definir mi estado habitual de ánimo, y ese estado además me disgustaba en sí mismo porque me quería deshacer del mismo y fracasaba consuetudinariamente. Parecía que estaba poseído por ideas de decadencia, de fin del mundo pero al tiempo no las quería dejar tomar posesión de mi cuerpo y de mi alma. Todo lo de esa época me asqueaba y me quería rebelar contra la tía abuela, pero no podía puesto que ella no era suficientemente fuerte para servirme de sparring ante mi situación. Necesitaba algo o alguien más contundente, alguien contra quien rebotar con fuerza y caerme sabiendo que la caída propinada estaba llena de amor y comprensión. Ataqué a mi amigo imaginario y se apartó de inmediato riendo.
Comienzas a comprender la esencia del cambio, me dijo.

Sobre el escritor uruguayo Héctor D'Alessandro que escribe en Xalapa.

PROGRAMA de CONTENIDOS del TALLER INTENSIVO de COACHING para ESCRIBIR

Coaching para escribir con Héctor D’Alessandro
(Taller INTENSIVO 26 de abril de 2014- Centro Recreativo Xalapeño)
1.       Lectura de textos de escritores consagrados y de los alumnos.
2.       Detección del modo “natural” de lectura de los alumnos.
3.       Entrenamiento en modos alternativos de lectura.
a.       Tal y como lee el ojo.
b.      Desestucturando la percepción. Fragmentaremos la lectura para que el ojo y el cerebro empiecen a desenfocar los modos de lectura que los alumnos traen automatizados.
c.       De qué manera el cerebro “filtra” el fraseo y esto determina el modo de pensar y de ordenar el discurso escrito y el oral. De todo lo que el cerebro produce qué llega finalmente a expresarse.
d.      Cómo el cerebro utiliza para enmarcar, ordenar y codificar la experiencia de producir discurso oral y textual (Aprenderemos a identificar los principales “metaprogramas” que utiliza el sistema nervioso para ordenar toda la experiencia y en concreto la de producción de discurso oral o textual.)  
(Este apartado “d” tiene dos dimensiones bien importantes: una de orden discursivo y otra de orden neurofisiológico. En el orden discursivo se aprenderá a identificar determinados contenidos verbales que estructuran el discurso. Palabras que emergen de metaprogramas inconscientes. Y en el orden neurofisiológico aprenderemos los llamados “accesos oculares”. Una herramienta muy útil para saber “dónde está” el otro a nivel creativo y “dónde estoy yo” a nivel creativo.)
4.       Niveles neurológicos. La gran herramienta de la PNL para entender cómo hace el cerebro para ordenar de un modo eficaz cualquier discurso oral o escrito, con independencia del género.
5.       Modelo P.L.I.C.A. o también conocido como modelo de personas, lugares, informaciones, cosas y lugares. Un modelo que reúne cinco metaprogramas que son determinantes en la construcción de cualquier discurso y de cualquier estrategia perceptiva. Aquí se puede comprender de qué modo la escritura o el uso oral del discurso es un modo de conocimiento, una auténtica epistemología personal. Y cómo la utilizamos de modo inconsciente para dar el salto a una utilización consciente y por lo tanto más eficaz.
6.       Lectura corporal desde el punto de vista neurofisiológico. A qué atender para comprender si uno está o no en estado de excelencia creativa. Cómo volver a él.
7.       La respiración en el estado de excelencia. Cómo usar la respiración para ir hacia ese estado.
8.       La postura. Las estrategias Disney de acceso a la creatividad, a la dimensión crítica y a la dimensión proactiva de puesta en marcha.
9.       Activar y vivenciar por parte del alumno su estado de excelencia con el propósito de grabarlo a nivel neurofisiológico y poder acceder a voluntad al mismo.

10.   Indagación al comienzo del curso y al final del estado personal de atención, concentración y memorización y afianzar al final los recursos adquiridos para mejorar estos tres elementos. Chequeo final.

jueves, 10 de abril de 2014

Literatura líquida. Novela. Día 21. Entrada 22.

¿Sería acaso ese modo de vida el que le permitía casi adivinar lo que yo estaba pensando? Así fue, con esa pregunta, que me metí de nuevo en la interacción con mis parientes. ¿Cómo puedo hacer tía Teresa para saber lo que otras personas están pensando?
—     Sabiendo con honestidad lo que estás pensando tú.
—     Y ¿cómo voy a hacer para no saber lo que pienso?
—     Teniendo miedo a tus propios pensamientos.
—     ¿Andrés Juárez le tiene miedo a sus pensamientos?
—     No.
—     El primo Alberto sí, ¿verdad?
—     No está en mí la voluntad de afirmarlo porque entonces sólo veré eso en él, pero puedo saberlo para perdonarme por haber optado por ver eso y solo eso.
—     Y  si yo tengo un gran temor ¿cómo sabré que empiezo a no ver todo lo que puedo ver?
—     Porque en lugar de ver lo que hay ahí fuera, permanecerás más tiempo mirando fotos fijas en tu mente de todo lo que temes y ni siquiera existe.
                Así fue que volví a mirar todo con mi ojo derecho, para ver cómo se desarrollaban las cosas antes que verlas fijas, y cada vez que me desviaba de mi intención, rectificaba mi visión de inmediato. Así fue que empecé a ver a mi primo Alberto con los ojos de la comprensión. Estábamos sentados a la mesa del desayuno cuando percibí que se encontraba apenado y que no quería dejar que el río de la pena se desbordara y causara una inundación en la cocina o en nuestra vida. Le dije: “Tú tienes pena, primito, y no quieres sentirla”. Él me dijo que tenía razón pero que era muy difícil su vida ahora como resolverla. Cuando dijo eso tuve la sensación de que se incrementaba en él un cierto olor agrio y desagradable, un olor que lo acercaba a la decadencia y a la muerte. 
Esa noche soñé que caminaba por una bóveda oscura de la cual no se conocía la salida y a cierta altura empecé a sentir una sombra conocida que andaba a mi lado. Un humor de aquella sombra me llegaba hasta mí como una vibración que me tocaba y me atravesaba con sensaciones familiares.
Me desperté y me vino a la mente la imagen de mi tía abuela, pero ella no me resultó una fuente de preocupación, luego me vino a la mente Andrés Juárez montado en su caballo, y él tampoco corría peligro alguno, por último apareció Alberto y él continuaba allí moviéndose en su mundo nebuloso de inestabilidad pero no me transmitía ninguna sensación de inquietud o temor por su estado general o su situación. 
Me dormí y volví a despertarme varias veces en la noche y me levanté totalmente extenuado, como si hubiera estado practicando algún tipo agotador de deporte en sueños.
Esa mañana me fui temprano al campo, entraba en el paisaje como quien se pone un traje conocido, así cada día de todos aquellos meses, casi un año. Me detuve sólo mucho rato luego de caminar y caminar intentando comprender el origen de mi desasosiego. Y al detenerme después de tanto rato tuve la sensación de que me detenía luego de todos aquellos meses deambulando en un bosque de interrogantes; aquel alto en el camino me produjo la conciencia densa de que un inmenso cansancio empezaba a desatarse en mi cuerpo. Como si una máquina grande hubiera parado de pronto en su gigantesco funcionamiento. Todo el cansancio del mundo cayó sobre mi y atravesó en cascada todos mis músculos.
Caí al suelo de rodillas y luego me dejé ir de bruces, y tal como caí, allí me quedé esperando a que algo extraño pasara. Pero nada pasó que no conociera, entorné los ojos como si fuera a vencerme el enorme sueño, di una cabezada y al cerrar los ojos por unos cuantos segundos que parecieron una auténtica eternidad soñé con algo que inmediatamente después olvidé, de modo que al despertar no pude saber si estaba o no relacionado con la aparición delante de mi pequeña persona de mi amigo oscuro e imaginario, quien se ve que al fin pudo sintonizar conmigo otra vez, con su larga sotana negra y su torpeza al caminar, en cierto momento se le cayó un dedo, que, ni corto ni perezoso, se agachó y se instaló de nuevo en su sitio.
—     ¿Al fin pudimos sintonizarnos?  Costó hacerlo aquí.
—     No era por el espacio, era el tiempo.
    Luego calló la boca y sólo se deslizó a mi lado como permanente compañero, como loro metafísico posado en mi hombro. Su antigua posición.
Recorrí el campo en su compañía aquel día y sentí renacer en mi cuerpo la seguridad y la certeza, acabaron las constantes preguntas que en su mayor parte guiaban mis pasos pero que en términos generales me mantenían aprisionado. 
Y al llegar a casa, como si todos supieran que yo volvía a contar con mi amigo para apoyarme en él, parecían estar revolucionados después de tantos y tantos meses viviendo como en una especie de sopor o alucinación extraña y quizás en el silencio respecto de la vida que a mí desde lejos me influía, la vida de mis papás. Alberto estaba inquieto y golpeaba con el puño en la mesa. Parecía querer refrendar alguna cosa, afianzarse, pero no lo conseguía. En principio parecían hablar de alguna herencia o de algo relacionado con una herencia. Eso me asustó y le supuse cierta crueldad al primo porque pensé que le estaba pidiendo a la tía que regularizara su situación testamentaria. Todos vamos a morir pero a todos nos gusta vivir de espaldas a la muerte, como si fuéramos inmortales. Me callé la boca y me hice el distraído porque sospeché que no era un momento adecuado ni la situación para expresar curiosidad y menos disconformidad con cualquiera de las opiniones que llegara a escuchar. No se trata de que me adelantara a ninguna de las frases que ellos iban pronunciando sino de que estuviera en silencio y en una actitud vagamente aprobatoria; claro que la presencia de mi amigo era por momentos incómoda para mí porque tenía la sensación de que él se burlaba de todo lo que allí se conversaba.
No era la típica situación llamada “el niño no se tiene que meter en las cosas de los adultos” sino algo quizás un poco más difícil de comprender porque el niño no podía meterse pero los adultos no estaban dispuestos a revelar demasiado; aminoraban la aceleración de sus palabras a medida que se acercaban a zonas al parecer peligrosas o evitables de la conversación. Hacían circunloquios y emitían extrañas exclamaciones parecidas a sonidos guturales, con las que me daba la impresión que intentaban opacar algunos contenidos del diálogo, desviar mi atención de los mismos o lisa y llanamente anular mi capacidad de comprender el tema del que hablaban.
La ausencia, seguro que sólo momentánea, de Juárez, se debía con la misma garantía de seguridad a que él no podía escuchar aquella conversación. Y como el capataz era omnisciente seguro que ya se había percatado de que no podía estar presente durante la escena; por lo cual seguro estaba un paso por detrás de la acción principal vaya uno a saber dónde demonios, detrás de qué bambalina.
Por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de estar en mi casa nuevamente; y debido a que se estaba evitando que yo captara una información que se estaba debatiendo ante mis ojos. Eso no se hacía aquí en casa de la tía abuela Teresa; hasta hoy. Yo me perdía en la mirada de uno y en la del otro buscando respuestas pero ellos estaban absortos el uno en el otro, en lo que preguntaría en la siguiente intervención, en lo que le respondería a su vez en la siguiente intervención. Se encontraban algo fanatizados u obsesivos.
Volvía a sentirme abandonado por los adultos, encerrado en mi jaula de silencio, no podía esperar de ellos atención y en el momento en que esto me sucedía venía mi negro amigo a visitarme. No podía esperar nada nuevo de lo que viniera a continuación, ya estaba viendo que se volvía a configurar la vida monótona de siempre. Yo afuera del circuito de la comunicación; extraño a todo. Me sentía mareado y confuso. No quería volver a aquello.

El Maestro de Ceremonias del Imperio del Extremo.


Había en la Segunda época un Maestro de Ceremonias del Imperio del Centro que veneraba a un Maestro de Ceremonias del Imperio del Extremo, que además de maestro de las labores de su profesión, era experto también en gastronomía.  Era muy alabado por el del Centro, en la lejanía.
   Recibió tantos halagos, que creyó en sus sinceras palabras y se trasladó a visitarlo.
   Al llegar se encontró con que el maestro de Ceremonias del imperio del centro tenía una esposa fea y jorobada y el emperador le hacía lamer muchos culos, de tal manera que su aliento apestaba. De vez en cuando le dejaban quejarse y decir que pobrecito de él, que qué maltratado estaba, y él, como era una víctima por naturaleza, aceptaba el papel y decía: "me tienen el último pero yo sigo aquí destilando mi sabiduría que nadie valora". Oscilaba entre los extremos de egotismo y lo de depresiva soledad masoquista. En esos momentos era cuando su esposa se decidía a ponerle los cuernos, pero luego nunca se atrevía, porque era una señora sensata que sabía que de ese modo no obtenía satisfacción sino un autocastigo aún peor.  
   Cuando el Maestro del Extremo llegó al Centro, se encontró con que su alabador lejano lo dejó al cuidado de su fea esposa, y esta lo presentó como experto en gastronomía. Era verdad que era gastronomía imperial, pero no era el conjunto de saberes que correspondían a su grado protocolario.
   Pasaban los días, llegó a estar ante el mismo emperador y cayó en la cuenta de que en el Imperio del Centro, por obra de la estrategia sucia de su amigo, era sólo un gastrónomo. Eso, no se hacía ni siquiera en las provincias lejanas y decadentes de la gente con color de enfermedad, donde daba clases un tal Sócrates y otra serie de bisexuales.
   Reclamó a la bruja la presencia de su marido, pero aquel hombre aterrado por sus fantasmas escondido detrás de su mujer se negaba a dar la cara. Azuzaba a la brujita con delirios, ellos eran muy poderosos, en su imaginación. El maestro del Extremo debía agradecerles y otras sandeces.  Sólo enviaba señales desde la montaña en la casa donde se encontraba escondido con humos de diferentes colores.
  El Maestro del Imperio del extremo se reunió en la posada imperial correspondiente a los cocineros con su hija y se dolió de la miserable actitud de los hombres cuando los ataca el miedo.
  Eso solo durante el rato necesario para recuperar el ánimo. Pero su hija lo convocó a preparar una gran comida, como las que él sabía hacer y que una vez la gente reunida para la bacanal alimentaria simplemente empezara a dar uno de sus discursos. Que sólo con eso alcanzaría. Y así los hizo el avezado político que era el Maestro del Extremo, que se durmió luego de tomar tisana para el hígado, para evitar que la rabia hiciera su labor de zapa. Y riendo con bromas que ahora se abrían paso en su mente.
Héctor D’Alessandro
(En los descansos y para mantener fresca a mi mente escribo ocurrencias en otros registros.)
 



En 21 días se instala un hábito o un nuevo estilo de vida.


miércoles, 9 de abril de 2014

Con Maresa, y con Ángel Rafael, Y con el poeta Fausto Carlos Trujillo Garcia, y con Caro Juarez.




Literatura líquida. Novela. Día 20. Entrada 22

¿Estaba retornando al hogar o estaba entrando en un camino que me conduciría a cualquier lugar del universo? ¿Cómo sé que cuando recorro un camino es el camino que me toca recorrer? ¿Es el verde que me conduce a casa el mismo que me alerta del tipo de mensajes que recibiré ese día? ¿Cuántas modalidades del verde podré llegar a captar y por ende cuántas modalidades de mensajes recibiré? ¿Es la tía abuela aquel bulto marrón y gris que se acerca por el camino? ¿Cuántas y cuántas veces he llegado a verla, una y otra vez, para sentir esa agradable sensación en el pecho y en el corazón de que estaba en mi casa? ¿Ella sentirá mi gratitud cada vez que arribo a la casa y la abrazo y la beso y de ese modo le transmito mi cariño? ¿En qué estaría pensando cada vez que yo llegaba? ¿En qué estaría pensando cada vez que al verla me agitaba por legar un segundo antes y tenderle los brazos? ¿Cómo volver a ese momento en que estaba pensando quién sabe qué y descubrir, sin inventármelo, cuál era ese pensamiento con exactitud? ¿Inventármelo? ¿Quiero recuperar exactamente ese micro segundo en el que soy eso que pienso y nada más que eso? ¿Quizás a partir de allí pueda recuperar la clave sobre cómo creo los hechos subsiguientes?  ¿Podré alcanzar ese instante? ¿Cuál es el motivo de que tras muchas ocasiones en que lo intenté fracasé? ¿La fugacidad de ese momento? ¿El fulminante golpe emocional que te aboca a ese momento de revelación es de tan vasta amplitud y profundidad que luego no sabes ni puedes saber nada acerca de la transición entre uno y otro momento? ¿Cómo puedes vivir, abuelita, con un fantasma? ¿Es divertido? ¿Su amor es incondicional? ¿Solo de un espectro es posible recibir un amor de los llamados incondicionales? ¿Los seres humanos no están preparados para esa meta inhumana? ¿Qué la larga práctica religiosa y espiritual la llevaron a ello? ¿Qué el conocimiento y la experiencia interior de dios conduce a descartar ese amor para una existencia meramente humana? ¿Qué eso la traspuso del plano de la experiencia espiritual al plano de la existencia espiritual?