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lunes, 24 de noviembre de 2008

Puedo. Héctor D’Alessandro

Puedo. Héctor D’Alessandro

Puedo darme todas las respuestas posibles.

Puedo preguntarme eternamente cómo supe que te querría.

Puedo preguntarme y responder con acierto acerca de un sinfín de cosas.

Pero me pregunto a cada instante qué me trajo hasta aquí.

Cómo llegué a esta ciudad, a esta costa, a este cuerpo palpitante que te desea.

Puedo responderme por ejemplo con una frase

Que estoy aquí por algo que desconozco

Por un destino anhelante de luz

Por una idea una frase una convicción.

Por una casualidad.

Preguntar por ejemplo al infinito murmullo de las rocas en la ciudad

A las palabras de sus poetas.

A los muros de agua que se desploman en la cambiante costa.

Cómo es que lo caminos me trajeron hasta aquí.

Viajar es quizás buscar una palabra una frase un verso que defina ese viaje

Esa búsqueda.

De todo cuanto es posible escribir en un muro, en el agua, en las líneas de tu mano

Escojo una

Sólo una que resume el sentido de mi arribo a estas costas a esta vida a esta palpitación constante

“Tots els camins son bons per fer camí”*.

* Este último, maravilloso, verso es del poeta Miquelt Martí i Pol

domingo, 2 de noviembre de 2008

La noche de la cena del reparto de la herencia. Héctor D’Alessandro.

La noche de la cena del reparto de la herencia.
Héctor D’Alessandro.


Este relato está editado en la antologia El Cucaracho

sábado, 30 de agosto de 2008

El aullido de las hormigas. Héctor D’Alessandro

El aullido de las hormigas. Héctor D’Alesasndro

Cuando yo era un niño, mataron a mi primer amor. Se la llevaron un día, la torturaron y la violaron y luego la enviaron lejos, muy lejos. A un lugar de donde ya no se vuelve. Yo tenía ocho años y ella ventiocho, pero me había enseñado a jugar al ajedrez y era mucho más divertida que mi familia entera. Decía que había que escuchar al propio corazón, a las cosas y a las plantas y animales. Mi amor por ella era fervoroso y sexual, se saciaba con diálogos a solas en mi habitación, practicando con la almohada qué cosas le diría para que al fin se diera cuenta cuanto la quería. Se saciaba en un restregarse fervoroso contra la almohada, con tensión, sin descarga y al fin con una larga meada de facundia tropical.

Yo aprendí que mi país era un terreno apto para la infamia, que mi país era horrible y mortal, que no hay otro igual.

Luego un día se llevaron de noche a mi dentista, lo lanzaron por el balcón de la cuarta planta donde vivía, metida su cabeza en una bolsa de arpillera, ese detalle tuvieron, para que no se mareara al caer.

Qué les voy a contar que no sepan, que les voy a contar que no hayan visto suceder en las calles más civilizadas de Montevideo.

En la tele salía un perro facineroso que vociferaba con el movimiento de sus cejas y proponía con enorme educación meter más gente presa, a los niños, a los padres de los niños, por sus ideas, por ser padres de esos niños con esas ideas. Con el tiempo se hizo presidente de la renovada democracia. Como un premio por sus innovadores proyectos. Yo no lo voté, pero el ganó y nos volvió a joder a todos.

Un vecino mío, esquizofrénico de profesión, decía: “no entiendo nada, yo voto a tal pero gana el otro, este país gira en círculos”.

Sí.

Durante años me dediqué a recomponer el pasado, esas imágenes y esos recuerdos. Los sacaba de noche cuando se oían la sirenas lejanas del país sin igual plagado de perros policía y los ponía todos sobre la mesa, los combinaba entre sí, intentaba sacar de ellos una respuesta o solución que me explicara todo y justificara ante mis ojos le regla de la inopia y de la maldad. Pasaba entonces de una explicación a otra y no lograba salir de la inútil cárcel que se extendía a través de todas las mentes.

Abrir la puerta para salir a la calle podía ser abrir la puerta para ir a dar directamente a la cárcel.

Pero la cárcel venía igualmente a visitarte. Una señora que limpiaba y cocinaba en casa, está pelando unas papas y se le caen, papas y cuchillo de las manos, se sienta en la silla, apoya la cabeza en las manos y llora. Tiene nauseas de los nervios que pasa desde hace una década. Su hijo está preso. Todo el mundo está preso. A todos se les cae el cuchillo y las papas de las manos.

Vuelvo a mi cuarto y meto todos los recuerdos y las imágenes en su caja, no volveré a marearlas en días. Todos estamos presos.

El año que viene será presidente de mi país un señor que se pasó trece años preso, nueve de ellos en un pozo húmedo con el agua pudriéndole el cuerpo. A veces durante el día miraba las hormigas, las oía trajinar, las oyó, en medio de aquella inmensa desolación, aullar. Las hormigas gritan, dice. Yo le creo. En las noches montevideanas la soledad es ancha y el horror puede ser inmenso, las hormigas pasan en fila aullando.

Quiero saber porqué lo hacen.

Sincronicidad: una de Nabokov y Kubrik. Héctor D'Alessandro

Sincronicidad: una de Nabokov y Kubrik. Héctor D'Alessandro

Los narradores que se inventa Nabokov suelen ser gruñones antifreudianos. Un recurso, Borges, más positivo, fingía la creencia, por parte de sus narradores, en la teoría de la voluntad como representación, de Schopenhauer. La filosofía, así como la ciencia, funcionan como variedades narrativas, resultan muy próbidas a la hora de nutrir el discurso de un narrador o de un personaje.

Los narradores que se inventa Nabokov nunca son, por ejemplo, antijunguianos, “ser” eso requiere un lector de elevadas miras y además muy entrenado. Sin embargo, la sincronicidad, o teoría acausal del universo, nutre buena parte de sus ficciones y de su vida.

Una anécdota acausal nabokoviana.

1916. Vladimir Naboov hereda de su tío Vasili Rukavíshnikov una enorme fortuna que lo libera de por vida. Fortuna que pierde al año siguiente a manos de la revolución bolchevique.

Entonces tiene un sueño que anota en su cuaderno: El tio Vasya, su voz, le dice “Volveré a ti con el nombre de Harry y Kuvyrkin”. Harry y Kuvyrkin son, en el sueño, dos payasos, inexistentes, aludidos por las palabras del tío pero nunca vistos por el soñador.

En 1959, ya ha salido “Lolita” y él se encamina hacia la fama y la prosperidad definitivas, no obstante, aún le falta “aquel” cheque definitivo que lo saque de la monotonía absurda de sus días como profesor. Un día lo están entrevistando para la ñoña revista “Life” cuando recibe una llamada de un amigo que le dice si ha leído el New York Times. Casualmente aquella mañana no lo había leído aún y eso que a diario lo hacía, debido a que seguía con interés y pasión el caso del niño Nimer que muy probablemente había asesinado a su familia.

La noticia, aquella mañana, de interés para Nabokov, era que Harris y Kubrik habían comprado los derechos de “Lolita” por 150.000 dólares, más 15 % de la recaudación.

El tió Vasili había cumplido, volvía y lo hacía con vibrante fuerza monetaria.

(*) La anécdota que nutre a este texto está narrada por Brian Boyd en su excelente biografía "Vladimir Nabokov", en el segundo tomo ("Los años americanos" , pagina 449. Editorial Anagrama, 2006)



lunes, 16 de junio de 2008

Testigos. Héctor D’Alessandro

Testigos. Héctor D’Alessandro

Para que nada sea en vano, se inflan las palabras, para que estas caigan como cascadas, como piedras, como rocas rodantes por la montaña, despeñándose con estruendo.

Para que nada sea en vano, el rugir de la batalla expresa lamentos de moribundos y gritos jactanciosos de matadores.

Y de la tierra mana sangre.

De la tierra mana sangre para que la vea, la guste, la oiga aullar el testigo.

El pastor de cabras a la puerta de su choza tranquila. El señor que por allí pasaba. Todo lo hace Homero con arte, con sorprendente habilidad, con viveza y con intuición. No escribe para el órgano del templo ni para los grandes corifeos.

Su verso va a dar como un cauce breve que se hace hilo de agua rica al oído de un pastor, un pastor perdido en la montaña que oye desde lejos el rugiente clamor de la batalla.

Todo se hace por un pastor.

La poesía toda. La pasión. La luz de la tarde, el verdor y la sangre se harán por un pastor.

De nada vale, para nada sirve el rugiente clamor y la gritería despeñándose por los barrancos como un eco inmenso de la carnicería infinita si no lo escucha alguien, alguien como tu, alguien que pasa por allí, el pastor, el señor ese que anda por ahí.


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