viernes, 16 de mayo de 2008

Tu dile que me haga caso. Héctor D’Alessandro


Tu dile que me haga caso. Héctor D’Alessandro

...tu dile de parte mía que cuando vaya a ese lugar, les siga la corriente, son muy antiguos y cuando se refieren a su lugar de nacimiento, dicen “mi tierra” y ponen una cara como si se les aflojara la boca y se les cayera la baba, se reblandecen de pies a cabeza y parece que vayan a mearse, tú dile que sí, que, aunque le parezca ridículo, piense en sí mismo como un "pariente lejano de alguien", si es que puede imaginar una cosa así, y diga cosas tontas como “yo amo a mi tierra” y “como la tierra de uno no hay ninguna”, tu dile que eso, entre los nativos de allí, vende mucho.

...dile también que cuando se refiera a cualquier lugar, emplazamiento, comercio, bazar, tienda o perro siempre lo llame por el nombre, que diga fui al “melania” en lugar de decir “fui a un bar que se llama melania”, de otro modo lo tomarán por complicado, que diga me encontré al “matías” en lugar de decir “me encontré un perro que se llama matías” porque entonces pensarán que no quiere a los animales.

...dile, asimismo, que olvide los adverbios, que no los use en el habla, que no mida las palabras, ni relativice los eventos, que tampoco diga la palabra eventos, que hable así, a lo bestia, pero que diga que es “auténtico”, sobre todo eso, que lo proclame a los cuatro vientos, que no espere modestamente a que le reconozcan nada, que diga y grite exangüe “yo soy auténtico” o “soy auténtica” si es que cambia de sexo.

...pero sobre todo que lo diga, que lo diga y que lo diga. Que no permita que nadie lo diga en nombre suyo, que pare a la gente por la calle y con rostro desesperado diga “óigame, yo soy auténtico, soy auténtico, soy auténtico”.

...dile también que siempre y en todo momento, venga o no a cuento, diga que ama a sus padres, que los quiere como a nadie, que no los hay mejores, que son una pasada.

...si ofende a alguien dile que no se preocupe, que les grite a la cara que es porque es auténtico y que eso es el excipiente necesario de su sinceridad, pero, por favor, que no utilice la palabra "excipiente", que diga que eso es lo que le sale porque le sale.

...y que "es lo que hay"...esto sobre todo. Esta frase vende mucho y sirve para quedar bien en cualquier lado, parece que lo explica todo, después del sexo, la comida o el dinero. Cuando no hay explicación, nada, es lo que hay y a otra cosa.

...luego además dile que se olvide de su anorexia... que olvide la técnica de mirar la foto de un plato combinado para inducirse el vómito. Que coma tres platos, postre, dos cafés, un carajillo, una copa y otra. Es lo mejor para no pensar. Esto, que es una verdad, debe proclamarlo, debe decir que no quiere ni desea pensar, que no está hecho para ello y que no desea hacerlo. Se anotará varios puntos.

...luego dile que lo explique todo con sexo, ¿deprimido? Falta de sexo, o sexo en demasía. ¿alegre? Demasiado sexo o excitación por falta de sexo y así, sí, ya sé que parece antiquísimo, quedará muy bien.

...también dile que tenga una actitud militante antiintelectual. Que a todo diga ¿qué? ¿qué? ¿de qué habla? Eso en compañía de cómplices queda fenomenal y puede echar unas risas falsas con las cuales tendrá una aproximación con los otros rientes... cuando haga esto dile que no deje de observar que él y el resto de rientes tienen la cabeza fenomenalmente amueblada, pero sin decir "fenomenalmente"

...bueno, al final, para convencerlo, dile también que si sigue estas recomendaciones, llegará lejos... pero que las siga a rajatabla...que me haga caso una vez en la vida.

jueves, 15 de mayo de 2008

Borges y los Tupamaros. Héctor D'Alessandro


Borges y los tupamaros.

Héctor D’Alessandro

Imaginen una tierra una tierra que tapona y cierra la lucha entre imperios. Entre el Imperio portugués y el español, entres las castas criollas descendientes de unos y otros. Entre el pujante imperio inglés y el débil imperio francés. En medio una tierra “purpúrea” que marca el linde y establece el horizonte. Están imaginando el Uruguay. Allí nacen y crecen seres con una conciencia no desagarrada de su identidad; una autoconciencia fría y clara. Somos un resultado; buen método para estar sobre la tierra.

En ese lugar nace la guerrilla más elegante que conoció Occidente.

Con una identidad inabatible; pero con una conciencia de que esa identidad sólo es una función de una acción mayor, una representación necesaria.

Los toques de ironía de su accionar entró en concordancia clara con el desarrollado sentido del humor de la población.

Al otro lado del río un hombre, un hombre ciego, maquina sus visiones, las manipula a un lado y otro y vengarse de la realidad parece su objetivo. Pone sus manos delante del rostro y no las ve. Existe pero sabe que no es. Sabe que no es. Que desconoce y desconocerá los secretos designios del Universo. Circunstancias y el fanatismo de una historia violenta le llevan a desertar de sus creencias juveniles. Calla y observa, no habla de nadie que no haya muerto hace cien años.

A ambos lados del río, los jóvenes son asesinados a tiros, los lanzan desde helicópteros. El hombre ciego estrecha la mano de un dictador horrendo.

En el fondo de un pozo, un guerrillero tupamaro recita para sus adentros un poema del poeta ciego. La belleza es propiedad de la raza.

Pasan los años; los antiguos guerrilleros desbaratados gobiernan la tierra purpúrea.

Con el tiempo, no serán lo mismo, Borges y los guerrilleros, a ambos lados de la moneda de la historia; no, no lo serán; aunque en secreto se habrán visto mutuamente como materia de sus sueños.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Borges y yo. Héctor D'Alessandro

Borges y yo, por Héctor D'Alessandro

Murió mi madre y sufrí, pero no lloré, estaba dentro de lo posible y por motivos médicos, lo esperaba. Murió mi padre e hice un amago de llorar; mi mejor amigo, que aún vivía en aquella época me dijo “no lo intentes porque parece falso”. Pero cuando murió Jorge Luis Borges lloré, lloré de verdad porque había muerto el escritor que más significado tenía dentro del contexto de mi vida. Mis padres, como todos los padres del planeta, con todo el amor que les tuve, sólo me trajeron a este mundo. Jorge Luis Borges me transportó a otros mundos donde vivir resulta más interesante que hacerlo en este lugar tan extraño que nos ha tocado. El día de 1983 en que pude estrechar fugazmente su mano, no salió ninguna palabra de mi boca, sólo un agradecimiento silencioso corría por mis venas, aun siento la suavidad de su palma tocando la mía y la emoción, tan fuerte, que experimenté aquel día, al estrechar la mano del maestro más grande en siglos que la humanidad había dado. Sólo por eso la vida es brillante y colorida y se parece a la felicidad. Yo también soy feliz por haber conocido hombres sabios; las experiencias que viví leyendo sus libros y la felicidad de sus frases forman parte tan íntima y clara de mi memoria personal, que a veces creo ser un personaje de su mente fabuladora y cuando experimento esto y a modo de broma que me gasto a mí mismo, digo que ojalá sea cierto.

h.d.

El secreto del arte. Por Lawrence Durrel.

El arte es un secreto a gritos.
Lawrence Durrell

Principio de ataque uno cada vez. Héctor D'Alessandro

Efecto Stormtrooper.
Storm trooper effect o Stromtrooper syndrome. Así se define a un cliché narrativo que definió el critico Roger Ebert. Consiste en que los antagonistas, a pesar de su superioridad numérica son irrealmente inefectivos en el combate. También lo llamó Ebert “Principio del ataque de uno-cada-vez” y lo explicaba así: “En cualquier situación en la que el héroe esta rodeado por docenas de enemigos, estos lo atacarán uno cada vez”. Muy común, desde Macbeth en adelante, sobre todo en películas de artes marciales, llega a su cenit en las películas de Bruce Lee y su parodia se puede ver en Kill Bill, de Tarantino. (Refundido de Wikipedia)

lunes, 12 de mayo de 2008

La realidad de las ciudades. Por Héctor D'Alessandro


La realidad de las ciudades. (1994) Por Héctor D'Alessandro Sala

Mi deplorable condición de argentino

me impedirá incurrir en el ditirambo

–género obligatorio en el Uruguay–,

cuando el tema es un uruguayo.

Jorge Luis Borges

Dilucidar el arduo problema que tengo entre manos me proporcionará el denuesto y la apología en ambas orillas del río más ancho de la Tierra; el Río de la Plata.

El carácter real de esta historia ha de quedar, necesariamente supeditado a la conmoción de primera línea que ha de iniciarse en otros órdenes.

No me presentaré con mi nombre verdadero; ésta circunstancia no me afectará. Diré, sólo por fijar de algún modo mi identidad para el lector, que soy la encarnación material y concreta de aquel poeta de segundo orden al que también cantó mi querido amigo Borges. En mi persona real se inspiró para aquellas escrituras. Me exornan, asimismo, otras cualidades de las que aquí doy cuenta. He estado, a lo largo de mi ya extensa vida, compartiendo cátedras de importancia. Llegué a mi cumbre en un verano asaz luminoso de California del año 1976 o 1977. En aquella aula me flanqueaban, a la izquierda Jorge Luis y a la derecha Rodríguez Monegal. No diré más. No deseo revelar mi personalidad concreta y cuido cada término y cada dato con la finalidad de impedir el montaje del rompecabezas.

Siempre faltará una referencia.

Nací en 1902 en una de las más bellas, luminosas y oxigenadas ciudades de la geografía: en la marítima Montevideo. Una ciudad preñada de egolatría. Una ciudad que cada amanecer parece desperezarse como un animal joven pletórico de respiración. La bibliografía mundial la enumera distintamente. Fue o es sucesivamente "la nueva Troya" de Alexandre Dumas. "La Atenas de Plata." "La tacita de plata", en competencia con Cádiz. "El otro Monte" de Isidore Ducasse, significada como un Parnasso. "Capital de la Suiza de América". Denostada casi exclusivamente por sus propios hijos (Julio Herrera y Reissig) no diré con qué palabras.

A fines de la década del 40 conocí por segunda vez a Jorge Luis Borges en la cafetería "Sorocabana" ubicada en el centro de Montevideo. No hacía mucho que Borges había tenido un accidente bonaerense; en la oscuridad de una escalera se dio un golpe en medio de la cabeza que lo dejó sin sentido hasta su despertar a la conciencia días luego en el hospital. Aquella experiencia sería trascendente para el desarrollo de su persona y, lo que es más importante para la humanidad instruida, su apertura a nuevos mundos fantásticos.

En el mismo hospital Borges solicitó lápices y cuadernos donde comenzó a anotar lo que su imaginación se había encontrado de un modo, a todas luces, no casual.

Aquella tarde, polemizamos hasta el atardecer acerca de la enmarañada genealogía del antiguo virreinato del Río de la Plata; las equívocas circunstancias que nos "juntaban" según el perdido lenguaje de los criollos o que nos "hermanaban" si nos atenemos a las palabras de las castas políticas de las dos orillas. El fervor del patriotismo no es, claramente, patrimonio de Jorge y tampoco forma parte del mío, aunque me duela.

Ambos éramos, aquella tarde, de similar parecer. La forma que le aporta el medio no debe oprimir a la persona; pensaba yo, algo más adentrado en materias de la Ciencia Política –ciencia que en nuestro días lleva un nombre más parecido a la designación de una vacuna antimicrobiana que al de un saber–. Jorge, más pobre, menos leído, simplemente modesto, quizás irreal, distanciado u orientalizante, consideraba estas circunstancias como irreales y el ego como una vicisitud cimentada por el vacío.

Todo aquello que nos rodeaba podía ser distinto; la ciudad se cambiaría por otra y las relaciones entre colectivos humanos radicalmente otra, sólo permanecerían dos egos que hablan sobre el destino y las características de sus pueblos.

El halo de la Gloria ya acompañaba a mi tranquilo amigo. Yo lo podía ver y aquello me modificaba. En aquella época leía mucha historia de las diversas patrias, combinaba aquello con la inquietante consulta a la Blavatsky y al supernumerario Leadbeater. En todo podía ver el diseño oculto de un significado; éste estado sólo había sido cantado por Paul Claudel aunque hay sobrados motivos y referencias acumuladas para hacerlo obvio.

Las circunstancias todas del accidente referido por Borges, componían una cosmología particular plena de sentido y profundidad. Él ya no era el que había sido; pero de un modo radical. Aquel accidente que puede ser "pequeño" o una "nimiedad" a los ojos de los profanos, tiene un hondo significado.

Reconstruido como un acto de dramaturgia, paso a paso, compone, en todos sus detalles, una maravillosa metáfora casi esotérica del inicio, umbral o entrada en el camino que nos conduce al centro de nuestro ser y nuestra vida. Los caminos son circunstanciales; todos llevan al mismo lugar.

Jorge había ido a visitar a una mujer amada. Se comunica con ella través del interfono. "Ella abre las puertas." "Él atraviesa el umbral." Cuando se dirige al ascensor, un repentino y a mi parecer, nada casual, "corte de luz" le deja sin medios mecánicos, tecnológicos, normales y fáciles de ascenso. "En la oscuridad busca a tientas, sin luz, guiado por la memoria y la intuición una ruta de ascenso." Una escalera. La subida es prolongada y dificultosa y "en círculos". En uno de los pisos, con la seguridad que le han dado ya varios minutos de ascenso se despreocupa, se olvida de sí, con la plena soberanía sobre sus sentidos más mecánicos, con fuerza y entusiasmo se ciega más aún a cualquier eventual dificultad. Entonces, de pronto, tropieza, se golpea la cabeza con el marco de hierro de una enorme ventana abierta a la noche en medio de aquel ascenso circular y homogéneo. No es una casualidad que fuera justamente una "ventana", con el enorme contenido simbólico y arquetípico de que este inocuo elemento de la cultura humana está cargado.

Tras aquel imprevisto golpe, la oscuridad total y la inconsciencia.

Caía la tarde en Montevideo y la atmósfera se tornaba irreal. Jorge y yo sentados en aquellas añejas sillas del café "Sorocabana". Él bebía una grappa con miel, yo degustaba un café; la última exquisita mezcla traída del Brasil.

Inevitablemente debimos hablar de tango. Una vez más se debatió en nuestra austera y marmórea mesa la pintoresca versificación de Santos Discépolo. Una vez más juntamos en espíritu a Razzano y a Homero. Inevitablemente nos divertimos, entre elegantes y cáusticos, fingiendo polemizar acerca de la filiación de Carlos Gardel. Aún estaba escondida en el tiempo la tesis de Sebreli que confirmaba el nacimiento de Gardel en el Uruguay y las abstrusas y sórdidas razones de su nacionalización como argentino.

Borges reía en aquel atardecer, entrecerraba sus ojos con sorna. Nunca hubo en él una ironía bien definida; apenas una dulce insinuación más similar a la compasión que otra cosa.

Como dice nuestra gente "una palabra trajo a la otra" y terminamos hablando de nuestro propio parentesco. Pertenezco a una estirpe de españoles y portugueses que dio entre otros al primer aviador del Uruguay, Don Larre Borges. Este es, justamente, el momento que vincula nuestra sangre. No diré más.

Muchas ocasiones, a lo largo de la vida, el significado profundo de una conversación no se hace claro hasta mucho tiempo luego. Ninguna conversación es inocente; todas están, permanentemente, deslizándose al borde de una verdad o una realidad con la que tiene una secreta conexión.

Aquella tarde hablamos de la escondida filiación de Gardel; en realidad, hablábamos de otras cosas con las cuales aquella antigua polémica tenía una relación de espejo vagamente deformante.

Borges hablaba, esperábamos a alguien –no recuerdo a quién– y comenzaba a sentirme extraño, como si buscara algo inquietante en mi memoria.

Todo atardecer es raro; y en Montevideo, esta peculiaridad, parece acentuarse.

Con los muchos años y el trabajo del olvido y la memoria, aquella tarde se modificó de modo sustantivo.

Llegué a pensar ¿hablé con Borges alguna vez, sentados a una mesa de mármol, en elegantes sillas de madera muy antigua?

Las alternativas excitantes de nuestra ciudad, el ir y venir, las nuevas inquietudes, el reverbero intelectual, no me impedía volver, cada tanto, a repasar aquella tarde.

Hasta que un día, en casa de Haedo, me di cuenta y casi me sobrecogí. Una foto muy antigua hecha en el departamento de Soriano me mostraba a mí, a mi madre y a otro niño. Interrogado mi tío Alberto, casi centenario, me lo confirmó.

"Ese, hijo, es Borges cuando todavía era uruguayo. Oriental, como le gusta decir a él."

Borges, exornado de su halo de fama, que ya apuntaba al futuro, sus recurrentes temas de conversación, la dignidad de su persona actual, me ocultaba un hecho antiguo.

En la finca de campo de Soriano, cerca de las misiones jesuíticas, acariciado por el aire eterno de los pinos y las acacias, vivía, a comienzos de siglo, un niño que era mi amiguito y que se llamaba Jorge Luis; huelga pronunciar su apellido.

No lo había soñado. Había allí una foto.

Aquel niño del campo hablaba inglés, francés y se defendía muy bien en portugués.

Nada más llegar a Montevideo le escribí a Borges; le narraba la inmensa alegría de saber que mi sensación de "dejàsvu" tenía un sustento material en el pasado.

Contestó. Cuatro líneas agradeciendo mi epístola pero no mencionó, en ningún pasaje, el hecho de que en el pasado nos hubiésemos conocido en tales circunstancias.

Pensé, un poco audazmente, "no desea dejar rastros de su pasado uruguayo". Pensé, incluso, que quizás el pasaje en que se lo mencionaba no estaba suficientemente claro. Llegué a creer que aquel pasaje, mágicamente, se había borrado. Pensé "ser Borges y, además, ser uruguayo, es, casi, un pleonasmo".

Y guardé el secreto.

Lo guardé hasta que casi treinta años luego volvimos a encontrarnos y le vi hacer algo similar a la magia ante un público anglosajón. Nuestra patria estaba sometida por el terror de una feroz dictadura y los emigrados y exiliados éramos miles.

De entre el público salió una señora de aspecto inocuo que no hizo ninguna pregunta de alto contenido intelectual; simplemente le dijo, casi gritando, desde la platea:

–Borges, soy yo. Soy Olga, la hermana de Panchito. Se acuerda... del Uruguay.

Y él, entre la sorpresa, el agrado y algo similar a una equívoca confusión, respondía como un médium:

"Sí... Panchito... caramba... claro, claro que me acuerdo... En el Uruguay."

Y así divagaba creando una atmósfera de reconocimiento pero sin llegar a decir nada concreto, moviéndose en el recuerdo de la realidad como si recordara imágenes literarias.

Entonces no me aguanté más, en medio de aquella conferencia llena de público admirador, apoyé mi mano en la suya y acercándome al ciego poeta le susurré al oído:

–Borges, a mi no me engaña, usted nació y se crió en el Uruguay. Nosotros, de pequeños, en verano éramos compañeros de juego. No lo declara por modestia, ¿verdad?

Él rió y me susurró al oído.

"Eso son detalles, circunstancias. No es la primera vez que me lo dicen. Los mitos son más fuertes que la realidad."

¿Qué quería decir? ¿Qué se sentía, en lo hondo de su corazón, tan uruguayo como argentino? ¿Que el mito de su origen argentino era más fuerte que la realidad de su nacimiento? ¿Que el mito uruguayo de considerar propio todo lo más granado y excelso era más fuerte que su posible origen argentino?

Lamentablemente, habían pasado más de setenta años. Aún así, con pocas esperanzas, viajé a Soriano en busca de pruebas, de documentos. De algún modo me comporté según prescribe el mito del escritor de segundo orden que alimentó Borges en su poema inspirado en mi persona. Invencible al fracaso ante la realidad, incapaz de demostrar la majestad de su genio, se inclina por la obra meticulosa, trabajada, documental, probatoria de algo.

Fui en busca de una partida de nacimiento.

Y la encontré, el 23 de agosto de 1900 había nacido un niño en Soriano con su nombre. Allí estaba. Los nombres de sus padres estaban borrosos, pero podían restituirse en la caligrafía emborronada por el tiempo, con algo de imaginación, los nombres de sus progenitores.

Fui a casa de nuestros antepasados. Casi nadie lo recordaba pero suponían que era "ese escritor tan famoso". Nuestros antecesores no estaban al tanto de las novedades literarias; apartados, vivían del material rumiado por su propia memoria.

Mi tesis demostrativa se quedaba coja; mi tío Alberto Haedo tampoco se atrevía a afirmar con seguridad la identidad de aquel niño y el hombre actual.

¿Quién puede asegurarme que corrí tras una fantasmagoría? Borges era un experto en fantasmagorías y en la redacción de anécdotas fantásticas. El uruguayo que se hizo pasar por argentino. Narraba con inocencia auténticas mitologías mediáticas entre éste y los otros mundos; dejó lo mejor de sí en conversaciones misteriosas construidas con un sinfín de sobreentendidos. Sólo yo poseo el secreto, la hermenéutica de su ascenso a la luz en una torre oscura con todas y cada una de sus claves cabalmente ocultas.

Poseo un documento y la contumaz convicción contraria a la de una generación entera en el ancho mundo. El tiempo es nuestro único aliado; cae la noche en Montevideo, sólo yo sé que Borges era otro uruguayo y, como dijo un gran poeta, "sólo es real la niebla"*.


(*)El “gran poeta” es Octavio Paz.

sábado, 10 de mayo de 2008

lunes, 5 de mayo de 2008

Lo que el criado no rompe, no lo puede ver Madame Bovary. Ideas sobre la cohesión narrativa. Por continuidad y por contigüidad

Cohesión narrativa. Por continuidad y por contigüidad

Héctor D’Alessandro

Si la reducimos a su mínima expresión posible, la cohesión narrativa puede derivarse y sobre todo buscarse en los elementos fundamentales de la oración. Sí, como lo enseñaban en el colegio. Sujeto, verbo y predicado.

Las preguntas por la cohesión a la hora de corregir en este nivel elemental, son:

. ¿Esta oración tiene el mismo sujeto que la anterior?

. ¿El sujeto de esta oración es el predicado de la anterior?

. ¿El predicado de esta oración es el sujeto de la anterior?

. ¿Esta oración tiene el mismo predicado que la anterior?

. ¿El sujeto de todas estas oraciones está unido por algún nexo significativo?

Son preguntas fundamentales a la hora de analizar la cohesión. El verbo, en cambio, raramente se convierte en sujeto o predicado; casi siempre está supeditado a un sujeto inmanente a la serie de frases. Su uso como vehículo narrativo fundamental (primer lugar en las frases) no es imposible pero es raro y narrativamente poco frecuente, por no decir inútil. Hay excepciones muy honrosas, se trata de novelas cuya técnica central de narración consiste en el resumen; son trepidantes pero también agotadoras. (Un ejemplo con méritos evidentes es "Vida de una maligna".)

Veamos ahora este espléndido pasaje de Madame Bovary.

“El aire del baile estaba viciado; las lámparas palidecían. La gente refluía a la sala de billar. Un criado se subió a una silla y rompió dos cristales; al ruido de los vidrios rotos, madame Bovary volvió la cabeza y divisó en el jardín, contra los barrotes, unas caras de campesinos que estaban mirando. Entonces le vino el recuerdo de Les Bertaux. Vio la casa, la charca cenagosa, a su padre en blusa debajo de los manzanos, y se vio a sí misma como antaño, desnatando con el dedo los barreños de leche. Pero, en las fulguraciones de la hora presente, su vida pasada, tan clara hasta entones, se difuminaba toda ella, y Emma dudaba hasta de haberla vivido. Estaba allí; después, en torno al baile, no había más que sombra, extendida sobre todo lo demás. Estaba tomando un helado de marrasquino, que sostenía con la mano izquierda en una concha de esmalte, y entornaba los ojos, con la cuchara entre los dientes.

Junto a ella, una dama dejó caer el abanico. Pasaba un bailarín.

– ¿Me hace usted el favor, caballero –dijo la dama– de coger mi abanico, que está detrás de este canapé?

El caballero se inclinó y, cuando hacía el movimiento de extender el brazo, Emma vio la mano de la dama echando en su sombrero una cosa blanca doblada en triángulo. El caballero levantó el abanico y se lo presentó respetuosamente a la dama; la dama le dio las gracias con un movimiento de cabeza y se puso a oler su ramillete.”

Las tres primeras frases poseen un nivel de cohesión (contigüo) fuera de la frase. Su cohesión radica en otro conjunto de frases que sabemos anterior y que hablan de un sujeto que es “el baile” y la “sala del baile”. El lugar donde se desarrolla la acción. Flaubert en este momento no se extiende más por un motivo concreto. Estas dos o tres frases las necesita para mantener la acción sujeta al sitio que ya largamente describió en párrafos anteriores. Necesita, narrativamente, apoyarse en la sala y en alguna característica actual de esta (su aire esta viciado, por ejemplo) para continuar.

Aquí tenemos respuesta a una pregunta y a dos problemas. Uno, el sujeto común a todas las frases descriptivas (descriptivas en este caso concreto. Pero puede tratarse de un pasaje escrito con la técnica de la “corriente de conciencia” y los problemas serían otros. En este caso, el lugar que se describe no importaría sino el lugar “desde donde” se “emite” el discurso). En el ejemplo de Flaubert se da por supuesto (al lugar) porque ya antes se habló in extenso acerca de él. Lo que no puede hacer Flaubert y ningún otro autor, es extenderse en la descripción de actividades con un sujeto externo y anterior al conjunto de frases; a menos que se den señales claras de que se está dilatando el tiempo narrativo por algún motivo necesario (una pausa es la figura narrativa mas frecuente, muchas veces se hace con finalidad paródica*).

La serie de frases con un mismo sujeto suelen producirse en las novelas cuando algo aparece por vez primera. Presentación de la trama, primeras páginas, aparición de un personaje nuevo o un nuevo entorno. (El resumen es el caso extremo al punto de que el sujeto deja de mencionarse y todas las frases comienzan por el verbo.) En nuestro ejemplo se da por sobreentendido que todas las frases hablan del mismo sujeto o “tema”. Para tener esto claro imaginen lo que sucedería si Flaubert en esta escena antes de volver a introducir a Madame Bovary, que hace ocho líneas estaba en primer plano de la acción, continuara describiendo la fiesta, el baile, los vasos que se rompen, la servilletas que se ensucian; lo que sucedería sería desastroso para el autor y es que el lector dejaría el libro.

Bien, volviendo a los niveles de cohesión en este nivel elemental que propongo y que es muy útil a la hora de corregir, esa tarea tan ingrata para muchos narradores. Observen ahora la magistral manera (cohesiva y continua) que tiene Flaubert de reintroducir a Madame Bovary en la acción principal:

“Un criado se subió a una silla y rompió dos cristales; al ruido de los vidrios rotos, madame Bovary volvió la cabeza y divisó en el jardín, contra los barrotes, unas caras de campesinos que estaban mirando”.

("Un domestique monta sur une chaise et cassa deux vitres; au bruit des éclats de verre, madame Bovary tourna la tête et aperçut dans le jardin...")

Flaubert pasa de lo que sucede en la fiesta a la focalización en lo que ve Madame Bovary en dos frases con el mismo predicado dispuestos de manera magistral.

Primera frase: “Un criado se subió a una silla y rompió dos cristales.

Segunda frase: “Al ruido de los vidrios rotos Madame Bovary volvió la cabeza y divisó”.

Ambas frases en su orden natural tienen el mismo predicado: los cristales.

1. Un criado (...) rompió unos cristales.

2. Madame Bovary oyó un ruido de vidrios rotos y volvió la cabeza.

Pero Flaubert lo pone de este modo para que la transición resulte más fluida. Flaubert era un autor visual y sabía perfectamente que lo que está “próximo” o en la cercanía parece lógicamente vinculable. Más si es el mismo material. Por eso escribe:

“Un criado... rompió dos cristales; al ruido de los vidrios rotos... Madame Bovary”

De este modo se puede apreciar claramente cómo invirtiendo el orden natural de la segunda frase la transición permite ir desde el criado hasta Madame Bovary pasando por una serie de cristales repetidos (unos rotos y otros que se oyen).

De este modo la cohesión se logra incluso a nivel visual.

Si Flaubert hubiera optado por escribir la segunda frase en su orden natural, la transición entre una y otra sería por los predicados y la aparición de Madame Bovary al comienzo de frase produciría en la mente del lector un impasse en el cual la atención naufraga.

Vamos a la serie siguiente.

“... divisó en el jardín, contra los barrotes, unas caras de campesinos que estaban mirando. Entonces le vino el recuerdo de Les Bertaux. Vio la casa, la charca cenagosa, a su padre en blusa debajo de los manzanos, y se vio a sí misma como antaño, desnatando con el dedo los barreños de leche. Pero, en las fulguraciones de la hora presente, su vida pasada, tan clara hasta entones, se difuminaba toda ella, y Emma dudaba hasta de haberla vivido”.

Aquí las modalidades de conexión de Flaubert muestran a las claras el grado de complejidad que este autor logró superar. En algo tan simple como un recuerdo despliega una sofisticación que muy pocos autores han superado. Esto se puede ver sólo haciendo un análisis nuclear, frase a frase y deteniéndose en algo tan sencillo como el sujeto el verbo y el predicado. El sujeto de la serie completa de oraciones es en este caso Madame Bovary. Ellas es quien “divisó” en el jardín unas caras de campesinos y a ella le “vino el recuerdo de Les Bertaux” y aquí la transición entre una frase y otra está clara obedeciendo al conocimiento de otra serie de frases previas que permiten al lector encontrar lógico narrativamente hablando que al ver caras de campesinos detrás de los barrotes mirando una fiesta, ella recuerde su vida pasada. Luego, el recuerdo no ofrece dificultad, está narrado limpiamente y ella es el sujeto de los distintos verbos. (“Vio la casa...y se vio a si misma, desnatando...”) Y ahora viene la sofisticación, Flaubert debe volver al momento presente y dejar atrás las rememoraciones. Antepone el “fulgor” de la hora presente ( "Mais, aux fulgurations de l'heure.")y sólo luego continúa con el mismo sujeto. El ("mais")“pero”, tratándose de un conector natural funciona aquí más como una excusa. Aparentemente "conecta" aunque la conexión real se está realizando en otro nivel y entre sujetos y predicados. El uso del "pero" aquí da cuenta de la altísima sofisticación de Flaubert. "Finge" conectar pero está colocado de tal manera que es sólo un breve preámbulo para reintroducir el marco de la acción principal.

Este somero análisis nuclear de las frases narrativas permite afirmar:

. En narrativa toda frase está conectada con la anterior a través del sujeto y del predicado y muy raramente a través del verbo.

. Esta es la conexión significativa más importante, además de la conexión hecha mediante los llamados “conectores” y otros elementos.

. Esta conexión es la que permite al lector seguir sin dificultad una narración y entender cuál es el sujeto subyacente o manifiesto y cuál es el marco, el tema u otros elementos de la narración.

. Los narradores clásicos, sobre todo el narrador omnisciente, poseen una alta cohesión. Los más cohesivos son los narradores en los que prima la acción sobre el pensamiento, como el caso de Stevenson, los de cohesión, por momentos, dificultosa son los narradores “pensadores” como Dostoievski, debido a las enormes digresiones que insertan en sus novelas. De esto se puede deducir “más acción mas cohesión”.

. He decidido llamar a esta cohesión entre frases clásica como “cohesión por continuidad”. En tanto los elementos de una frase guardan relación con alguno de los elementos nucleares de la frase anterior.

. Las técnicas modernas de “corriente de conciencia” y las narraciones con focalización variable que utilizan la corriente de conciencia y el pensamiento escrito en estilo indirecto libre o directo libre, alternando unos y otros, son la otra cara de la modalidad de “cohesión por continuidad”. Puede no haber ninguna relación entre los elementos nucleares de una y otra frase. Las frases están asociadas simplemente porque están agrupadas unas al lado de las otras.

. La cohesión en este tipo de discursos narrativos está dada por la coherencia. En muchos casos del narrador. Si se supone un narrador protagonista detrás del discurso de conciencia será más coherente y más cohesionada. En el caso de un narrador omnisciente el caos de cohesión puede resultar mayor y si la novela es coral puede ser estrepitosamente caótica. De ahí que este estilo sea más proclive a aparecer en manifiestos como “Pez soluble” de los surrealistas, texto clásico de este tipo de asociación al que llamaré “por contigüidad”.

. Llamo a este tipo de secuenciación de frases “cohesión por contigüidad”. Es decir que las frases están asociadas simplemente porque están la una al lado de la otra, como la Biblia y el calefón o el paraguas y la maquina de coser. Al lado de este tipo de agrupamiento de frases se encuentran las vanguardias y todos aquellos escritores que piensan que la prosa es una especie de sonajero literario por el cual lo que hace el mismo ruido debe estar cerca de aquello que hace un ruido parecido.

(*) La más disparatada y rara, extraordinaria, humorística y a la vez profundamente dramática de estas dilataciones narrativas que yo haya leído está en la obra de John Barth, “La opera flotante”, el eco de la batalla napoleónica en que “participa” Fabrizio del Dongo flota en esta parodia pero al mismo tiempo tiene una contundente identidad narrativa. Dos “enemigos” un estadounidense y un alemán se encuentran de sopetón frente a frente dentro de una trinchera luchando mano a mano. Intentan en vano y con mucha mala pata matarse y defenderse. El narrador es protagonista y es norteamericano es un pacifista por escepticismo, es un personaje descreído que no quiere luchar. El enemigo alemán intenta vanamente “clavarle un poco” la bayoneta y él quiere detenerlo para explicarle, gritarle que no tiene nada contra él. Luchan agotados hasta que aceptan, sin entender los respectivos idiomas, compartir la trinchera y el tabaco y permanecer dentro de la misma, uno en cada extremo.