lunes, 16 de junio de 2008

Testigos. Héctor D’Alessandro

Testigos. Héctor D’Alessandro

Para que nada sea en vano, se inflan las palabras, para que estas caigan como cascadas, como piedras, como rocas rodantes por la montaña, despeñándose con estruendo.

Para que nada sea en vano, el rugir de la batalla expresa lamentos de moribundos y gritos jactanciosos de matadores.

Y de la tierra mana sangre.

De la tierra mana sangre para que la vea, la guste, la oiga aullar el testigo.

El pastor de cabras a la puerta de su choza tranquila. El señor que por allí pasaba. Todo lo hace Homero con arte, con sorprendente habilidad, con viveza y con intuición. No escribe para el órgano del templo ni para los grandes corifeos.

Su verso va a dar como un cauce breve que se hace hilo de agua rica al oído de un pastor, un pastor perdido en la montaña que oye desde lejos el rugiente clamor de la batalla.

Todo se hace por un pastor.

La poesía toda. La pasión. La luz de la tarde, el verdor y la sangre se harán por un pastor.

De nada vale, para nada sirve el rugiente clamor y la gritería despeñándose por los barrancos como un eco inmenso de la carnicería infinita si no lo escucha alguien, alguien como tu, alguien que pasa por allí, el pastor, el señor ese que anda por ahí.


: , , , ,

miércoles, 4 de junio de 2008

La mano del novelista

La mano del novelista donde más se ve es en las fotos. Sostiene su cabeza, esa cabeza pensadora, preocupada por el destino humano o por las cifras de ventas, pero preocupada al fin. Siempre he reflexionado acerca de esa mano que sostiene a esa cabeza hipervalorada. Y me ha asombrado que pocos se hayan decidido a romper el rito de fotografiarse de esa manera tradicional. Pienso en unos pocos. García Márquez tumbado en aquel sofá con las manos encima de la cabeza, sonriendo con claros signos de disfrute. Recuerdo a José Donoso tumbado en una hamaca con un perro en las cercanías o encima suyo. Tomasi de Lampedusa acariciando campechanamente otro perro.¿Por qué los escritores se sostienen la cabeza? Podría uno pensar que les duelen las muelas pero ciertas sonrisitas conspiran a toda costa contra esta suposición.A veces la cara apoyada parece decir ¿habéis visto lo que he hecho? Pero son los menos.La duda permanece. Es de esos misterios que viven mejor sin respuesta.Cuando paseo por la Rambla Cataluña, a veces, pienso que un día veré allí el mejor homenaje de los ayuntamientos y la escultura al mundo del escritor; no se tratará de un libro ni una pluma, será una mano, una mano enorme para sostener cualquier cabeza, ligera o pesada, una cabeza, dos cabezas, un sinfín de cabezas apoyadas en esa mano enorme, cabezas de novelista.
Episteme: , , , , , ,

sábado, 24 de mayo de 2008

La vida del escritor. Hemingway.

La vida del escritor es muy solitaria, pero si es buen escritor podrá hacer frente a la eternidad.

jueves, 22 de mayo de 2008

volverás a ser borges. héctor d'alessandro

ten cuidado, amable escritor, tú, que no estás acostumbrado a que te llamen de ese modo, porque en la ciudad de la literatura hay una calle de variada decoración y que linda con la paradoja, esa calle se llama borges y ofrece al intelecto de los hombres un problema sin respuesta: eludirla es imposible, atraviesa todos los cruces e inevitablemente volverás a ella.
ten, cuidado, mascarita, tarde o temprano volverás a ser borges.
héctor d'alessandro

Etiquetas: , , , ,

Zapatero habla sobre J.L. Borges

El lector que tiene en sus manos "Ficciones" es una persona en la frontera, un ser humano que está a punto de abandonar el mundo seguro y confortable del que está hecha la vida cotidiana para adentrarse en un territorio absolutamente nuevo. Borges descubre en su obra, o quizás inventa, otra dimensión de lo real. Con seguridad el título, que nos sugiere la idea de mundos imaginados y puramente ilusorios, es sólo una sutil ironía del autor, una más, que nos señala lo terrible y maravillosamente real de sus argumentos. Después de leer a Borges el mundo real multiplica sus dimensiones y el lector, como un viajero romántico, vuelve más sabio, más pleno, o lo que es lo mismo, ya nunca vuelve del todo.
Ficciones es una de las más esenciales e inolvidables obras de Borges.
Durante un tiempo, cuando era más joven, estuve enfermo de Borges, todavía no estoy seguro de haberme curado. Cuando uno enferma de Borges se pregunta por qué la gente sigue, seguimos, escribiendo. Todo está en Borges y él lo sabe. Cuando leemos La biblioteca de Babel no podemos evitar la sensación de que en esas pocas páginas están contenidos todos los libros que los hombres han escrito y escribirán, además de todos los restantes, que son la infinita mayoría. Las ruinas circulares son otro ejercicio de la más espléndida metafísica, y uno no sabe cómo salir del sueño que nos propone, realmente el lector ya nunca sale de ese sueño, salvo a través del olvido, pero el olvido no está en las manos del lector, no forma parte de su poder.
Es posible que Borges me fulminara con una de esas bellísimas y mortales críticas que podemos leer en sus libros, pero diré que en algún momento llegué a pensar que cada página suya contiene toda su obra, como uno de esos objetos fractales que repiten su estructura creando geometrías tan hermosas como extrañas.

La deuda. Hector D'Alessandro

La deuda. Héctor D'Alessandro


Ricardo estaba muy mal en los últimos tiempos y sus amigos no sabían qué camino tomar ni qué hacer con él. De pronto parecía consumirse adelgazando; algo que aterraba a todos, y ninguno sabía qué hacer. Por las noches comentaban con sus mujeres, entre los sucesos del día, lo mal que encontraban a Ricardo. Otras veces engordaba y todos pensaban que aquello era un síntoma de salud. Alguno le comentaba. "Te veo bien; ahora lo que te conviene es un poco de ejercicio." Pero en estos momentos era como hablarle a la pared. Entonces pensaban: "Ricardo tiene algo en mente que no lo abandona; como es muy reservado no se puede averiguar. Si supiéramos algo de lo que le sucede".
En el trabajo se manejaba con la habilidad habitual. Con su pareja todo parecía funcionar a las mil maravillas. "Es que él es así... muy cambiante y muy reservado", comentaba Esther, su mujer, pero tampoco se creía demasiado su opinión. En el fondo, sentía que estaba en presencia de un secreto misterioso.
Una noche Ricardo daba vueltas en la cama sin poder dormir. Fue la primera noche de sus insomnios; así pasó muchos meses que le desastraron el alma.
Una noche se ahogó; le faltaba el aire y le invadía algo similar a un miedo atroz que no confesó a nadie.
Esther asumió el mando de la nave. Declaró: "Mañana vamos al médico, sin falta". Él se resistió lo que pudo, pero, al fin, ella venció.
El doctor recetó unas pastillas para dormir.
Comenzó a dormir y a despertarse más sosegado; sin ninguna agitación física. Andaba demacrado y ojeroso; de muy mal aspecto.
En el trabajo pensaban, sin comentárselo, que tenía alguna mala enfermedad. Sus amigos, con el tiempo, se habituaron a su faz enfermiza. Sus lentos andares, su variable cintura, su aspecto cansino, sus ojeras, su mirada suplicante de algo desconocido.
Al cabo de dos años con este régimen, Esther comenzaba a adquirir un aspecto de decrepitud atenta; como expectante. Como si siempre estuviera alerta a ver qué le sucedía a Ricardo.
–¿Te pasa algo?
–Nada.
Este era un diálogo recurrente entre ellos.
Una mañana, ante el espejo Esther gritó, entre dramática y cómica, haciendo parodia:
"¡Me ha salido una cana!"
Él rió desde la cama. Comentó:
"Cuando te salga la segunda habrá que hacer algo."
"Claro", dijo Esther y pensó "quisiera tener un niño" y se encogió, estremecida por un pensamiento. "Y si Ricardo muriera..."
Al cabo de pocas semanas le salió su segunda cana. Había que hacer algo.
Esa noche Ricardo se ahogó en sueños, una presencia oscura y opresiva lo comprimió tanto que le arrancó de golpe de su pesadilla. Gritó.
Esther le abrazó y lo acariciaba. Él estaba sudando y con el cuerpo caliente. La otra vez que se ahogó, su cuerpo estaba helado. "Tranquilo. Cariño. Tranquilo ¿Qué pasa? Estoy aquí. Tranquilo"; decía ella acariciándole y besándole.
Él se sentó en la cama y pidió agua. Ardía.
Cuando terminó el vaso con agua, declaró:
"Creo que estoy embrujado."
"¿Embrujado?"
"Sí, sí. Que me han hecho un maleficio o algo por el estilo."
"¿Seguro?"
"Sí, seguro."
"¿Y quién?"
"No sé. Alguien."
"Pero, ¿quién?"
"No sé."
"Bueno, algo habrá que hacer."
Al día siguiente comenzaron a recorrer brujos que le encontraron más de un embrujamiento. Parecía que toda la cohorte de seres maléficos se hubieran conjurado contra Ricardo. Al cabo de varias semanas de experimentos, entre la decepción y la esperanza, entre el hartazgo y la seguridad más absoluta, Ricardo se decidió a experimentar. Dejó de tomar los somníferos y otras pastillas que había ido acumulando en los últimos años.
Sentía como una nueva energía desconocida; como una alegría juvenil. Comenzaron a vivir una suerte de nueva luna de miel inesperada.
Esther estaba muy feliz; ya no estaba tan pendiente de él y, un día le dijo en medio de efusivos abrazos y gratas caricias que quería tener un niño. Ricardo se hizo a un lado en la cama, como repentinamente apenado, ya no habló y la tristeza se instaló en su mirada. Esther inquirió con más pasión que nunca. Ahora se sentía bien, ahora ambos se sentían bien y estaba decidida a ser feliz, a ahuyentar la pena.
–¿Aún piensas que estás embrujado?
Cuando hizo esta pregunta una luz se hizo en el cerebro de Ricardo. Recordó a alguien del pasado.
–Martha.
–¿Martha?
–Sí, Martha. ¿Te acuerdas que tenía un amigo brujo o algo así que decía que era muy bueno?
–Sí, es verdad. No me había acordado de ella. Sí, podemos llamarla.
Y ambos se quedaron tranquilos, como si hubieran hecho un descubrimiento muy importante.
Unos días después entraban en el recinto del brujo. Un hombre de edad indefinible inmerso en humos variados en medio de una habitación decorada con un aire vagamente esotérico.
Ricardo temblaba; Esther estaba como poseída de una extraordinaria confianza.
El brujo era simpático, parecía reírse de los posibles problemas que uno le planteara.
Cuando terminaron de hacerle la exposición de los problemas de Ricardo, él preguntó:
"¿Usted siente como si tuviera que hacer algo y no sabe exactamente qué?"
–Sí. Sí –respondió presuroso Ricardo–.
–Entonces, usted tiene una deuda. Pero no sabemos con quién. Tampoco sabemos si sólo es suya. Usted –preguntó dirigiéndose a Esther– ¿siente lo mismo?
–No, yo estoy preocupada por él.
–Bien, pues no se preocupe. Dígame, usted desea algo con fuerza y siente que Ricardo le impide realizarlo.
–Pues... así, de primera, no sé...
–Y usted. Ricardo, no sabe qué es lo que tiene que hacer. Cuál es su deuda.
–No.
–Bien. No se preocupen. Vayan y descansen. Vuelvan mañana. Si comenzarais a discutir, pensad que no estáis solos, que hay más personas por medio discutiendo. Imaginaos que estáis poseídos por otros que se odian a muerte y procurad no haceros daño al discutir.
Salieron de allí más confundidos que antes y pasaron el resto del día y la noche y parte del día siguiente hasta la hora de la consulta como a la expectativa, como animales al acecho dispuestos a saltar y mostrar las garras.
Al día siguiente, entraron en el recinto del chamán con aire victorioso, como si hubieran demostrado algo importantísimo al haberle llevado la contraria a su predicción.
Él los miró y rió. Les dijo:
–¿Para qué venís si aún no os habéis discutido?
–...
–No me queréis ahorrar ningún trabajo ¿eh?
Les hizo sentar y cerrar los ojos. Les pidió que se concentraran en todo aquello que se habían guardado el día anterior y no se habían dicho. Comenzó a sonar el tambor.
Esther se hundió en un universo áspero, aguzado de espinas, erizado de penas. Primero vio a una mujer mayor, muy canosa, amargada, infértil y se enfureció con aquella imagen. Persistía a su pesar. Sintió desolación; una desolación muy material. Sintió que estaba sola y que la culpa era de su marido.
Ricardo estaba a oscuras y allí había unas presencias inquietantes y apesadumbradas. Allí había una tristeza cósmica, una opresión insoportable.
Cuando volvieron en sí, mostraban un rostro equívoco, como quien ha hecho una travesura, como si se avergonzaran de algo. Esther estaba furiosa; Ricardo triste e inquieto.
Narraron lo que habían visto.
El hombre que se comunicaba con los otros mundos preguntó a Esther:
–¿Quieres tener hijos?
–Sí.
–¿Y tú, Ricardo?"
–También, claro.
–Pero no estás muy seguro ¿no?
–Estoy confundido.
–Bien; ya me imagino con quién tienes una deuda. Ven. Acércate.
Le tomó las manos y las sintió calientes. Sopló al lado de sus orejas. Recorrió su espalda repetidas veces y de pronto se detuvo como sorprendido. Entonces le dijo al oído, "esta madrugada, pon atención a tus sueños. Te visitará tu acreedor. Esto te lo digo a ti porque sólo lo puedes resolver tú. Por ahora no lo comentes con Esther. Hasta mañana".
Esa noche soñó con alguien que moría y le llamaba. Él tenía que hacer algo por aquella persona pero no sabía qué cosa debía hacer. Esther durmió muy tranquila y despertó despejada.
Cuando fueron a la visita, Ricardo entró sólo, sentía que se acercaba a una etapa decisiva e íntima y así se lo dijo al brujo cuando éste preguntó por Esther.
–Bien, dijo, el brujo, ¿cuánto tiempo hace que comenzaron todos tus problemas? Relájate y piénsatelo bien.
Le hizo cerrar los ojos y el tambor comenzó a sonar. Le llevó hasta el comienzo de sus problemas. Tam. Tam. Y más allá. Tam. El moribundo era él mismo, que pedía socorro. Tam. ¿Por qué él? Tan joven. De pronto la sala donde estaba se llenaba de humo y él ardía; un calor infernal le abrasaba la piel, se estaba asando, todo dolía y no podía respirar, iba a morir. Y sintió un orgullo gigantesco, más que humano. ¿Cómo sentirse orgulloso de esto? ¿Cómo? Entonces, su padre se le acercaba sonriente y le agradecía su generoso gesto. En ese momento una voz ululante, en la lejanía, como un alarido detrás de una montaña, se desgarraba gritando "¡Dile que no! ¡Dile que no! ¡Que cada uno debe morir sus propias muertes! ¡Échalo! ¡Ahuyéntalo! ¡Dile que tú no puedes morir por él! ¡Él ya murió!" Ricardo mira hacia las montañas azules, en busca de la voz salvadora. Su mirada es de agradecimiento. Respira muy, muy hondamente. Está a salvo. Se siente libre. El viento se lleva el humo siniestro. La voz dice "ya eres tú".
Cuando vuelve en sí, el brujo sonríe mientras le da a beber agua. Ricardo se siente vibrante y ligero. Exclama "¡Cómo no me di cuenta de que todo comenzó con la muerte de mi padre!"
El brujo enciende un cigarro y comenta:
"Porque lo querías tanto que lo llevabas dentro. Tan adentro tuyo que no lo veías. Creías que formaba parte de ti. La vida, a veces, hace estas jugadas. Ahora estás solo y eso te hace fuerte".
Al salir, Esther respondió enseguida con una sonrisa a su aspecto alegre y suave. Se abrazaron como si fuera la primera vez. Por la calle parecían dos niños juguetones. Fueron a tomar helados de fresa y vainilla. Al besarse se dejaban manchas rosa y crema.
–¿Me vas a contar todo lo que sucedió?
–Sí, Esther, te lo voy a contar, pero primero deja que lo asimile. ¿Qué te parece si esta noche nos convertimos en padres?
–No sé. Quizás primero tendríamos que dejar de ser hijos. ¿No te parece?
–¿Por qué dices eso?
–No sé. Intuición. Toda esta historia me ha hecho pensar eso.
–Bien, pero mientras, podemos divertirnos.
–Claro, y terminamos de pagar todas nuestras deudas, con los otros y con nosotros mismos.

martes, 20 de mayo de 2008

Nuestro cónsul en Pekín. Héctor D’Alessandro

Nuestro cónsul en Pekín. Héctor D’Alessandro

A mí me gusta
muchísimo jugar; debo confesarlo. Con cuarenta años me gusta disfrazarme de bombero y correr por la casa con un extintor en las manos echándole espuma a la mujer con la que haré el amor.

Esta veta búdica de alegría e irresponsabilidad me permite mantener la cordura.

En todo caso es mi propio guión.

Tonto pero personal y, de algún modo, sabio.

Este ápice excéntrico no me impide tener mis sentimientos. El dolor ajeno me duele en mi corazón.

Hace muchos años que planeo retirarme y prometerme una vida sistemática, disciplinada, elevada.

Por una u otra razón que no me confieso postergo esa decisión.

Hace años, cuando comencé mi carrera diplomática, gastaba mucho dinero en llamadas a viejos amigos en otras partes del mundo.

Un día, leyendo una entrevista a Keith Richards, algo cambió profundamente en mí. Decía Keith, a quien por cierto conozco, es sumamente divertido, que él tenía amigos en todos los sitios donde llegaba y que quien no tenía amigos era, en realidad, un imbécil.

Yo soy orgulloso, a mí no me gusta ser considerado un imbécil; pero, sobre todo, no me gusta considerarme a mí mismo como un imbécil.

A partir de aquel momento algo cambió profundamente en mí; no sólo empecé a reconocer los síntomas indelebles de la amistad en mucha más gente sino que, además y para mi gran asombro, comencé a tomar conciencia de la innumerable cantidad de personas que había en mi vida pasada a quienes consideraba, de un modo asaz pedante, como "meros conocidos" y que, sin embargo, me profesaban un cariño y me habían obsequiado de modo desinteresado con unos sentimientos y unas experiencias compartidas que eran algo tan sencillo, escaso y, al mismo tiempo, abundante (cuando uno lo quiere ver) como la amistad.

Alberoni, con quien un tiempo tuve una relación epistolar, cuando yo estaba en Grecia, lo dice claramente: "el mundo está lleno de amigos" cuando uno levanta la vista.

Esta simple conciencia me ha hecho más vulnerable y rico al tiempo.

Un síntoma claro se manifiesta cuando me llaman por la noche. Algún despistado que no recuerda la diferencia horaria o, simplemente, un desesperado.

Las experiencias que me narran en la madrugada suelen desgarrarme el alma. Lo que sucede es que quien sufre se vuelve egoísta y antisocial. Sólo desea ser escuchado y no existe horario ni regla que no pueda quebrantar.

Siempre que llego a un nuevo lugar de destino procuro enterarme cuántos antros de ruido y desahogo hay, con esto me hago una idea de cuánto sufrimiento acumulado existe en esa población. Cuánto alcohol se consume y otros detalles similares contribuyen a orientarme en mi primera inspección.

Algunas noches en que estoy en vena irónica y que telefonea algún desesperado borracho con morriña, le corto de entrada su lastimosa confesión de medianoche:

"¿Cuántos bares por calle hay allí dónde estás?"

Y me contesten lo que sea, siempre finjo creer que son muchos y le respondo:

"No te preocupes. Estás siendo víctima de un efecto ambiental."

"¿Tú crees? Me preguntan, muy curiosos, olvidados momentáneamente de su pena."

"Sí, sí. Es más, deberías abandonar tu hogar ahora mismo e ir a ponerte a tono en el primer bar que encuentres. Algo de absorción del color local hará que se te pase todo."

Estas bromas no pueden ocultarme el hecho de que esa persona concreta está sufriendo. Unos creen tener un cáncer mortal. Otros creen que su mujer les abandonará de un momento a otro. Otros creen que hay una trama lejana que los va a destinar a sitios desagradables; probablemente en guerra. Otros simplemente, se acordaron de mi simpática persona en esta apacible noche. Otros creen que su padre o su madre, lejanos, han muerto o están graves y nadie quiere decirles nada. Otros creen haberse vuelto alcohólicos o impotentes. Y, unos pocos de todos estos, te llaman porque, realmente, les sucede alguna de estas cosas.

Soy suficientemente perspicaz para enterarme de inmediato cuándo el sufrimiento exquisito es verdadero.

En general, lo percibo por una opresión en el pecho que se me hace de inmediato y la escasez de palabras de ánimo que se me ocurren. Por regla, comienzo a hacer chistes estúpidos que no me acordaba siquiera que los sabía.

Esto me sucedió anoche con Gilbert, nuestro cónsul en Pekín. Somos amigos desde la época en que él era hippie y yo recién había dejado de serlo.

Su padre fue compañero de estudios del mío y, de algún modo, nos condenaron a ser como somos. Yo tenía y tengo tendencia a paternizar a Gilbert; por el simple hecho de ser mayor que él y haber llegado a los cuarenta años de edad. Su dolor tiendo a sentirlo de una manera más potente que el de cualquier otra persona. Por eso anoche no pude dormir.

Siempre hemos sido un poco locos y él era bastante más alcohólico que yo. El síndrome de Geoffrey Firmin; el síndrome del cónsul. El peregrino ecuménico que arrastra una insidiosa y siempre cambiante pena.

Esta parte romántica de la profesión siempre pareció amargar a Gilbert. Cada vez que llegaba a un nuevo destino en los últimos quince años telefoneaba para decirme que como la tierra de uno no hay que le gustaría estar conmigo ahora en el barrio Sur tomándose un vino tinto. A lo cual, invariablemente, le he respondido, con un tono de voz digno de la serie "Dallas", "Calma, Gilbert, los ricos también lloran. Posterga tu pena hasta el verano que viene y ya nos veremos".

Ahora mismo hace tres años que está en Pekín y parece haber llegado a un momento decisivo. A menos que la borrachera que tenía anoche fuese tan aguda que le hiciera desvariar de un modo dramático y convincente.

Se acerca a pasos agigantados, según su particular óptica de los hechos, a los cuarenta años y su mujer le ha dejado. Se largó con los niños.

Cuando me lo dijo le contesté "Estaría harta de chinos". Y pensé "ha pasado lo que tenía que pasar".

"Quizás se vaya por un tiempo a reflexionar", dije.

Y pensé "ahora es el momento de ella. Ahora será ella misma y le obligará a transformarse".

Pensando en su posible alcoholismo consular, le sugerí practicar Tai–chi pero no quería oír hablar de chinos. "Vete de putas." "Ya lo hice."

Y seguía igual.

Entonces me evadí en la imaginación, lo recordé joven y evadiendo cualquier ejercicio físico, cansándose pronto cuando nadábamos en la piscina y deseando irse de una buena vez al bar a tomarse un whisky, "Que es, decía, bueno para la circulación". Lo recordé saliendo del gimnasio con su pulcro traje azul y su corbata apretada que parecía mantenerle la columna recta, como estaqueado, el flequillo airoso cayéndole sobre el rostro. Su cuidado aspecto de seducción. Su mal humor cuando las chicas lo mandaban a paseo. Y la recordé a ella; la mujer deseada. Suavemente asiática y morena; inteligente y cauta, libre y maternal. Sirviéndome una taza de té en su casa de la playa. Preguntándome cosas imposibles.

Hubo un año muy duro. Yo estaba de vacaciones y Gilbert desesperaba por un destino, Clío le llevó, como a un niño, a una bruja umbandista que le dijo cosas sorprendentes y acertadas pero, lo más importante, es que le otorgó seguridad en su futuro y su destino.

Y lo que la bruja dijo se cumplió.

Así llegó hasta Pekín.

Clío y Gilbert desconfiaban, más él que ella y la umbandista, con sólo tocarle el pecho le dijo. "Tu viajarás mucho. Tienes la misma profesión de tu padre que vive muy lejos de aquí junto a una mujer que no posee el vientre que te parió."

A su madre le habían extraído el útero.

Ambos me miraron serios, apuntalando con sus miradas la certitud de la bruja.

Yo pensé y dije: "Macbecthiano".

Gilbert: "¡No te rías!".

Clío: "En medio de un drama también se puede reír".

Gilbert, aquella noche, se enfadó y se hundió, como un niño compungido, en su vaso de whisky .

Cuando se enfadaba parecía hacerlo para siempre y con todo el mundo.

Y anoche, el timbre de su voz delataba una pena infinita, compungida, agónica, una pena de amor dolorido, inconsolable. El Gilbert de muchos años atrás, malhumorado e infantil, renacía esta madrugada de entre las cenizas de los años y unos compromisos aparentemente tan bien estructurados.

Probablemente mañana o pasado me llame, cuerdo, sobrio y tonificado y me pida que olvide todo o quizás más vulnerable, me pida que hable con Clío, quizás el próximo verano nos volvamos a ver en el país, en la playa lejana de nuestra infancia.

De momento no llamo a nadie; tengo mis propias, divertidas taras con las que entretenerme mientras no me arriesgo a tomar una decisión que implique un cambio de aires.

Me prometo hojear mañana Macbeth una vez más; ese guión glorioso que sirve algunas noches para intentar comprender la estela de sentido de nuestro propio argumento misterioso. Al otro lado del planeta el hijo del hombre ("el hombre que vive con una mujer que no posee el vientre que lo parió") ha de tomar una decisión que me reservo con recato y pudicia, viejo conocedor de la aguda agonía que queda en el alma cuando cuelgas el teléfono y sólo queda silencio hueco y bip... bip y hueco silencio del Servicio Internacional.

lunes, 19 de mayo de 2008

El 26 de junio de 2009, "El Aleph" cumple 60 años. Un hito de la literatura universal.



Jorge Luis Borges en el Hotel des Beaux Arts, donde murio Oscar Wilde.
El 26 de junio de 2009 harán 60 años de la publicación de "El Aleph"; un hito en la literatura universal.