La noche de la cena del reparto de la herencia.
Héctor D’Alessandro.
Este relato está dedicado a Mercedes Abad.
1.
La noche de la cena del reparto de la herencia –así la llamamos desde entonces– fue el suceso más conmovedor de la historia de nuestra familia. Tanto, que nadie ha vuelto a hablar de ello. No sé qué habrá sido de alguno de mis hermanos y hermanas y de los presentes aquella noche, sólo de Ingrid, de la amorosa Ingrid, hermana con quien mantuve mi amistad y nuestra relación después y a pesar de aquella cena. Algunos de mis parientes, decidieron no hablar nunca más del asunto y fingir olvidarlo, otros hablaron y deben seguir hablando hasta el agotamiento sin poder liberarse del recuerdo. Algunos probablemente nunca me perdonarán la revelación de un secreto familiar de tamaña magnitud, pero el caso es que ahora sí me siento a mis anchas para al fin comunicarlo.
Al morir nuestra madre nos dejó varios millones de euros, luego de pasado el choque de su enfermedad, su agonía y su muerte, el impactante golpe de la brutal cantidad de dinero que nos aguardaba en un futuro inmediato fue suficiente como para que se nos pusiera una cara, si no alegre, al menos tranquila y vagamente beatífica.
Todos esperábamos luego de los primeros contactos con el abogado de la familia una comunicación inmediata tras el entierro; sin embargo, esta comunicación, sorprendentemente, se adelantó, con el cuerpo, digamos, aún presente.
Cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos que el mismo viernes en que mamá iba a ser enterrada, se nos conminaba a todos a presentarnos, para un largo fin de semana, en la antigua casa de campo que la familia tiene muy cercana a La Garriga.
Nadie faltó y de alguna manera todos hicieron una suerte de genuflexión social, rendición sin preguntas, ante el poder de los abogados y otros técnicos de la ley. Ellos se encargarían de todo, pareció ser el pensamiento colectivo que amparó nuestra momentánea inconsciencia, y efectivamente se encargaron.
Esa noche de viernes nos comunicaron que el cuerpo había sido trasladado a la finca por mandato explícitamente expresado en el testamento. Nada más lógico, pensé o pensaron mis hermanos por mí, mamá quiere descansar en la finca.
El caso es que debíamos pasar el fin de semana, hasta el amanecer del lunes y el programa incluía la lectura del testamento la noche del viernes, el sábado nos aguardaba cena y concierto, más baile opcional y el domingo nos dejaban descansar hasta la firma del reparto. El lunes seríamos libres.
Mamá era la heredera de uno de esos banales inventos mundiales que según la leyenda urbana todo el mundo lo despreció y nadie quiso invertir en ello y su padre lo vio, en cambio clarísimo, lo que viene luego ya se lo imaginan, no diré el nombre del invento que puebla nuestros días y noches para que no me identifiquen pero sobre todo para que no se rían de mi una vez más, como tantas veces nos sucedió, a mi, a mi madre y a todos mis hermanos y hermanas.
Mamá era una flecha para los negocios y conocía todos los trucos legales tanto para favorecer a alguien como para perjudicarlo de por vida. El caso es que cerró el acceso a nuestra herencia con unas trabas legales que sólo respondían a una clave secreta.
La noche de la cena de aquel sábado, ante notarios públicos y otros funcionarios testimoniales de la ley civil debimos tomar como cena a nuestra propia madre, preparada en exquisitas salsas por los mejores cocineros del momento. Todo estaba calculado, hasta la exacta cantidad de gramos que debíamos ingerir de su generoso cuerpo y en caso de previsibles vómitos había que ingerir nuevamente; en caso de continuar la vomitera, el participante a heredero quedaba descalificado.
Augusto, mi hermano mayor, abogado de brillante peinado y camisas de puños extravagantes, declaró: “Esto se le debe de haber ocurrido al mirar esos programas horripilantes donde encierran a gente vulgar a ejecutar actividades triviales en un tono de voz alarmante. Menos mal que no somos de ese tipo de personas”. Luego nos reunió a todos con grandes gestos de sus amplios brazos como si fuéramos un equipo deportivo y nos empezó a contar la experiencia que él tenía en materia de limpieza estomacal para prepararse ante la eventualidad de grandes festines. (Debo reconocer aquí, que su espíritu y sus palabras me animaron sobremanera y me hicieron ver en todo aquello algo sano por fácil y fácil porque era posible. También debo explicar que los años que mi hermano pasó en Chicago estudiando economía no han sido en vano y esta es una prueba excelente de ello.)
Mi hermana Greta, una mujer maravillosa donde las haya y guapa con esa belleza de póster que hace pensar que tiene hielo entre las piernas, se extasiaba con las palabras de Augusto, se mesaba sus cabellos con incipientes y eróticas canas y se mordía el labio inferior con evidente regusto. Greta se casó con el primer idiota parecido en el aspecto a su hermano, sin embargo, sus enormes ojos color almendra continúan brillando y se derriten absortos en la contemplación admirada de Augusto. A veces interviene y comenta las palabras de aquel y dice cosas como ¡Claro! ¡Evidente! Y se estira las mangas de su cardigan o su chaquetita y yo sólo puedo ver dentro de mi cabeza explosivas imágenes de generosos espasmos orgásmicos. Desde pequeños, papá y mamá estimulaban esta actitud. Ellos eran los dos hermanos mayores y Greta era un poco la nena que completaba “la parejita”. Luego llegué yo, para verlo todo y callarme con una sonrisa de medio lado que delataba que lo que estaba viendo es verdadero y que mis sentidos no me engañan.
Después de mí, viene Álvaro, rebelde y sucio durante buena parte de su adolescencia, se resistía a ducharse y nos ahuyentaba a todos con su presencia. Hoy es un chico normal con cara de loco y con una mirada de desconfianza y un gesto de que amenaza con saltar a la mínima. De su pasado guarro conserva una relación o momento de la relación, con Greta. Ella se acerca y siempre le corrige sin poder evitarlo el nudo de la corbata. Álvaro, antes la rechazaba sin más y ella lo miraba con fría conmiseración, con un aire de perdonarle sus errores que yo creo que lo irritaba aún más. Con el paso de los años, esa actitud de rechazo se quedó en una mirada destructora que sólo Greta puede soportar con una sonrisa.
Ingrid es mi amor, mi cariñito, mi niña, es la hermanita que escogí para cuidar y su carita de amor o aprobación es la que me guió en la infancia. Su mirada es la que me informa de mi acierto o error. Su mirada era la que me habilitaba a pegar a un compañero en el colegio y también la que me conminaba a detener el ataque.
Esa noche su mirada, tras la sorprendente noticia revelada por la lectura del escabroso testamento, no quiso expresarse, intentó ser esquiva tras un velo vidrioso de dolor. Llevó sus manos a la cara y se tapó la boca y parte del rostro y se alejó del centro de la enorme sala caoba donde nos encontrábamos. Se alejó en dirección a la pared; nadie, ni siquiera el hipervigilante Augusto se percató del rumor de sus pasos tragado por los suelos de maderas centenarias, por las paredes recubiertas de cortinajes y cuadros, y por las estanterías que parecían absorber, con su alma de esponja, los desgarrados quejidos ahogados que Ingrid llevaba, con su movimiento, hacia el rincón alejado de la sala. Me acerqué con diplomáticos pasos. Su mirada me decía cosas que mis ojos no querían oír. Mientras me dejaba recorrer por sus ojos y nos estrechábamos en un abrazo, miraba al suelo, como aquellos que quieren escuchar mejor lo que le dicen, pero yo no quería oír. Yo quería tomar una decisión y que la mirada de Ingrid, esta vez al menos, no me persiguiera.
– No pienso pasar por esto, –me dijo.
Yo sabía que sus palabras eran definitivas y que su opinión no caería, esta vez, sobre mí como un baldón. Me concentré, en el abrazo en penumbra, muy lejos del centro iluminado de la sala, en su colonia, en el sobrio corazón de su perfume, un aroma que emanaba de ella a toda hora, calmo y suave como su amor constante.
Cuando se marchó de la sala con el firme y claro propósito de no volver jamás, de no pasar por la locura de aquella prueba, vi alejarse su cuerpo, me concentré en sus manos juntas que me lanzaban los últimos besos dolorosos y vi cómo dos empleados de la casa flanqueaban su desaparición tras las cortinas, tras las puertas oscuras, dentro de la noche de los jardines.
Un mayordomo, con su mirada más torva, cerró la puerta dándome a entender sin decirlo que yo debía volver a aquella tratativa tan importante.
Volví hacia la gran mesa donde los abogados envueltos en sus elegantes trajes y discretos perfumes movían con calma y también con meticulosidad y eficacia, los folios de aquella voluntad que nos alcanzaba, desde la letra escrita, a todos, con una uña punzante de maldad o de venganza o de incomprensible humor.
Sentí alivio ante la marcha de Ingrid y aunque parezca estúpido, miré con simpatía y hasta sonreí a mi hermano Augusto, buscando su aprobación. Como no me miraba, esmeré mi gesto por llamarle la atención, de tal manera que acabé haciendo gesticulaciones a la nada del aire circundante y las paredes decoradas, sentí que yo era bobo y para ahuyentar este pensamiento debilitante intenté creer que había tomado, quedándome en aquella sala, una resolución propia y el calificativo de “valiente” lo estuve rumiando un rato pero se me cayó al suelo como un vaso de vidrio y seguramente se hizo trizas antes de que pudiera ponérmelo como un traje nuevo.
Pensé en mi madre y su maldad, pensé en mi padre y en qué pensaría de todo esto si aun viviera pero me di cuenta de que me resultaba imposible hacer ese cálculo. Yo había olvidado incluso el rostro de mi padre muerto hacía tantos años. Dirigí, sin excesiva fuerza de voluntad, mi mirada a la boca rosada del abogado que se abría y se cerraba como un mecanismo cuyas emanaciones sonoras no llegaban a mi oído. Mis oídos estaban acaparados con insistencia casi prepotente por un zumbido que ahogaba cualquier otra experiencia sonora. Todo el cerebro me zumbaba como si un panal se hubiera desplegado en alguna zona entre mis dos orejas. Este zumbar se veía interrumpido cada poco por una involuntaria náusea que subía y abajaba por mi esófago con creciente y quemante ardor. Pensé que hacía ya muchos años que yo quería, realmente, “soltar” o “vomitar” alguna cosa, que probablemente el plan de nuestra madre era un proyecto muy pensado y muy elaborado. Bajo la luz de este pensamiento, la extraña manera con que mis hermanos seguían con intensa atención los pormenores y detalles de aquella prueba o juego testamentario, me pareció más que mera atención, me pareció positivamente sospechosa, como si estuviéramos a punto de salvarnos en un naufragio o algo así.
2.
El primer plato de la suntuosa cena –no mencionaré los importantes nombres de los cocineros– estaba compuesto por una suerte de picadillo del hígado de mamá aderezado con una de esas salsas secretísimas que embriagan la lengua a grados de enervante erotismo.
Augusto hablaba sin parar, tanto que por un momento pensé que era la primera vez en la vida que me percataba de ello, que era la primera vez en la vida que notaba aquel sonsonete artificial y nervioso, en el fondo: vagamente turbio, decididamente molesto en su imperturbable constancia. Miré en un momento en que bebía vino, un exquisito vino con aroma a romero, hacia el lado de Augusto y vi cómo su boca se abría y se cerraba con un método tecnológico y automático, tres frases, un sorbo de bebida, un bocado del hígado materno, ocho o diez masticaciones, una comentario sonoro, para empujar en el momento de deglutir, como si comentara “hum, qué delicia”, otro sorbo, ahora agua, vuelta a hablar. Y a su lado los dos focos candentes de los ojos de Greta mirándolo fijamente como si fueran a estallar antes que a llorar, escandalizada ante tanta normalidad, masticando ella también. Mamá nos iba entrando, en aquel día de luto, con calma y precisión, en el centro mismo de las entrañas. Hubo un momento en que se me quedó atascado entre dos muelas un trocito de su carne y empotrado allí no lograba retirarlo con el arduo trabajo de mi lengua. Aquello me inmovilizó, busqué un escarbadientes, pero al alcanzarlo, el tacto de la pequeña maderita entre las yemas de mis dedos, la fugaz y elemental asociación entre la madera para retirar restos de cadáver y la madera del posible féretro, me hizo pensar acerca de mí como de un idiota pero aquel pensamiento, al mismo tiempo, funcionó como cuña que me bloqueó en mi accionar, nunca me bloqueo y en ese instante me vi asaltado por interrogantes sobre si un escarbadientes de simple madera era adecuado para retirar el santo cuerpo de la madre de entre los dientes, si no sería adecuado a la circunstancia un material más noble como el marfil o el oro.
Al fin me caí de esta serie de pensamientos como quien se despierta tras dar una vertiginosa cabezada y miré a mi alrededor. Vi a Augusto y su locura garantizada, vi a Greta y su estupor y vi a Álvaro, a quien había dejado de ver desde hacía no sé cuánto rato, obnubilado como estaba por mis propias sensaciones e impresiones. Su gaznate subía y bajaba como si fuera a vomitar. Los sirvientes estaban trayendo el segundo plato. Espalda a la brasa e intestino rellenos. Con una música de Bach que caía por las paredes como una cascada cristalina y descomunal, hendían el centro de la sala, bajo las pocas pero claras luces que bajaban de los altos techos, unas bandejas de plata colmadas de carne materna de un modo que dejaba a las claras la nutriente biografía que había corrido por aquellas venas. Aquellas bandejas que entraban y salían de la mesa entre uno y otro hermano, para servirle el plato, como un cuchillo que hendiera una y otra vez el centro nutritivo de la sala, me hicieron pensar en mamá como un ser enorme, inabarcable, infinito e intenso. Dura y exigente, generosa según sus leyes. Y sentí amor y me relajé a tal grado que se me escapó un silencioso y breve pedo. Mamá. Mamá estaba allí, yo sentí su presencia como un amor sólido que nos exigía a grados extremos, pero de una honradez y claridad indubitables. El amor de mamá se convirtió en un pensamiento agradable y pesado que por un instante me arrulló.
Álvaro me sacó de aquel arrullo con un grito parecido a una bestial y primitiva declaración de guerra. Luego de aquel grito, una luz metálica atravesó la sala, pasó por el centro iluminado de la mesa y fue a incrustarse o a rebotar contra un cuadro de mamá de grandes dimensiones que había en uno de los lados de la gran sala. Como si el arco de recorrido de aquel cuchillo, con el que ya no podía cortar la carne materna, hubiera jalado invisiblemente de él, le siguió, poseído de rabia, detrás, como si aquel cuadro de mamá fuera una ventanilla de una oficina de reclamaciones. Hacia allí se dirigió y empezó a decirle de todo, Dios lo perdone, “puta, maldita, condenada, cabrona, soberbia, malvada, asquerosa, miserable” y toda una retahíla que no por bien pronunciada se volvió eficaz, no, fue a parar como el brillante cuchillo a la oscura esponja que representaba aquel cuadro en la parte más nocturna de la sala y allí se quedó arrodillado y seco de gritos y de llanto como un muñeco autómata sin cuerda, locamente iluminado por los ojos llenos de estupor de Greta, quien sin fuerzas lo rodeo con sus brazos y acarició su cara y miró todo su aspecto, buscando quizás una corbata para arreglarle. Desesperada al ver que no la hallaba, lo miró con unos ojos que en otra ocasión lo hubieran ofendido, ahora, el cansancio emocional lo tumbaba en un gesto de derrota. Greta parecía pensar “no entiendo porqué no puede ser todo normal” y quizás esa normalidad es la que buscó y quizás creyó adivinar en mí cuando abrazada en el suelo a Álvaro buscó en derredor algo como un consuelo o una explicación y de un modo extemporáneo me sonrió. Augusto llevó la bien planchada servilleta hacia sus elegantes labios y nos miró por un momento con dicha y con silenciosa seguridad. Su mirada sacó a Greta de inmediato de la zona oscura y rastrera en que se encontraba de rodillas y la condujo de nuevo a la luz del centro de la sala, de la gran mesa, de las grandes cuberterías de plata, de los aromáticos y limpios manteles, de las deliciosas salsas, de la rebosante madre que nos había convocado.
Se sentó a la mesa, recompuso su mirada, levantó una ceja como si asumiera el poder de un reino invisible, mientras a sus espaldas, ágiles sombras se movían para retirar el cuerpo desolado y descompuesto de Álvaro, perdedor de la justa. Absorto en unas emociones que se alejaban de nosotros como un antiguo continente que abandonábamos.
3.
El chocolate de los postres y el helado mataron, entre ambos, al último, suave, delicado sabor de los aderezados dedos maternos, aquellos que tanto nos habían acariciado. Una rumbosa canción de Nina Simone se descarrilaba sobre nuestras cabezas y caía a plomo como una cascada de piedras. Recorría mi cuerpo una oleada de satisfacción. Miré a mi hermana Greta, quien parecía absorta y sólo miraba a un punto perdido y nada decía, sus mejillas parecían estar congelándose. Miré a Augusto y pude apreciar su sonrisa victoriosa. De algún modo nos sentíamos preferidos, preferidos por la vida, por la vida a través de mamá. En ese momento se adelantó unos de los funcionarios tan bien pagados y nos invitó a levantarnos y desentumeciendo las piernas, dirigirnos a la sala siguiente, donde nos esperaba el aroma de los licores fuertes, la impregnación del café y el brillo de las nuevas bandejas. Cedí el paso a Greta. A Greta por ser dama, por ser mi hermana mayor y admirada, aunque ella nunca me tratara mucho. Luego cedí el paso a Augusto, por ser mi hermano mayor y también para expresarle mi amor. No se lo esperaba e hizo una reverencia sonriente antes de avanzar sus pasos hacia la puerta. Ya levantaba la cabeza para admirar, supongo, los enormes cuadros en las altas paredes de la sala contigua cuando una fuerza tan despótica como violenta lo venció, se inclinó hacia adelante y hacia un lado y sacó de sí todo aquello que de madre había introducido en su ser. Sudando y extenuado se estuvo durante largos minutos que los severos jueces que eran los funcionarios nos impidieron contemplar. Se dirigieron a Greta y a mi con palabras directrices y acabaron de conducirnos al nuevo destino y al nuevo continente de aromas y sabores. Se ve que aunque intervinieron con energía, no pudieron evitar que Augusto, como si se tratara de una competencia deportiva, entrara a despedirse de nosotros con unas palabras y unos gestos que valoraban nuestra aparente victoria. Cuando entró ya estaba recompuesto y peinado y olía a fresca colonia y no a vómito. Pero en sus ojos, al momento de girarse para marchar sospeché un dolor que no era sólo un fruto de esa noche. Era un dolor antiguo que parecía un animal encerrado, presa de su propio susto.
Esto me puse a pensar pero la verdad es que no quería abismarme en tal tipo de pensamientos, por lo que oliendo con energía el café calentito, recuperé mi fuerza y mis ganas de continuar y miré a Greta.
Ella se acercó a mi, al sofá donde yo estaba y me dijo con un sentimiento que nunca tenía para mí, ¿Cariño, me dejas acurrucarme a tu lado?
Y luego dijo:
“Abrázame”.
Luego no dijo más nada y aunque por un instante me pareció que sus ojos miraban diferente no lo quise comprobar, y desvié la vista al techo. Los robustos ángeles que allí había pintados, asomaban entre nubes; pensé en el paso del tiempo e intenté recordar qué imaginaba de pequeño en aquella mansión cuando me quedaba mirando a los angelotes.
4.
Esa noche soñé con mamá. Y al día siguiente, mientras desayunaba, hubiera deseado contárselo a Greta, pero nunca le había contado un sueño y no sabía cómo se hacía para acceder a ella con algo así, por lo que decidí no hablar de ello.
Mamá me quería, en mi sueño. Fue un consuelo porque yo siempre lo había dudado. En el sueño miraba a un espejo y en lugar de verme a mí mismo veía a Greta y tuve que dejar de mirar porque de pronto empezaba a sentir sus sentimientos y no me gustaban. Quizás por eso me dio cierto pudor contárselo. Pero fuera como fuera, luego, en el sueño, continuaba mirando al espejo y de pronto volvía a ser yo o al menos quien yo imaginaba ser en ese sueño, pero hubo un momento de susto en que desde mis ojos empezó a mirarme mi madre y el hecho de ser yo y mirarme físicamente con sus ojos empezó a resultarme doloroso, como si sables metálicos atravesaran mi cerebro y por un momento sentí la andanada de carne que subía y bajaba por mis tripas, pero ella en sueños, desde el espejo, me dijo que no, que yo no podía sacarla de mis entrañas porque ya había entrado totalmente hasta la última de mis células. En ese momento me desperté y recuerdo que pensé que ya la había digerido, pero la sensación de estar a salvo era superior a cualquier razonamiento acerca del orden de la realidad. Me quedé tumbado sobre los grandes almohadones mirando hacia los ventanales y hacia la noche y esperé el amanecer.
5.
A las cinco de la tarde del domingo ya era millonario. Greta también, pero rompió su estupor y se encaprichó con que ella no quería su parte y que si tenía que recibirla la regalaría y el tiempo confirmó que eran firmes su propósito y su promesa.
Pero fue cuando nos dirigíamos a los jardines para abordar nuestros coches y largarnos de allí, que los abogados, interceptándonos, dijeron que para finalizar teníamos que pasar a la sala de la biblioteca porque teníamos una última noticia para recibir.
Cansados entramos a la biblioteca y aquí me gustaría que la realidad se conformara a no resultar tan banal, pero es lo que pasó. Allí, sentada en un sofá como un pajarito sobre sus crías, estaba Ingrid sonriente y esperando. Un apartado del testamento decía que aquellos hijos que de un modo claro y contundente se negaran a pasar la prueba recibirían junto con los vencedores su parte. La vergüenza entró en mi cuerpo en forma de temblor y la fiebre se presentó de un modo inmediato, un estado gripal pareció apoderarse de mí.
Ingrid nos colmaba de besitos, sobre todo a mi, y yo deseaba en ese momento haberme comportado de otro modo, pero no sabía de qué modo.
Greta se despidió y se fue hacia su coche, Ingrid, abrazada a mi se dirigió a mi coche y cuando me dejó del lado del conductor y dio la vuelta en torno para dirigirse al puesto del copiloto, yo abrí mi puerta con dificultosos tanteos, como envuelto en una bruma, la abrí y antes de entrar tuve que apoyar el antebrazo en el techo del coche para recuperarme porque una especie de pérdida de conciencia me invadió por primera vez en mi vida, esos vahídos que luego, con el paso de los años, los médicos nunca se han podido explicar, y que yo sobrellevo como aquella vez, la cabeza apoyada en el antebrazo, los ojos cerrados, las narinas palpitantes absorbiendo todo el frío y cortante aire de aquella tarde, mi conciencia cayendo como una minúscula gota de algún líquido oscuro desde el enorme techo de alguna catedral hacia el distante suelo, entro, como una partícula desconocida en una flotante galaxia de oscuro e inmenso vacío y luego de un instante eterno vuelvo aquí, a este lado, donde aprieto las llaves del coche, me agacho y entro en la sólida atmósfera de la caliente cabina, aspiro el ambientador, me dejo invadir por los sonidos del arranque y me digo alguna palabra sin sentido mientras miro a Ingrid, mientras miro al frente, al resplandeciente horizonte de azul y verde donde entro y salgo con el abrir y cerrar de mis ojos. Giro a la derecha y antes de salir de la casa pongo mucho cuidado porque unas enormes piedras pintadas de blanco que señalan el sendero están mal colocadas y a veces doy con las ruedas del vehículo unos suculentos topetazos contra ellas.
Episteme: Psicocuantico,
Literatura líquida,
Héctor D'Alessandro,
La noche de la cena del reparto de la herencia,
Mercedes Abad