lunes 2 de marzo de 2009

"La Maga" soy yo. Héctor D'Alessandro

“ La Maga ” soy yo. Héctor D’Alessandro

Yo soy una mujer que se alejó del dolor; que se hace la boba para divertimento intelectual de cuatro fracasados. Finjo tropezarme con gesto tierno, finjo olvidos llamativos y finjo también que no me duele aquello que me duele. Me engañaron durante todo el tiempo de mi larga, extenuante huída. Recorro el camino masculino del conocimiento vacío, del acumulo de información banal. Sigo a Horacios que dejan morir a mi hijo y yo miro a otra parte. Soy la mujer masculina adecuada para un hombre idiota y renegado, para un hombre que se preocupa por los grandes temas metafísicos y sociales que competen a la gran humanidad y no me compra ni un bizcocho. Soy la adecuada idiota formada para beber la sabiduría de hombres rioplatenses ávidos de volcar su semen en mi interior.

Soy en el fondo, un animal sofisticado, cuando el hombre se cansa de mi y decide darme una patada yo no pienso nunca qué cruel, que cabrón que putada, no, yo pienso que la contratransferencia y el azar de los encuentros y quizás incluso ese otro lado de la vida que te llama y otras cosas así de lindas y así de pavas para no ver la clase de monstruos que andamos hechos desde hace un tiempo mientras pensamos que el sistema o que la refundación de la palabra sagrada o que la vuelta cíclica de los momentos y otras pavadas para acompañar el mate de la tristeza y sobre todo de la injusticia. Algo que no piensan todas esas pavas que surgen de cuando en cuando para repetir "La Maga soy yo".

(P.S. del Autor.- Cuando cumplí 18 años tenía más libros leídos que Giovanni Papini y el espiritu de Gog hablaba en mi a toda hora del día, desde aquella época quería ver esto con claridad)

sábado 27 de diciembre de 2008

Soy uno de los ganadores del Concurso Internacional de Cuento Breve de la Ciudad de Mexico.

Soy uno de los ganadores del Concurso Internacional de Cuento Breve de la Ciudad de Mexico.

Antología: "Voces con vida", de nuevos narradores hispanoamericanos, que proximamente se editará.
Se han presentado mas de 800 autores con mas de 1400 trabajos procedentes de todos los continentes
y hemos sido seleccionados 100 autores con 136 trabajos.
Mi relato se titula: "Un hombre encuentra una novela en el metro de Paris" y en su día apareció en este blog.
Para ver la información completa ir a http://www.semiotics.com.au/
Diciembre 2008

miércoles 26 de noviembre de 2008

Sobre el libro “Viaje a la ficción”, un viaje a ninguna parte. El Sr. Vargas Llosa ha llegado a la avanzada edad del tarambanismo intelectual. Héctor


Sobre el libro “Viaje a la ficción”, un viaje a ninguna parte.
El Sr. Vargas Llosa ha llegado a la avanzada edad del tarambanismo intelectual.
Héctor D’Alessandro

Ayer llegó a las librerías, anoche lo leí; lo que suponía, un bluff. Uno mas del Sr. Vargas. Seré breve, quizás en los próximos días lo relea y piense exactamente lo contrario.Se anuncia como un libro que analiza los sutiles mecanismos que relacionan vida y ficción. Esto es hacer de vicios virtudes, tras redactarlo el Sr. Vargas vio que a ese tipo de analisis del cual no puede escapar ("Orgia perpetua", "Historia de un deicidio", quizás el más escolar y simple de sus libros)es a lo que había llegado y lo justifica a posteriori con un prólogo muy muy aburrido en el que basicamente explica como se le ocurrió a él la novela "El hablador".
El caso es que este libro es una estafa en toda regla. Fue anunciado como un estudio del estilo de Onetti. No lo és. Para estudiar el estilo de alguien hay que poseer un estilo propio y Vargas no lo tiene, mal que le pese. El Sr. Vargas sabe crear espléndidas estructuras totalmente injustificadas por la trama. Ha aprendido a crear persones redondos con el paso de los años (muchos años). Pero su estilo aún no ha llegado, chupar un clavo, como dicen en Uruguay, posee más encanto para las papilas gustativas.
Sólo hay un pasaje en este interesante libro informativo (eso es lo que es) que va de la página 116 a la 119. Allí define la voz más usual de los relatos y novelas de Onetti como a una voz crapulosa, pero no le llama “voz” sino estilo.
Conocedor de sus carencias, el sr. Vargas se justifica al final del libro diciendo qué es lo que no quería hacer. Dice que “no es un libro de erudición” sino “una lectura personal”.
El Sr. Vargas es deudor una vez más de la vieja escuela de estudios literarios centrada en la temática y en la relación entre el libro y la vida del autor. Está enchalecado en sus propias represiones. Vargas, que a esta altura de la vida, con más números en el otro mundo que en este, no va a desarrollar un estilo que no posee y jamás lo verá en otro aunque se lo pongan señalizado y etiquetado. La pruieba de que este libro es un bluff, es que hasta llegar a la página 32 no se menciona a Onetti sino que se habla de una vaga teoría del narrador junto al fuego y el origen de la ficción y otras memeses en las cuales Vargas no cree pero ahora finge creer. El sólo cree en las ocho horas junto al ordenador.
Insiste mucho, Vargas, en que este narrador, Onetti, es valorado en su país, el Uruguay, por la izquierda y por la derecha. Una estupidez, es incomprendido a izquierda y a derecha y por ello respetado. La ignorancia se ha distribuido democráticamente en ese país. Lo que le sucede a Vargas es que a esta altura de la vida se ha dado cuenta que no posee un estilo, sus frases, las mas bellas, extrapoladas, no levantan vuelo. Es que el arte es un secreto a voces. Y Vargas lo conoce, tanto que ha escrito una obra maestra que se llama “La ciudad y los perros”. Pero luego se le ha ocurrido querer meterse en todo. Por mucho que se vista de seda...
En fin, que el mundo ha cambiado de manos, las influencias culturales predominantes están cambiando de eje al igual que los polos financieros y Vargas no quiere bajarse del tren (lo cual es muy legítimo), no se va a fingir un izquierdista, pero está dando el giro táctico para reconquistar al público de izquierda que ya hace años lo crucificó. El caso es que fingirse inteligente analizando a un autor inteligente no le va a rescatar ni a un lector inteligente, que estos seguramente jamás lo abandonaron. Son los mismos que saben que de aquí a cincuenta años Vargas será olvidado, se leerá “La ciudad...”, Se recomendará mucho como un libro menor “Pantaleón...” y de su obra ensayística literaria se recordará que se parecían mucho a unos ejercicios juveniles de estudiantes de bachillerato. “La verdad de las mentiras” será la excepción por su gran contenido informativo y por el acierto de algunos pasajes. El futuro siempre es de los mandarines, y Vargas no lo es.
Quien quiera aprovechar al máximo este libro, que vaya a la librería y lea las páginas indicadas en el tercer párrafo de esta nota. Así habrá aprovechado lo que Vargas aun puede dar y se puede ir a gastar sus 17,50€ a otra parte.
Este libro no obstante me ha hecho pensar, me ha hecho pensar que todos los juicios negativos acerca de la prosa y el estilo de Onetti, son verdaderos, sí que es pastosa su prosa, sí que está afectada por las malas traducciones, sí que plagia mucho a Faulkner, pero aún así es el creador de un mundo, y lo es porque tenía una concepción de éste, negativa, pero concepción al fin, algo de lo que carece Vargas Llosa. Un autor extraño donde los haya, constructor de artefactos literarios de complejísima arquitectura no siempre justificada, un neoliberal a ultranza que podría continuar negando el derecho del autor a intervenir en la praxis histórica y política, mientras él, como buen derechista, lo hace, y ahora, en plano malabarismo final, intentando dar un giro a la izquierda que quizás lo ponga en la posición más ridícula: la del que finge arrepentimiento.
Un mundo vacío, incluso cuando escribe ensayo, el del sr. Vargas, ni siquiera hay en él la suciedad que tanto admira en Onetti, un mundo de estudiantes que tratan acerca de temas pero nunca tocan la verdadera carne bullente de la vida. En el fondo quizás lo teme, quizás sea sólo palabras este señor, quizás nunca existió, quizás la CIA le escribió todas sus novelas para infiltrarlo en determinados sitios, como lo hizo con Jackson Polock, o quizás la explicación de todo esto sea lisa y llanamente que el Sr. Vargas que argumenta sobre Onetti con un informe del economista E. Iglesias es del signo de Aries y no hay ninguna otra explicación. Al fin y al cabo, en una encuesta ya antigua se demostró que a largo plazo (diez quince años) los barrenderos de N.Y. acertaban más sobre economía que los más extraordinarios economistas.
Sr Vargas, no intente vender gato por liebre. Hace feo. Y usted ya es grande. Cuando quiera saber algo sobre “estilo” llámeme y nos tomamos un café, según la hora que sea, hasta quizás sea mejor que se pase por casa.
Un saludo.

H.D.

P.S. Si se me ocurre un nota que diga exactamente lo contrario, mañana la publico, si no, es que estoy muy ocupado leyendo a De Quincey.

lunes 24 de noviembre de 2008

Puedo. Héctor D’Alessandro

Puedo. Héctor D’Alessandro

Puedo darme todas las respuestas posibles.

Puedo preguntarme eternamente cómo supe que te querría.

Puedo preguntarme y responder con acierto acerca de un sinfín de cosas.

Pero me pregunto a cada instante qué me trajo hasta aquí.

Cómo llegué a esta ciudad, a esta costa, a este cuerpo palpitante que te desea.

Puedo responderme por ejemplo con una frase

Que estoy aquí por algo que desconozco

Por un destino anhelante de luz

Por una idea una frase una convicción.

Por una casualidad.

Preguntar por ejemplo al infinito murmullo de las rocas en la ciudad

A las palabras de sus poetas.

A los muros de agua que se desploman en la cambiante costa.

Cómo es que lo caminos me trajeron hasta aquí.

Viajar es quizás buscar una palabra una frase un verso que defina ese viaje

Esa búsqueda.

De todo cuanto es posible escribir en un muro, en el agua, en las líneas de tu mano

Escojo una

Sólo una que resume el sentido de mi arribo a estas costas a esta vida a esta palpitación constante

“Tots els camins son bons per fer camí”*.

* Este último, maravilloso, verso es del poeta Miquelt Martí i Pol

domingo 2 de noviembre de 2008

La noche de la cena del reparto de la herencia. Héctor D’Alessandro.

La noche de la cena del reparto de la herencia.
Héctor D’Alessandro.


Este relato está dedicado a Mercedes Abad.



1.

La noche de la cena del reparto de la herencia –así la llamamos desde entonces– fue el suceso más conmovedor de la historia de nuestra familia. Tanto, que nadie ha vuelto a hablar de ello. No sé qué habrá sido de alguno de mis hermanos y hermanas y de los presentes aquella noche, sólo de Ingrid, de la amorosa Ingrid, hermana con quien mantuve mi amistad y nuestra relación después y a pesar de aquella cena. Algunos de mis parientes, decidieron no hablar nunca más del asunto y fingir olvidarlo, otros hablaron y deben seguir hablando hasta el agotamiento sin poder liberarse del recuerdo. Algunos probablemente nunca me perdonarán la revelación de un secreto familiar de tamaña magnitud, pero el caso es que ahora sí me siento a mis anchas para al fin comunicarlo.
Al morir nuestra madre nos dejó varios millones de euros, luego de pasado el choque de su enfermedad, su agonía y su muerte, el impactante golpe de la brutal cantidad de dinero que nos aguardaba en un futuro inmediato fue suficiente como para que se nos pusiera una cara, si no alegre, al menos tranquila y vagamente beatífica.
Todos esperábamos luego de los primeros contactos con el abogado de la familia una comunicación inmediata tras el entierro; sin embargo, esta comunicación, sorprendentemente, se adelantó, con el cuerpo, digamos, aún presente.
Cuál no sería nuestra sorpresa al enterarnos que el mismo viernes en que mamá iba a ser enterrada, se nos conminaba a todos a presentarnos, para un largo fin de semana, en la antigua casa de campo que la familia tiene muy cercana a La Garriga.
Nadie faltó y de alguna manera todos hicieron una suerte de genuflexión social, rendición sin preguntas, ante el poder de los abogados y otros técnicos de la ley. Ellos se encargarían de todo, pareció ser el pensamiento colectivo que amparó nuestra momentánea inconsciencia, y efectivamente se encargaron.
Esa noche de viernes nos comunicaron que el cuerpo había sido trasladado a la finca por mandato explícitamente expresado en el testamento. Nada más lógico, pensé o pensaron mis hermanos por mí, mamá quiere descansar en la finca.
El caso es que debíamos pasar el fin de semana, hasta el amanecer del lunes y el programa incluía la lectura del testamento la noche del viernes, el sábado nos aguardaba cena y concierto, más baile opcional y el domingo nos dejaban descansar hasta la firma del reparto. El lunes seríamos libres.
Mamá era la heredera de uno de esos banales inventos mundiales que según la leyenda urbana todo el mundo lo despreció y nadie quiso invertir en ello y su padre lo vio, en cambio clarísimo, lo que viene luego ya se lo imaginan, no diré el nombre del invento que puebla nuestros días y noches para que no me identifiquen pero sobre todo para que no se rían de mi una vez más, como tantas veces nos sucedió, a mi, a mi madre y a todos mis hermanos y hermanas.
Mamá era una flecha para los negocios y conocía todos los trucos legales tanto para favorecer a alguien como para perjudicarlo de por vida. El caso es que cerró el acceso a nuestra herencia con unas trabas legales que sólo respondían a una clave secreta.
La noche de la cena de aquel sábado, ante notarios públicos y otros funcionarios testimoniales de la ley civil debimos tomar como cena a nuestra propia madre, preparada en exquisitas salsas por los mejores cocineros del momento. Todo estaba calculado, hasta la exacta cantidad de gramos que debíamos ingerir de su generoso cuerpo y en caso de previsibles vómitos había que ingerir nuevamente; en caso de continuar la vomitera, el participante a heredero quedaba descalificado.
Augusto, mi hermano mayor, abogado de brillante peinado y camisas de puños extravagantes, declaró: “Esto se le debe de haber ocurrido al mirar esos programas horripilantes donde encierran a gente vulgar a ejecutar actividades triviales en un tono de voz alarmante. Menos mal que no somos de ese tipo de personas”. Luego nos reunió a todos con grandes gestos de sus amplios brazos como si fuéramos un equipo deportivo y nos empezó a contar la experiencia que él tenía en materia de limpieza estomacal para prepararse ante la eventualidad de grandes festines. (Debo reconocer aquí, que su espíritu y sus palabras me animaron sobremanera y me hicieron ver en todo aquello algo sano por fácil y fácil porque era posible. También debo explicar que los años que mi hermano pasó en Chicago estudiando economía no han sido en vano y esta es una prueba excelente de ello.)
Mi hermana Greta, una mujer maravillosa donde las haya y guapa con esa belleza de póster que hace pensar que tiene hielo entre las piernas, se extasiaba con las palabras de Augusto, se mesaba sus cabellos con incipientes y eróticas canas y se mordía el labio inferior con evidente regusto. Greta se casó con el primer idiota parecido en el aspecto a su hermano, sin embargo, sus enormes ojos color almendra continúan brillando y se derriten absortos en la contemplación admirada de Augusto. A veces interviene y comenta las palabras de aquel y dice cosas como ¡Claro! ¡Evidente! Y se estira las mangas de su cardigan o su chaquetita y yo sólo puedo ver dentro de mi cabeza explosivas imágenes de generosos espasmos orgásmicos. Desde pequeños, papá y mamá estimulaban esta actitud. Ellos eran los dos hermanos mayores y Greta era un poco la nena que completaba “la parejita”. Luego llegué yo, para verlo todo y callarme con una sonrisa de medio lado que delataba que lo que estaba viendo es verdadero y que mis sentidos no me engañan.
Después de mí, viene Álvaro, rebelde y sucio durante buena parte de su adolescencia, se resistía a ducharse y nos ahuyentaba a todos con su presencia. Hoy es un chico normal con cara de loco y con una mirada de desconfianza y un gesto de que amenaza con saltar a la mínima. De su pasado guarro conserva una relación o momento de la relación, con Greta. Ella se acerca y siempre le corrige sin poder evitarlo el nudo de la corbata. Álvaro, antes la rechazaba sin más y ella lo miraba con fría conmiseración, con un aire de perdonarle sus errores que yo creo que lo irritaba aún más. Con el paso de los años, esa actitud de rechazo se quedó en una mirada destructora que sólo Greta puede soportar con una sonrisa.
Ingrid es mi amor, mi cariñito, mi niña, es la hermanita que escogí para cuidar y su carita de amor o aprobación es la que me guió en la infancia. Su mirada es la que me informa de mi acierto o error. Su mirada era la que me habilitaba a pegar a un compañero en el colegio y también la que me conminaba a detener el ataque.
Esa noche su mirada, tras la sorprendente noticia revelada por la lectura del escabroso testamento, no quiso expresarse, intentó ser esquiva tras un velo vidrioso de dolor. Llevó sus manos a la cara y se tapó la boca y parte del rostro y se alejó del centro de la enorme sala caoba donde nos encontrábamos. Se alejó en dirección a la pared; nadie, ni siquiera el hipervigilante Augusto se percató del rumor de sus pasos tragado por los suelos de maderas centenarias, por las paredes recubiertas de cortinajes y cuadros, y por las estanterías que parecían absorber, con su alma de esponja, los desgarrados quejidos ahogados que Ingrid llevaba, con su movimiento, hacia el rincón alejado de la sala. Me acerqué con diplomáticos pasos. Su mirada me decía cosas que mis ojos no querían oír. Mientras me dejaba recorrer por sus ojos y nos estrechábamos en un abrazo, miraba al suelo, como aquellos que quieren escuchar mejor lo que le dicen, pero yo no quería oír. Yo quería tomar una decisión y que la mirada de Ingrid, esta vez al menos, no me persiguiera.
– No pienso pasar por esto, –me dijo.
Yo sabía que sus palabras eran definitivas y que su opinión no caería, esta vez, sobre mí como un baldón. Me concentré, en el abrazo en penumbra, muy lejos del centro iluminado de la sala, en su colonia, en el sobrio corazón de su perfume, un aroma que emanaba de ella a toda hora, calmo y suave como su amor constante.
Cuando se marchó de la sala con el firme y claro propósito de no volver jamás, de no pasar por la locura de aquella prueba, vi alejarse su cuerpo, me concentré en sus manos juntas que me lanzaban los últimos besos dolorosos y vi cómo dos empleados de la casa flanqueaban su desaparición tras las cortinas, tras las puertas oscuras, dentro de la noche de los jardines.
Un mayordomo, con su mirada más torva, cerró la puerta dándome a entender sin decirlo que yo debía volver a aquella tratativa tan importante.
Volví hacia la gran mesa donde los abogados envueltos en sus elegantes trajes y discretos perfumes movían con calma y también con meticulosidad y eficacia, los folios de aquella voluntad que nos alcanzaba, desde la letra escrita, a todos, con una uña punzante de maldad o de venganza o de incomprensible humor.
Sentí alivio ante la marcha de Ingrid y aunque parezca estúpido, miré con simpatía y hasta sonreí a mi hermano Augusto, buscando su aprobación. Como no me miraba, esmeré mi gesto por llamarle la atención, de tal manera que acabé haciendo gesticulaciones a la nada del aire circundante y las paredes decoradas, sentí que yo era bobo y para ahuyentar este pensamiento debilitante intenté creer que había tomado, quedándome en aquella sala, una resolución propia y el calificativo de “valiente” lo estuve rumiando un rato pero se me cayó al suelo como un vaso de vidrio y seguramente se hizo trizas antes de que pudiera ponérmelo como un traje nuevo.
Pensé en mi madre y su maldad, pensé en mi padre y en qué pensaría de todo esto si aun viviera pero me di cuenta de que me resultaba imposible hacer ese cálculo. Yo había olvidado incluso el rostro de mi padre muerto hacía tantos años. Dirigí, sin excesiva fuerza de voluntad, mi mirada a la boca rosada del abogado que se abría y se cerraba como un mecanismo cuyas emanaciones sonoras no llegaban a mi oído. Mis oídos estaban acaparados con insistencia casi prepotente por un zumbido que ahogaba cualquier otra experiencia sonora. Todo el cerebro me zumbaba como si un panal se hubiera desplegado en alguna zona entre mis dos orejas. Este zumbar se veía interrumpido cada poco por una involuntaria náusea que subía y abajaba por mi esófago con creciente y quemante ardor. Pensé que hacía ya muchos años que yo quería, realmente, “soltar” o “vomitar” alguna cosa, que probablemente el plan de nuestra madre era un proyecto muy pensado y muy elaborado. Bajo la luz de este pensamiento, la extraña manera con que mis hermanos seguían con intensa atención los pormenores y detalles de aquella prueba o juego testamentario, me pareció más que mera atención, me pareció positivamente sospechosa, como si estuviéramos a punto de salvarnos en un naufragio o algo así.


2.
El primer plato de la suntuosa cena –no mencionaré los importantes nombres de los cocineros– estaba compuesto por una suerte de picadillo del hígado de mamá aderezado con una de esas salsas secretísimas que embriagan la lengua a grados de enervante erotismo.
Augusto hablaba sin parar, tanto que por un momento pensé que era la primera vez en la vida que me percataba de ello, que era la primera vez en la vida que notaba aquel sonsonete artificial y nervioso, en el fondo: vagamente turbio, decididamente molesto en su imperturbable constancia. Miré en un momento en que bebía vino, un exquisito vino con aroma a romero, hacia el lado de Augusto y vi cómo su boca se abría y se cerraba con un método tecnológico y automático, tres frases, un sorbo de bebida, un bocado del hígado materno, ocho o diez masticaciones, una comentario sonoro, para empujar en el momento de deglutir, como si comentara “hum, qué delicia”, otro sorbo, ahora agua, vuelta a hablar. Y a su lado los dos focos candentes de los ojos de Greta mirándolo fijamente como si fueran a estallar antes que a llorar, escandalizada ante tanta normalidad, masticando ella también. Mamá nos iba entrando, en aquel día de luto, con calma y precisión, en el centro mismo de las entrañas. Hubo un momento en que se me quedó atascado entre dos muelas un trocito de su carne y empotrado allí no lograba retirarlo con el arduo trabajo de mi lengua. Aquello me inmovilizó, busqué un escarbadientes, pero al alcanzarlo, el tacto de la pequeña maderita entre las yemas de mis dedos, la fugaz y elemental asociación entre la madera para retirar restos de cadáver y la madera del posible féretro, me hizo pensar acerca de mí como de un idiota pero aquel pensamiento, al mismo tiempo, funcionó como cuña que me bloqueó en mi accionar, nunca me bloqueo y en ese instante me vi asaltado por interrogantes sobre si un escarbadientes de simple madera era adecuado para retirar el santo cuerpo de la madre de entre los dientes, si no sería adecuado a la circunstancia un material más noble como el marfil o el oro.
Al fin me caí de esta serie de pensamientos como quien se despierta tras dar una vertiginosa cabezada y miré a mi alrededor. Vi a Augusto y su locura garantizada, vi a Greta y su estupor y vi a Álvaro, a quien había dejado de ver desde hacía no sé cuánto rato, obnubilado como estaba por mis propias sensaciones e impresiones. Su gaznate subía y bajaba como si fuera a vomitar. Los sirvientes estaban trayendo el segundo plato. Espalda a la brasa e intestino rellenos. Con una música de Bach que caía por las paredes como una cascada cristalina y descomunal, hendían el centro de la sala, bajo las pocas pero claras luces que bajaban de los altos techos, unas bandejas de plata colmadas de carne materna de un modo que dejaba a las claras la nutriente biografía que había corrido por aquellas venas. Aquellas bandejas que entraban y salían de la mesa entre uno y otro hermano, para servirle el plato, como un cuchillo que hendiera una y otra vez el centro nutritivo de la sala, me hicieron pensar en mamá como un ser enorme, inabarcable, infinito e intenso. Dura y exigente, generosa según sus leyes. Y sentí amor y me relajé a tal grado que se me escapó un silencioso y breve pedo. Mamá. Mamá estaba allí, yo sentí su presencia como un amor sólido que nos exigía a grados extremos, pero de una honradez y claridad indubitables. El amor de mamá se convirtió en un pensamiento agradable y pesado que por un instante me arrulló.
Álvaro me sacó de aquel arrullo con un grito parecido a una bestial y primitiva declaración de guerra. Luego de aquel grito, una luz metálica atravesó la sala, pasó por el centro iluminado de la mesa y fue a incrustarse o a rebotar contra un cuadro de mamá de grandes dimensiones que había en uno de los lados de la gran sala. Como si el arco de recorrido de aquel cuchillo, con el que ya no podía cortar la carne materna, hubiera jalado invisiblemente de él, le siguió, poseído de rabia, detrás, como si aquel cuadro de mamá fuera una ventanilla de una oficina de reclamaciones. Hacia allí se dirigió y empezó a decirle de todo, Dios lo perdone, “puta, maldita, condenada, cabrona, soberbia, malvada, asquerosa, miserable” y toda una retahíla que no por bien pronunciada se volvió eficaz, no, fue a parar como el brillante cuchillo a la oscura esponja que representaba aquel cuadro en la parte más nocturna de la sala y allí se quedó arrodillado y seco de gritos y de llanto como un muñeco autómata sin cuerda, locamente iluminado por los ojos llenos de estupor de Greta, quien sin fuerzas lo rodeo con sus brazos y acarició su cara y miró todo su aspecto, buscando quizás una corbata para arreglarle. Desesperada al ver que no la hallaba, lo miró con unos ojos que en otra ocasión lo hubieran ofendido, ahora, el cansancio emocional lo tumbaba en un gesto de derrota. Greta parecía pensar “no entiendo porqué no puede ser todo normal” y quizás esa normalidad es la que buscó y quizás creyó adivinar en mí cuando abrazada en el suelo a Álvaro buscó en derredor algo como un consuelo o una explicación y de un modo extemporáneo me sonrió. Augusto llevó la bien planchada servilleta hacia sus elegantes labios y nos miró por un momento con dicha y con silenciosa seguridad. Su mirada sacó a Greta de inmediato de la zona oscura y rastrera en que se encontraba de rodillas y la condujo de nuevo a la luz del centro de la sala, de la gran mesa, de las grandes cuberterías de plata, de los aromáticos y limpios manteles, de las deliciosas salsas, de la rebosante madre que nos había convocado.
Se sentó a la mesa, recompuso su mirada, levantó una ceja como si asumiera el poder de un reino invisible, mientras a sus espaldas, ágiles sombras se movían para retirar el cuerpo desolado y descompuesto de Álvaro, perdedor de la justa. Absorto en unas emociones que se alejaban de nosotros como un antiguo continente que abandonábamos.


3.

El chocolate de los postres y el helado mataron, entre ambos, al último, suave, delicado sabor de los aderezados dedos maternos, aquellos que tanto nos habían acariciado. Una rumbosa canción de Nina Simone se descarrilaba sobre nuestras cabezas y caía a plomo como una cascada de piedras. Recorría mi cuerpo una oleada de satisfacción. Miré a mi hermana Greta, quien parecía absorta y sólo miraba a un punto perdido y nada decía, sus mejillas parecían estar congelándose. Miré a Augusto y pude apreciar su sonrisa victoriosa. De algún modo nos sentíamos preferidos, preferidos por la vida, por la vida a través de mamá. En ese momento se adelantó unos de los funcionarios tan bien pagados y nos invitó a levantarnos y desentumeciendo las piernas, dirigirnos a la sala siguiente, donde nos esperaba el aroma de los licores fuertes, la impregnación del café y el brillo de las nuevas bandejas. Cedí el paso a Greta. A Greta por ser dama, por ser mi hermana mayor y admirada, aunque ella nunca me tratara mucho. Luego cedí el paso a Augusto, por ser mi hermano mayor y también para expresarle mi amor. No se lo esperaba e hizo una reverencia sonriente antes de avanzar sus pasos hacia la puerta. Ya levantaba la cabeza para admirar, supongo, los enormes cuadros en las altas paredes de la sala contigua cuando una fuerza tan despótica como violenta lo venció, se inclinó hacia adelante y hacia un lado y sacó de sí todo aquello que de madre había introducido en su ser. Sudando y extenuado se estuvo durante largos minutos que los severos jueces que eran los funcionarios nos impidieron contemplar. Se dirigieron a Greta y a mi con palabras directrices y acabaron de conducirnos al nuevo destino y al nuevo continente de aromas y sabores. Se ve que aunque intervinieron con energía, no pudieron evitar que Augusto, como si se tratara de una competencia deportiva, entrara a despedirse de nosotros con unas palabras y unos gestos que valoraban nuestra aparente victoria. Cuando entró ya estaba recompuesto y peinado y olía a fresca colonia y no a vómito. Pero en sus ojos, al momento de girarse para marchar sospeché un dolor que no era sólo un fruto de esa noche. Era un dolor antiguo que parecía un animal encerrado, presa de su propio susto.
Esto me puse a pensar pero la verdad es que no quería abismarme en tal tipo de pensamientos, por lo que oliendo con energía el café calentito, recuperé mi fuerza y mis ganas de continuar y miré a Greta.
Ella se acercó a mi, al sofá donde yo estaba y me dijo con un sentimiento que nunca tenía para mí, ¿Cariño, me dejas acurrucarme a tu lado?
Y luego dijo:
“Abrázame”.
Luego no dijo más nada y aunque por un instante me pareció que sus ojos miraban diferente no lo quise comprobar, y desvié la vista al techo. Los robustos ángeles que allí había pintados, asomaban entre nubes; pensé en el paso del tiempo e intenté recordar qué imaginaba de pequeño en aquella mansión cuando me quedaba mirando a los angelotes.


4.
Esa noche soñé con mamá. Y al día siguiente, mientras desayunaba, hubiera deseado contárselo a Greta, pero nunca le había contado un sueño y no sabía cómo se hacía para acceder a ella con algo así, por lo que decidí no hablar de ello.
Mamá me quería, en mi sueño. Fue un consuelo porque yo siempre lo había dudado. En el sueño miraba a un espejo y en lugar de verme a mí mismo veía a Greta y tuve que dejar de mirar porque de pronto empezaba a sentir sus sentimientos y no me gustaban. Quizás por eso me dio cierto pudor contárselo. Pero fuera como fuera, luego, en el sueño, continuaba mirando al espejo y de pronto volvía a ser yo o al menos quien yo imaginaba ser en ese sueño, pero hubo un momento de susto en que desde mis ojos empezó a mirarme mi madre y el hecho de ser yo y mirarme físicamente con sus ojos empezó a resultarme doloroso, como si sables metálicos atravesaran mi cerebro y por un momento sentí la andanada de carne que subía y bajaba por mis tripas, pero ella en sueños, desde el espejo, me dijo que no, que yo no podía sacarla de mis entrañas porque ya había entrado totalmente hasta la última de mis células. En ese momento me desperté y recuerdo que pensé que ya la había digerido, pero la sensación de estar a salvo era superior a cualquier razonamiento acerca del orden de la realidad. Me quedé tumbado sobre los grandes almohadones mirando hacia los ventanales y hacia la noche y esperé el amanecer.

5.
A las cinco de la tarde del domingo ya era millonario. Greta también, pero rompió su estupor y se encaprichó con que ella no quería su parte y que si tenía que recibirla la regalaría y el tiempo confirmó que eran firmes su propósito y su promesa.
Pero fue cuando nos dirigíamos a los jardines para abordar nuestros coches y largarnos de allí, que los abogados, interceptándonos, dijeron que para finalizar teníamos que pasar a la sala de la biblioteca porque teníamos una última noticia para recibir.
Cansados entramos a la biblioteca y aquí me gustaría que la realidad se conformara a no resultar tan banal, pero es lo que pasó. Allí, sentada en un sofá como un pajarito sobre sus crías, estaba Ingrid sonriente y esperando. Un apartado del testamento decía que aquellos hijos que de un modo claro y contundente se negaran a pasar la prueba recibirían junto con los vencedores su parte. La vergüenza entró en mi cuerpo en forma de temblor y la fiebre se presentó de un modo inmediato, un estado gripal pareció apoderarse de mí.
Ingrid nos colmaba de besitos, sobre todo a mi, y yo deseaba en ese momento haberme comportado de otro modo, pero no sabía de qué modo.
Greta se despidió y se fue hacia su coche, Ingrid, abrazada a mi se dirigió a mi coche y cuando me dejó del lado del conductor y dio la vuelta en torno para dirigirse al puesto del copiloto, yo abrí mi puerta con dificultosos tanteos, como envuelto en una bruma, la abrí y antes de entrar tuve que apoyar el antebrazo en el techo del coche para recuperarme porque una especie de pérdida de conciencia me invadió por primera vez en mi vida, esos vahídos que luego, con el paso de los años, los médicos nunca se han podido explicar, y que yo sobrellevo como aquella vez, la cabeza apoyada en el antebrazo, los ojos cerrados, las narinas palpitantes absorbiendo todo el frío y cortante aire de aquella tarde, mi conciencia cayendo como una minúscula gota de algún líquido oscuro desde el enorme techo de alguna catedral hacia el distante suelo, entro, como una partícula desconocida en una flotante galaxia de oscuro e inmenso vacío y luego de un instante eterno vuelvo aquí, a este lado, donde aprieto las llaves del coche, me agacho y entro en la sólida atmósfera de la caliente cabina, aspiro el ambientador, me dejo invadir por los sonidos del arranque y me digo alguna palabra sin sentido mientras miro a Ingrid, mientras miro al frente, al resplandeciente horizonte de azul y verde donde entro y salgo con el abrir y cerrar de mis ojos. Giro a la derecha y antes de salir de la casa pongo mucho cuidado porque unas enormes piedras pintadas de blanco que señalan el sendero están mal colocadas y a veces doy con las ruedas del vehículo unos suculentos topetazos contra ellas.

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sábado 30 de agosto de 2008

El aullido de las hormigas. Héctor D’Alessandro

El aullido de las hormigas. Héctor D’Alesasndro

Cuando yo era un niño, mataron a mi primer amor. Se la llevaron un día, la torturaron y la violaron y luego la enviaron lejos, muy lejos. A un lugar de donde ya no se vuelve. Yo tenía ocho años y ella ventiocho, pero me había enseñado a jugar al ajedrez y era mucho más divertida que mi familia entera. Decía que había que escuchar al propio corazón, a las cosas y a las plantas y animales. Mi amor por ella era fervoroso y sexual, se saciaba con diálogos a solas en mi habitación, practicando con la almohada qué cosas le diría para que al fin se diera cuenta cuanto la quería. Se saciaba en un restregarse fervoroso contra la almohada, con tensión, sin descarga y al fin con una larga meada de facundia tropical.

Yo aprendí que mi país era un terreno apto para la infamia, que mi país era horrible y mortal, que no hay otro igual.

Luego un día se llevaron de noche a mi dentista, lo lanzaron por el balcón de la cuarta planta donde vivía, metida su cabeza en una bolsa de arpillera, ese detalle tuvieron, para que no se mareara al caer.

Qué les voy a contar que no sepan, que les voy a contar que no hayan visto suceder en las calles más civilizadas de Montevideo.

En la tele salía un perro facineroso que vociferaba con el movimiento de sus cejas y proponía con enorme educación meter más gente presa, a los niños, a los padres de los niños, por sus ideas, por ser padres de esos niños con esas ideas. Con el tiempo se hizo presidente de la renovada democracia. Como un premio por sus innovadores proyectos. Yo no lo voté, pero el ganó y nos volvió a joder a todos.

Un vecino mío, esquizofrénico de profesión, decía: “no entiendo nada, yo voto a tal pero gana el otro, este país gira en círculos”.

Sí.

Durante años me dediqué a recomponer el pasado, esas imágenes y esos recuerdos. Los sacaba de noche cuando se oían la sirenas lejanas del país sin igual plagado de perros policía y los ponía todos sobre la mesa, los combinaba entre sí, intentaba sacar de ellos una respuesta o solución que me explicara todo y justificara ante mis ojos le regla de la inopia y de la maldad. Pasaba entonces de una explicación a otra y no lograba salir de la inútil cárcel que se extendía a través de todas las mentes.

Abrir la puerta para salir a la calle podía ser abrir la puerta para ir a dar directamente a la cárcel.

Pero la cárcel venía igualmente a visitarte. Una señora que limpiaba y cocinaba en casa, está pelando unas papas y se le caen, papas y cuchillo de las manos, se sienta en la silla, apoya la cabeza en las manos y llora. Tiene nauseas de los nervios que pasa desde hace una década. Su hijo está preso. Todo el mundo está preso. A todos se les cae el cuchillo y las papas de las manos.

Vuelvo a mi cuarto y meto todos los recuerdos y las imágenes en su caja, no volveré a marearlas en días. Todos estamos presos.

El año que viene será presidente de mi país un señor que se pasó trece años preso, nueve de ellos en un pozo húmedo con el agua pudriéndole el cuerpo. A veces durante el día miraba las hormigas, las oía trajinar, las oyó, en medio de aquella inmensa desolación, aullar. Las hormigas gritan, dice. Yo le creo. En las noches montevideanas la soledad es ancha y el horror puede ser inmenso, las hormigas pasan en fila aullando.

Quiero saber porqué lo hacen.

Sincronicidad: una de Nabokov y Kubrik. Héctor D'Alessandro

Sincronicidad: una de Nabokov y Kubrik. Héctor D'Alessandro

Los narradores que se inventa Nabokov suelen ser gruñones antifreudianos. Un recurso, Borges, más positivo, fingía la creencia, por parte de sus narradores, en la teoría de la voluntad como representación, de Schopenhauer. La filosofía, así como la ciencia, funcionan como variedades narrativas, resultan muy próbidas a la hora de nutrir el discurso de un narrador o de un personaje.

Los narradores que se inventa Nabokov nunca son, por ejemplo, antijunguianos, “ser” eso requiere un lector de elevadas miras y además muy entrenado. Sin embargo, la sincronicidad, o teoría acausal del universo, nutre buena parte de sus ficciones y de su vida.

Una anécdota acausal nabokoviana.

1916. Vladimir Naboov hereda de su tío Vasili Rukavíshnikov una enorme fortuna que lo libera de por vida. Fortuna que pierde al año siguiente a manos de la revolución bolchevique.

Entonces tiene un sueño que anota en su cuaderno: El tio Vasya, su voz, le dice “Volveré a ti con el nombre de Harry y Kuvyrkin”. Harry y Kuvyrkin son, en el sueño, dos payasos, inexistentes, aludidos por las palabras del tío pero nunca vistos por el soñador.

En 1959, ya ha salido “Lolita” y él se encamina hacia la fama y la prosperidad definitivas, no obstante, aún le falta “aquel” cheque definitivo que lo saque de la monotonía absurda de sus días como profesor. Un día lo están entrevistando para la ñoña revista “Life” cuando recibe una llamada de un amigo que le dice si ha leído el New York Times. Casualmente aquella mañana no lo había leído aún y eso que a diario lo hacía, debido a que seguía con interés y pasión el caso del niño Nimer que muy probablemente había asesinado a su familia.

La noticia, aquella mañana, de interés para Nabokov, era que Harris y Kubrik habían comprado los derechos de “Lolita” por 150.000 dólares, más 15 % de la recaudación.

El tió Vasili había cumplido, volvía y lo hacía con vibrante fuerza monetaria.

(*) La anécdota que nutre a este texto está narrada por Brian Boyd en su excelente biografía "Vladimir Nabokov", en el segundo tomo ("Los años americanos" , pagina 449. Editorial Anagrama, 2006)